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PANORÁMICAS

Películas para Garzón, juez condenado

El juez Baltasar Garzón era más que un juez, como el F.C. Barcelona es más que un club. Manuel Vázquez Montalbán describía al club de sus amores como "simbólico ejército desarmado de la Cataluña aplazada, de la catalanidad"; mutatis mutandis, podríamos retratar al ya exjuez como "el heroico guerrillero progresista de la Justicia popular".  

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Era el único juez español que no sólo era conocido en la redacción del New York Times, sino que merecía un editorial del periódico faro de la progresía occidental, en el que con suficiencia y condescencia se permitían catalogar a priori una posible condena al jiennense como un "eco del pensamiento totalitario de la época de Franco".

Como todo el mundo sabe, acaba de ser condenado. Y dado que va a tener algo más de tiempo para disfrutar del cine, nos permitimos sugerirle unas películas que, si las hubiese visto en su momento, quizás le habrían servido para no incurrir en las prácticas totalitarias que le ha afeado el Supremo.

Tres colores: Rojo

En la tercera parte de su trilogía sobre los valores teñidos de colores (Azul, Blanco, Rojo), el polaco Kieslowski relata cómo la joven Valentina, buscando al dueño de un perro, conoce a un juez retirado (Jean-Louis Trintignant), escéptico y endurecido por amargas experiencias del pasado, que vive como un ermitaño, espiando obsesivamente a sus vecinos, degradándose tras la búsqueda infructuosa de la utopía judicial: si es posible conocer la verdad dentro de los límites de los condicionamientos del sistema jurídico y si se puede, o se debe, intervenir en la vida de los demás con la noble intención, faltaría más, de hacer el bien.

Borrachera de poder

Chabrol, con mala baba, el colmillo retorcido y la lucidez que le caracteriza, realiza un magistral retrato de una juez (Isabelle Huppert) que, a la búsqueda de la justicia caiga quien caiga, hace claudicar finalmente incluso al Estado de Derecho y a ella misma. Y es que, una vez que la juez se pone en contacto con el poder, político y financiero, queda contaminada por ese mismo poder que pretendía controlar. El 23 de abril de 2010 escribí a propósito de esta película y de la trama Garzón-Gürtel:

Si Hanna Arendt nos advirtió en Eichmann en Jerusalén de que los malos no necesitan ser malvados para cometer crímenes y que las personas más normales pueden llegar a la sima de la perversión sin dejar de sentirse perfectamente justificados, sin percibir un átomo de culpabilidad, Chabrol nos revela que una bellísima persona, a la que sin embargo le falta algo, puede convertirse en un justiciero endiosado. Aunque, más que faltarle nada a Baltasar Garzón, lo que le sobra es hybris, en la terminología griega, o soberbia, el pecado de Luzbel, en el imaginario cristiano. Es decir, desmesura, sobredimensionamiento del propio ego, que crece como un cáncer convirtiendo al Narciso de turno en un ser irracional y desequilibrado.

Vencedores o vencidos

La película sobre los juicios de Núremberg es pertinente porque muestra, desde una concepción filosófica del Derecho opuesta a la de Garzón, el problema que corrompió a gran parte de los jueces alemanes que se sometieron a la ideología. Cuando un juez se extravía por hiberbolizar su conciencia, engañarse a sí mismo, considerarse la encarnación de la Justicia Universal, consideran que las leyes positivas no deben ser un obstáculo para ellos, en posesión de la verdad justiciera, que no jurídica.

Si Erns Janning es el paradigma del juez que acalla absolutamente su conciencia para no chocar con el sistema legal radicalmente injusto del nazismo, Baltasar Garzón encarnaba al juez que convierte su propia conciencia en el altar de una religión de la que él mismo es Dios y Profeta, un Derecho del que es legislador y juez. Lo que le llevó finalmente a ser acusado y condenado.

El juez de la horca

John Huston y Paul Newman dedicaron una película al inefable Roy Bean, el juez más arbitrario y populista a la izquierda del río Pecos. Aunque fue Walter Brennan el que mejor lo interpretó en El Forastero, de William Wyler.

Bean, como Garzón, era inmensamente popular gracias a que remaba a favor de los titulares de la prensa y a los dichos que decían que terminaba las bodas y las condenas a muerte con la misma frase: "Que Dios se apiade de vuestras almas". Como Garzón, tenía una estupenda opinión de sí y un mejorable nivel de conocimiento del derecho procesal y de cómo llevar a cabo una instrucción: cuenta la leyenda que una vez encontró muerto a un hombre que llevaba una pistola y cuarenta dólares en el bolsillo, por lo que le condenó a una multa de esos mismos cuarenta dólares por llevar un arma oculta.

El proceso

Orson Welles adaptando a Franz Kafka. Comienza con el célebre relato del hombre ante las puertas de la Ley: si las cruza, será castigado. Pero al final le es revelado que esa puerta le estaba destinada y que, al haberle faltado entereza para traspasarla, se cerrará para siempre, dejándole fuera.

El proceso kafkiano nos muestra a un hombre inocente atrapado en el absurdo de un sistema judicial que ha hecho de su propia lógica sin sentido el fin último de un mecanismo que se alimenta de su propia estupidez y de intereses creados. Sin embargo, el juez Baltasar Garzón no es dicho hombre inocente, sino uno de los jueces que, henchido de soberbia moralista y a despecho de su juramento de hacer cumplir la ley, permitió que fuese su conciencia subjetiva, parcial y sesgada, la que ocupase el lugar de la ciega Justicia. Como también escribí hace unos años en el suplemento de Ideas, y les ruego que perdonen tanta autocita, pero no todos los días la realidad se muestra tan benévola con nuestras sospechas e hipótesis:

La presunta prevaricación de Garzón (...) apunta hacia algo profundamente inquietante: la supremacía del juez sobre la Justicia, con su corolario, una sobredosis de ideología que termina por ahogar la objetividad y la imparcialidad del juzgador.

 

Pinche aquí para acceder al blog de SANTIAGO NAVAJAS.

twitter.com/santiagonavajas

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