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PANORÁMICAS

'Spartacus': sangre, sexo, honor, gloria

"Primera lección: nunca bajes la puta guardia". Mientras la alegre, eunuca y puritana muchachada celebra espectáculos descafeinados como The Walking Dead o Juego de tronos, una bomba de relojería, golfa y desatada, carnal pero descarnada, violenta y báquica, se desarrolla en los suburbios de la televisión, alejada de las críticas de postín, que temen mancharse las manos, y de las mesnadas de fans frikies, demasiado ocupados en desentrañar la última paja mental de J.J. Abrams.

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Espartaco, sangre y arena, junto a su precuela Espartaco, los dioses de la arena y la segunda temporada que ahora se comienza a emitir de Espartaco, la venganza configuran un tríptico en el que se conjuga la estética gore estilizada de 300, la apología de la violencia de El club de la lucha, una reivindicación de la pornografía que entronca con 9 semanas y media junto a una recreación histórica del espíritu pagano anterior al cristianismo, como hacía la también extraordianaria Roma. Demasiado para una época como la nuestra, que ha bendecido el culto a lo políticamente correcto, el buen gusto pasteurizado y la dogmática buenrollista.

En la primera temporada se trata de contar la conversión de un tracio en el esclavo-gladiador Espartaco. Traicionado por los romanos, se vuelve contra ellos... traicionándolos. Pero los hispanos sabemos muy bien que Roma no sólo no paga traidores, sino que si hace falta los persigue hasta el infierno para castigarlos. Separado de su mujer y confinado en un ludus, un centro de entrenamiento de esclavos-gladiadores, Espartaco aprenderá el arte de la lucha en la arena bajo Batiatus, el ambicioso y maquiavélico amo que hará cualquier cosa para ascender en la escala social y política romana.

Con una ambientación tan lujosa como sucia, la serie se toma todas las licencias históricas imaginables con el propósito de captar el espíritu pagano de Roma: un desbordante desenfreno sexual, una atroz mezcolanza de voluptuosidad y crueldad, una épica combinación de honor y gloria: un vino demasiado poderoso para los paladares contemporáneos, acostumbrados a las bebidas de soja.

Somos esclavos, nos han quitado la carga de tener que decidir. Sólo somos libres cuando combatimos o cuando follamos.

Y bajo el ropaje deslumbrante de unas peleas cuerpo a cuerpo en las que no se ahorra una traquea cortada, unas tripas expuestas al sol, y unos combates sexuales en los que no hay placer –heterosexual, homosexual, interracial o interclasista– que se desprecie, la densidad conceptual viene dada por las vidas paralelas de Spartacus y Batiatus, el gladiador y el señor, unidos indisolublemente por la dialéctica amo-esclavo y la ambición que los anima: Spartacus quiere conseguir la libertad y a su mujer, mientras que Batiatus, que es tratado por los patricios romanos como un advenedizo, se muere, y mata, por pertenecer a la clase superior.

De hecho, y del mismo modo que el Julio César de Shakespeare se debería llamar más bien Bruto, por ser éste el protagonista emergente de la obra, para satisfacción de su propio autor, esta serie en realidad se debería llamar Léntulo Batiato, el personaje que interpreta magistralmente John Hannah, lleno de matices y de furia, en la estirpe del Tony Montona (Al Pacino) de El precio del poder (que también podría ser otro título para la serie). Acompañado de Lucrecia (Lucy Lawless), una mujer tan ambiciosa como bella y deshinibida, Batiato es un personaje a la altura de otros grandes ambiciosos, como Tony Soprano (Los Soprano) o Al Swearengen (Deadwood).

Otros secundarios inmensos son Enomao el Doctore, maestro de gladiadores, negro que le aguantó un round a Theokoles, la Sombra de la Muerte; Crixo, el rudo y bravo campeón de Capua, que sólo piensa en la gloria ganada en la arena del circo (y semental a su pesar), e Ilithia, la esposa del legado Claudio Glabro, el causante de todo el daño que ha sufrido Espartaco, tan guapa, malvada y lujuriosa como se puede uno imaginar a las sirenas de Ulises.

En el fascinante ludus, en una esplanada abierta a un abismo, donde se entrenan los gladiadores, cubiertos de polvo, sudor, mierda y sangre, los amos y los esclavos, las señoras y sus siervas, la lucha de las espadas y de los sexos representan un potentísimo espectáculo en el que la civilización romana precristiana es mostrada en toda su diáfana dureza e intensidad. Con romanos, hedonistas y violentos, que juran "por la polla de Júpiter" y guerreros del circo, sedientos de muerte y gloria, son adiestrados bajo la máxima "Sólo hay un forma de ser campeón: que no te maten nunca".

El fulgor de las pasiones paganas por la sangre, la arena y el rugido de la multitud, unidas a los valores del honor, la gloria y el combate, que le dan sentido a una clase de vida caracterizada por la voluntad de poder, habría elevado el ánimo al siempre enfermizo y deprimido Nietzsche cuando celebraba el espíritu de la tragedia pagana. O del siempre alegre y entusiasta Terenci Moix, que hubiera alucinado con los cuerpos gloriosos de los gladiadores ensangrentados y sudorosos al grito, sangre y arena, de:

Esto es la furia española. Así conquistamos Nápoles.

 

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