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CRÓNICA NEGRA

Prim, tienes nombre de disparo

Decía Pedrol Rius, que fuera presidente del Colegio de Abogados de Madrid en el tardofranquismo, que Prim, presidente asesinado del Consejo de Ministros, Marqués de los Castillejos, víctima del magnicidio más artero y misterioso que imaginarse pueda, tenía nombre de disparo: "¡Prim, Prats!". Fino humor.

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En efecto. A Prim, que lo mataron en la Calle del Turco el 27 de diciembre de 1870, le pusieron un nombre que suena como los trabucazos que le dieron unos asesinos a sueldo, esa tarde fea y nevada de hace ciento cuarenta años. Ahora, una comisión multidisciplinar del Departamento de Criminología de la Universidad Camilo José Cela, que me honro en dirigir, aborda el estudio del sumario de 18.000 folios, que fue instruido sin que se llegara a la detención y castigo de los culpables, con vistas a aportar algo de luz al caso antes de que, en 2014, se cumplan 200 años del nacimiento del también llamado Duque de Reus.

Dice la leyenda que en los documentos judiciales están las pruebas del crimen, los nombres de los asesinos y hasta los pagarés con que los recompensaron.

En el estudio que hemos empezado nos encontramos con un denso sumario escrito a mano, con numerosas declaraciones, diligencias e indagaciones. Sobre ellas se pronunciarán juristas, sociólogos, criminalistas, criminólogos y antropólogos forenses. La comisión multidisciplinar, compuesta, entre otros, por el eminente catedrático de Medicina Legal Delfín Villalaín, el doctor José Antonio Lorente –profesor de la Academia del FBI en Quantico y miembro del equipo que analizó los huesos de Cristóbal Colón– y la experimentada doctora María del Mar Robledo –directora del Laboratorio de Criminalística–, pondrá de relieve la verdad que el sumario guarda y que no fue activada para resolver el problema, archivado de prisa y corriendo cuando, pesada incógnita en el pasado de la monarquía, Alfonso XII decidió casarse con María de las Mercedes, hija del Duque de Montpensier, uno de los sospechosos históricos. En el Parlamento Castelar pidió el voto para el borrón y cuenta nueva, con aquello tan bonito de "Un ángel no se discute", refiriéndose a la pobre María de las Mercedes, entonces una joven de diecisiete años.

El jefe de escolta del general Serrano –el "general bonito", como le llamaba Isabel II, a la sazón regente de España, pero poco más que un cargo de figurón–, José María Pastor, y el hombre de confianza de Montpensier, Solís y Campuzano, son dos de la tripleta o triada de imputados recalcitrantes. El tercero era el diputado Paul y Angulo, republicano fanático, dipsómano y agresivo, que se atrevió a escribir en El Combate, periódico que dirigía, que a Prim había que matarlo como a un perro. También dicen que, un día, le advirtió amenazador: "A todo cerdo le llega su San Martín".

Pedrol Rius, abogado, que era de Reus como Prim, muy culto, muy educado y agudo como un zorro, escribió un libro acientífico, con pocas e imprecisas referencias al sumario, en el que destaca la impresión de que se exculpa a los alfonsinos/isabelinos, a veces con argumentos ingenuos, como la grandeza y bondad de personajes como Cánovas, que, por cierto, también sería asesinado. El libro Los asesinos del general Prim, aclaración de un misterio histórico exculpa con razones de buen abogado no solo a los Borbones, de los que Prim dijo después de la Gloriosa que "jamás, jamás, jamás" volverían mientras él estuviera, sino a todos los personajes poderosos y de relieve que la tradición señala. Incluso al gobernador de Madrid, llamado fatídicamente Rojo Arias, que advertido del atentado inminente no hizo nada por evitarlo, ni siquiera reforzar la ronda por la Calle del Turco, que Prim siempre tomaba para irse a casa. Rojo Arias aparece como culpable de negligencia, pero se le libra de otras sospechas.

El caso es que a Prim lo mataron quienes ambicionaban su puesto. En aquel momento puede decirse que molestaba a todos: a los republicanos, porque se sentían traicionados, ya que quería cambiar una monarquía por otra de nuevo cuño; a los isabelinos/alfonsinos, porque lo odiaban por haber echado a la reina Isabel: a los partidarios de Montpensier, porque impedía el ascenso del Duque al poder; a Paul y Angulo, por resquemores personales; a los partidarios del general Serrano, porque le envidiaban... Puede decirse que todos querían matar a Prim.

A Paul y Angulo lo defiende Valle Inclán, con un extraño apasionamiento, y a los demás el admirable Pedrol Rius, aquí abogado defensor.

Quedan los palanganeros de los poderosos, los matados como el Majo de los Trabucos y la guardia pretoriana de Paul y Angulo. Por más que hicieron, acabaron declarando. Muchos detenidos y otros muertos. Algunos de los que declararon en el sumario que investigamos murieron por lo que dejaron escrito. Todavía el pasado puede darnos sorpresas. Y tal vez revelaciones importantes sobre el misterio del magnicidio de Prim. Los trabucazos de la Calle del Turco, hoy Marqués de Cubas, cambiaron la historia de España. La criminología hará el resto.

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