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CRÓNICA NEGRA

Sesenta y cinco años preso

William Heirens, el Asesino del Lápiz de Labios, ha muerto en la prisión de Dixon (Illinois, EEUU), tras pasar 65 años entre rejas.  

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Heirens pidió innumerables veces la libertad condicional, salidas de la cárcel para reinsertarse en la sociedad. La maquinaria jurídico-penitenciaria de los Estados Unidos no le concedió un solo segundo. Heirens mató a dos mujeres y a una niña de corta edad, de una manera repugnante y miserable. A la niña, Suzanne, tras violarla la descuartizó. Jamás fue perdonado.

Sus crímenes conmovieron profundamente al coronel Robert K. Ressler, el hombre que inventó el término serial killer. Lo que más le llamaba la atención es que Heirens matara como mataba, siempre se preocupaba de llegar a tiempo a la residencia universitaria para poder dormir en su cama. Tras sus primeros crímenes escribió en un espejo algo así como: por favor, deténgame, no puedo parar de matar.

Por aquel tiempo, Heirens era un alto y guapo mozo, con abundante pelo negro. Había nacido en Evanston, Illinois, en 1928. Cuando lo atraparon tenía 18 años. Es probablemente el sujeto que más tiempo ha pasado encerrado en una prisión norteamericana. Ultimamente iba encorvado, en silla de ruedas, su estado de salud era delicado. Seguía manteniendo la moral alta y con esperanzas de salir en libertad.

Pero no en todas partes son tan blanditos y se estremecen porque un viejo asesino tenga la próstata como una patata, no pueda ponerse de pie o tenga que orinar en una bolsa... Un tal Thomas Johnson, de la comisión de revisión de casos, se ha hecho célebre por la rotundidad de su respuesta la última vez que denegaron la libertad a Heirens: "Quizá Dios te perdone, pero el Estado no" (el de Illinois, qué caramba).

William debía a la sociedad tres cadenas perpetuas por los tres asesinatos que cometió en 1945-46. Y en prisión ha estado desde los 18 años.

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Su desgracia comenzó cuando la Gran Depresión arrastró a la pobreza a su familia. William empezó a delinquir muy joven. Iba a robar a las casas. En teoría, era para evitar la miseria, pero se quedaba con lo robado y no intentaba venderlo ni lo consumía. En realidad, lo que robaba lo iba almacenando.

El primer asesinato lo perpetró en junio de 1945. En Chicago. Encontraron el cuerpo de Josephine Ross cosido a puñaladas. Seis meses después le llegó el turno a Francesc Brown. Fue en casa de ésta donde encontraron la nota escrita con el lápiz de labios, ya me acuerdo: "Por amor de Dios, cogedme antes de que vuelva a matar. No puedo controlarme". Una frase un tanto melodramática, pero el chico estaba verdaderamente fuera de control. En realidad, no quería que le echaran el guante, sino sólo jugar a policías y asesinos.

En los primeros días de 1946 perpetró su peor crimen. El de la niña Suzanne Degnan, de seis años. La secuestró, estranguló, violó, descuartizó. Se encontró una nota en la que se pedían 20.000 dólares de rescate, pero la niña ya estaba muerta.

A Heirens le echaron el guante en una de sus salidas nocturnas para robar y almacenar lo robado, justo en el barrio en que raptó a la niña. Se sospecha que a la policía se le fue la mano cuando lo detuvo, nadie estaba entonces para bromas con niñas pequeñas. Le aplicaron el suero de la verdad, pentotal sódico. Firmó una confesión en la que admitía los hechos y aceptó ser condenado a cadena perpetua para evitar la pena de muerte.

Entre rejas, Heirens aprendió Derecho. Enseguida dijo que se vio obligado a no decir la verdad para salvarse. Se declaró inocente. Consiguió ser el primer recluso estadounidense en obtener una licenciatura universitaria, lo que, dicho sea de paso, a nadie impresionó; no como aquí, que se nos queda la boca abierta porque el joven del rol ha acabado tres licenciaturas: Químicas, Matemáticas e Informática.

La vida de Heirens inspiró a Charles Einstein la novela The bloody spur, que se convirtió en la película Mientras Nueva York duerme.

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