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CRÓNICA NEGRA

Sexo y violencia de género

Sylvina Bassani confiaba en la justicia. Había depositado sus necesidades de prevención y protección en el juzgado. Pero una psicóloga evaluó erróneamente el peligro que tenía su marido viniendo a decir, poco más o menos, que ahí no había un problema de violencia de género, sino de conflictividad en la pareja.

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Lo de la violencia de género se está tratando de una forma tan relamida que apenas se entera uno de nada. Lo mejor es que volvamos a llamar a las cosas por su nombre. Sylvina estaba casada con un sargento del Ejército que le daba mala vida. En un primer momento le denunció... y retiró la denuncia, como suele ocurrir. Pero pronto tuvo que denunciarle de nuevo. El juzgado, entonces, dictó una orden de alejamiento contra el agresor.
 
Sylvina, doctora en Microbiología, se había creído de buena fe los alardes que nos venden sobre la lucha contra el maltrato. Así es que, aunque de ningún modo se sentía segura, sin embargo confiaba. Y siguió adelante. Convencida de que lo suyo con el sargento no tenía remedio, decidió romper amarras, y con el tiempo tuvo la suerte de encontrar una nueva pareja. También era militar; concretamente, un teniente.
 
Pero los peros: el sargento seguía ahí. Asustada por la presión que éste ejercía sobre su existencia, y tras alertar una y otra vez al juzgado a través del abogado que llevaba sus asuntos, decidió marcharse, a la chita callando, al domicilio de su nueva pareja, sito en Alovera, Guadalajara.
 
Allí la localizó su ex marido, quien, aunque le habían prohibido portar armas, se hizo con una pistola. Sin que nadie pudiera impedirlo, llamó de amanecida a la nueva residencia de su ex y, según le abrió el teniente, le dejó frito a tiros; luego entró a por la mujer, y en presencia del hijo de ambos, menor de edad, disparó contra ella, produciéndole la muerte. Cuentan que, acto seguido, llamó a los servicios de urgencia y dijo: "Hay dos cadáveres, pero pronto habrá tres". Y con una bala de su propia arma se quitó la vida.
 
Como dice el señor fiscal del Tribunal Superior de Justicia de Castilla-La Mancha: "Cuando el agresor está dispuesto a matar y a morir, es muy difícil que le pare la justicia".
 
A estas alturas, fuera mandangas. Para empezar, la violencia de género es lo mismo que hacían los señoritos cuando mataban a sus mujeres porque no podían vivir sin ellas. Es decir, algo de toda la vida; pero ahora, por mor de la conveniencia política, se le dedica ahora un ministerio, el de Igualdad, ¡qué cosa más rara!, y una delegación especia dirigida por un forense, que, como todo el mundo sabe desde CSI, tiene por cometido examinar a los muertos; o sea, que no suelen estar al frente de la prevención, sino que intervienen cuando la cosa no tiene remedio.
 
Esto parece indicar que el Gobierno no cree demasiado en sus propias fuerzas para combatir la pandemia, dado que se prepara para el desastre, aunque, cosas de la confusión, no sepa muy bien cómo llamarlo. La violencia de género es sólo –y nada menos que eso– una manifestación más de la delincuencia.
 
Volvamos al caso de Sylvina. Según el señor fiscal, el hecho de que hubiera encontrado una nueva pareja, y que ésta fuera un militar de rango superior al de su ex marido, le brindaba "un grado de protección importante". Esto, claro, explica claramente la percepción que tenía la Fiscalía del problema: la condición castrense del nuevo compañero de Sylvina tendría un efecto disuasorio. Hombre, pues, no. En la vida criminal da igual la profesión de las víctimas. Y la de los agresores. Importa sólo la capacidad letal. Y, como se ha comprobado en este suceso, la del sargento era máxima.
 
Si no estuviera todo tan embarullado, Sylvina y su pareja habrían tomado ciertas precauciones, como, por ejemplo, no abrir la puerta al potencial agresor, sobre todo de madrugada. Pero no. Murieron porque, curiosamente, se creían a salvo, blindados por la artillería verbal de quienes hablan de observatorios o juzgados especiales y de que cada vez se registran más denuncias… hasta solapar la triste realidad del índice creciente y sostenido de actos violentos contra las mujeres.
 
Llegados a este punto, ha de decirse que las normas jurídicas no son eficaces y que la percepción del problema se refleja en la superficie deformante de los espejos del callejón del gato. Lo cierto, en este caso, es que Sylvina y su pareja estaban abandonados a sus propias fuerzas, y encima lo ignoraban.
 
Otro asunto de violencia de género que tiene bemoles es el que en su día cometieron cuatro personas, tres artistas drag queens, o travestis espectaculares, y una gogó de discoteca, contra un joven de 18 años en una sala de Barcelona. La muchacha sirvió de cebo para que el chico se aviniera a la complicidad sexual.
 
Según la acusación, el compañero sentimental de la chica se acercó y dijo que lo que era para ésta tenía que ser también para él, por lo que el muchacho salió de estampida, horrorizado. Pero la fiesta seguía, y la chica volvió al ataque, hasta que logró que el joven, bien plantado, atractivo y apetecible, la acompañara a los camerinos, a los que sólo tenía acceso el personal autorizado. Allí estaban los drags, que sorprendieron al chaval, lo esposaron y, finalmente, le sometieron a abusos sexuales. Cuatro contra uno. Tan grave fue la cosa que el fiscal llegó a pedir 60 años de prisión, pero la Audiencia, en sentencia ratificada por el Supremo, lo dejó en 11 para cada uno.
 
Bueno, pues tal es el lío institucional que, según denuncia El Mundo, los Servicios Penitenciarios de la Generalidad han sacado a la calle a los cuatro violadores, en medio de un gran escándalo, tras sólo cinco meses de condena.
 
En algunos estamentos populares con gran predicamento entre la progresía se dice: "Pobrecitos, sólo pasó lo que ocurre en una discoteca cuando se ha bebido demasiado". El buenismo que inspira estas palabras se da de bruces con el Código Penal, que brama contra el delito de violación. Es posible que las penas sean en algún caso excesivas y siempre demasiado cercanas a las estipuladas para los homicidios, lo que alienta a los violadores a transformarse en asesinos, pero una violación es siempre un delito gravísimo.
 
El joven que denunció a estos artistas violadores no quería tener relaciones sexuales con ellos. Tan claro estaba que tuvieron que esposarlo y retenerlo contra su voluntad. Parece un desliz de nada, pero, para que se vea el efecto que produce sobre el que sufre, pensemos ahora en las víctimas innumerables del Violador del Valle de Hebrón, del Violador del Ensanche, del Violador de Pirámides… Lo único que varía es el género, que aquí se trata del tercer sexo. ¿Es suficiente para que las autoridades, en Cataluña, hagan la vista gorda y pasen por encima de la condena judicial para poner en libertad a los violadores?
 
Lo mismo va a hacer falta un Ministerio de Igualdad Sexual...
 
 
FRANCISCO PÉREZ ABELLÁN, presentador del programa de LIBERTAD DIGITAL TV CASO ABIERTO.
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