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PANORÁMICAS

Satán en Semana Santa

"Sed de espíritu sobrio, estad alerta; vuestro adversario, el diablo, anda al acecho como león rugiente, buscando a quien devorar" (1ª Pedro 5:8). Ahora que llega la Semana Santa, pasión y muerte de Jesús, permítanme que les escriba de su reverso tenebroso: Luzbel, Lucifer, Satán, Diablo...

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Qué personaje más extraordinario. Si cuanto más alto estás, más dura la caída, no cabe duda de que el ángel más bello de la corte divina batió el récord Guinness en la modalidad Costalazos cuando fue arrojado de las nubes celestiales a las negruras infernales por un quítame allá esas revoluciones. John Milton hizo de él, a su pesar, un símbolo de la rebeldía en El paraíso perdido, en tanto que Baudelaire lo adoró, reconociendo su astucia maquiavélica por hacernos creer que no existe, y los madrileños, más chulos que nadie, le elevaron una estatua en el Retiro.

La BBC, flemática y protestante como es, le dedicó una estupenda miniserie de seis capítulos, Apparitions, en la que un sacerdote católico, el padre Jacob, se debatía entre su vocación de abogado de santos y su talento natural para ejercer de fiscal de demonios. O sea, exorcista.

Jacob, un contenido e intenso Martin Shaw, combina la inteligencia con la integridad, la firmeza con la bondad. Atrapado en las trincheras de la fe, entre las fuerzas diabólicas literalmente emergentes del mismísimo infierno y el fuego amigo proveniente de las altas jerarquías vaticanas, Jacob se enfrentará al Mal con esas armas que hacían partirse de risa a Stalin cuando se preguntaba, retórica y cínicamente, con cuántas divisiones contaba el Papa: el rezo, la piedad y la fe. Además de una buena capacidad de argumentación, porque Lucifer no para de afinar sus sofismas y falacias, como si fuera un filósofo postmoderno, contra la verdad y la veracidad, a favor del nihilismo y el relativismo.

Las peripecias del padre Jacob comienzan con su defensa de Teresa de Calcuta en el proceso de beatificación y santificación de la albanesa. Pero no será fácil. El abogado del diablo, como se llama en la Congregación para la Causa de los Santos al religioso que hace de fiscal de los candidatos a la santidad, es el muy brillante y retorcido cardenal Bukovak (John Shrapnel). La presunta santa no está libre de sospecha. Uno de los milagros que se le atribuyen, la curación de un chico horriblemente desfigurado por la lepra, se convertirá, de facto, en un tema polémico; porque cuando aquel creció, se convirtió en un novicio de tendencias homosexuales y flirteos con el demonio. Acabará mal el chaval. Tanto, que más le habría valido haber dejado que la piel y la carne se le hubiesen caído a cachos en su India natal. Su final hubiese sido más lento pero menos incruento. El creador de Apparitions, Joe Ahearne (Doctor Who y Ultraviolet), no ahorra en explícitos primeros planos de sanguinolento gore. Se siente, pero el diablo es un tipo teratológico, sucio y enfermizo.

Lucifer va a intentar por todos los medios que el bondadoso, lúcido y exigente Jacob no se convierta en jefe de la brigada exorcista del Vaticano. Y es que basta que un Papa haya aligerado la doctrina dogmática sobre el Infierno para que los demonios hayan salido en estampida de ese lugar tenebroso y apestoso con el objetivo de conquistar a los humanos en alma y cuerpo, espíritu y materia.

Sin embargo, el superobispo Ratzinger, conocido por sus seguidores bajo el avatar de Papa Benedicto XVI, ha enderezado la tendencia de su predecesor a difuminar ontológicamente el infierno y lo ha vuelto a dotar de sustancia teológica y preeminencia moral:

Nuestro verdadero enemigo es [la unión al] pecado, que puede llevarnos a la quiebra de nuestra existencia. El infierno, del que se habla poco en este tiempo, existe y es eterno.

Y los ateos kantianos estamos de acuerdo con el Papa, que de pequeño se paseó por el lado salvaje de la moral y la política. Defendía Kant, en La religión dentro de los límites de la razón natural, que existe una mala voluntad pervertida: la propensión de la razón a desatender los imperativos morales de la razón. Y esta es la gran idea que subyace a Apparitions y hace de ella lo mejor que nunca se ha rodado sobre exorcismos: la naturaleza del mal radical no está ahí abajo, en un agujero pestilente y sádico, sino dentro de nosotros mismos, en la naturaleza humana: la querencia a hacer algo que se sabe que está mal. Y además, de forma reiterada.

El diablo está más cerca de nosotros de lo que pensamos. Es nuestra sombra moral. Y si nuestra sombra física solo desaparece bajo el sol del mediodía, el mal radical, o su símbolo teológico: Satán, solo desparece bajo la luz de una fuerza que está más allá de nosotros mismos. Por todo ello, el lúcido, pesimista y a pesar de todo luchador Kant sostenía que del fuste torcido de la humanidad nunca ha salido nada derecho...; y sin embargo animaba a seguir intentándolo.

Pero volvamos a Jacob y su lucha con el ángel del mal. Se tendrá que enfrentar a la paradójica posesión de un violador por parte de... ¡una santa! Y a que la Virgen se le aparezca a... ¡unos musulmanes! Y a que el poseído sea... ¡un feto! Al final, Dios y el Diablo se citan en Roma, claro, entre cuerpos en llamas, endemoniados voladores y crucifijos que hacen las veces de pistolas humeantes de fuerza espiritual.

En la mejor tradición de El exorcista (William Friedkin, 1973) y de La semilla del diablo (Roman Polanski, 1968), o de productos manufacturados de forma efectista pero sin tanta profundidad como El exorcismo de Emily Rose (Scott Derrickson, 2005) o El rito (Mikael Hafstrom, 2011), Apparitions es una serie que merecería ser importada, como el gran éxito que ha supuesto para Antena 3 Downton Abbey, porque conectaría con la sensibilidad cultural cristiana de nuestra sociedad y, sobre todo, porque, como dice nuestro autóctono padre Jacob, el sacerdote Fortea, cada vez hay más casos de posesiones y más necesidad de exorcismos. Por algo será.

 

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