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RECUERDOS SUELTOS

Una humillación infantil

Este deplorable suceso ocurrió cuando yo andaba por los siete años, no puedo precisarlo mucho. Mi madre solía darnos dos pesetas a mi hermana Adela –un año menor que yo– y a mí, para que comprásemos sendos tebeos y nos entretuviésemos un rato sin dar demasiado la murga. Bajábamos desde nuestra casa, en la travesía de Finisterre, hasta la ronda de Don Bosco, donde había un kiosco, perdón por el pareado, metido en un portal, frente a la plaza o mercado.

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Mi hermana compraba algún ejemplar de la colección Azucena, para niñas, y yo de Terciopelo negro o El Cachorro, o el TBO. Empezaba la edad dorada del tebeo español, hoy lamentablemente desvanecida. Las aventuras de Terciopelo negro transcurrían, si no me falla la memoria, en Venecia, y El Cachorro era un héroe hispano que daba su merecido a los piratas, ya en las Antillas, ya en la Berbería. Aún no habían comenzado, me parece, las series de El capitán Trueno y El Jabato, que casi coparían el mercado infantil.
 
Bueno, el caso es que un día la kiosquera nos dijo: "Hay que ver, venís muchos días a comprar tebeos. Seguro que es porque os portáis muy bien y vuestra mamá está muy contenta con vosotros". No sé qué contestamos, si contestamos algo. Yo, sin estar muy seguro de si la amable vendedora hablaba en serio, procuré poner cara de bueno, dándole gestualmente la razón. Desgraciadamente, acababa de entrar otra señora, y, según pude comprobar enseguida, tenía una opinión muy distinta:
 
¿Bueno, éste? Éste es malísimo, un golfo. Si supiera usted… Es de los que andan metiéndose en los campos a robar fruta. Y mira la cara que pone. ¿Será sinvergüenza?
 
Un crío percibe a veces si la regañina tiene un tinte cariñoso o de broma, pero aquélla, desde luego, no tenía ningún tinte de esos. La mujer hablaba con verdadero resentimiento. Y enseguida caí en la cuenta de quién era: la dueña, o alguien de la familia propietaria, de una serrería muy próxima a nuestra casa, a la que llamábamos "la fábrica", sin entrar en más distingos.
 
Un pexegueiro.El terreno de la fábrica incluía un campo con algunos pexegueiros, parecidos a los melocotoneros, y un huerto más recogido con otros frutales, flores y coles. El conjunto estaba protegido de la calle del Pilar por un muro de bloques de granito demasiado alto para nosotros. Lo salvábamos por un método sencillo: en algunas junturas de la piedra habíamos quitado el cemento, dejando un hueco. Tomábamos carrerilla, dábamos un salto, apoyábamos un pie en el hueco y el impulso nos permitía alcanzar con una mano el borde superior del muro; y ya nos aupábamos.
 
Detrás del muro corría una estrecha zanja llena de maleza, por donde debíamos andar con cuidado para no pisar excrementos, pues por allí hacía alguna gente sus necesidades. A continuación se levantaba una tela metálica y un seto irregular pero espeso, obstáculos que superábamos habiendo escarbado bajo la tela varios pasos por donde nos colábamos a rastras, o, en sitios propicios, rebajábamos la tela a fuerza de cargar sobre ella, hasta doblarla. A veces entrábamos simplemente por la puerta.
 
Solíamos jugar en el campo hasta que nos descubrían y nos echaban a gritos, incluso a pedradas. Y, desde luego, saqueábamos los pexegos (pronunciábamos peshejos). La inquina a los de la fábrica había llegado al punto que dos de los mayores entre nosotros, acaso de diez años, idearon una hedionda burla: uno de ellos, llamado Campana, defecó en una pequeña caja de cartón, la envolvieron en papel no muy limpio y la ataron con una cinta. Luego el otro fue a la fábrica a entregarla al encargado o al dueño, supuestamente de parte de algún conocido suyo. Quedamos expectantes, y al poco volvió el chaval corriendo como un loco, no recuerdo si porque el desconfiado encargado le había descubierto o para ponerse a salvo antes de que descubriera el pastel.
 
En estos recuerdos vagos veo al tal Campana como el que, algunos domingos por la tarde compraba, una cajetilla de Ideales en un estanco diciendo que eran para su padre o para alguien mayor. No sé de dónde salía el dinero. Luego íbamos a un descampado y dábamos caladas, por turno, a aquella peste que raspaba la garganta. Algunos terminaban mareados y vomitando. Yo no llegué a cogerle el gusto, al contrario, se me quitaron las ganas, y por eso, a última hora, me he librado del castigo de la señora ministra Salgado. Otros, en cambio, ya hacían virguerías, como retener el humo mientras soltaban: "El hombre que sabe fumar, echa el humo después de hablar". Incluso no faltaba ya entre nosotros algún filósofo, que nos instruía: "Los hombres de verdad siempre tienen algún vicio". A él, y a varios más, se les veía muy dispuestos.
 
Pero, volviendo al principio: pocas veces como aquélla del kiosco me habré sentido tan humillado. No podía contestar a la buena señora porque, aparte de ser una persona mayor, contaba la pura verdad, y yo no tenía el valor de negar descaradamente los hechos o salir corriendo e insultándola, como seguramente habría hecho Campana. La kiosquera me excusaba, sonriendo ante mi confusión. Seguramente lo estaba pasando muy bien:
 
Pero si es solo un rapaz, mujer, si ya se sabe… No hay ningún rapaz bueno, ¡todos son unos trastes! –(en Galicia se decía "trastes" y no "trastos").
 
Como pude, escurrí el bulto con mi hermana, mientras oía las palabras de la señora de la fábrica, rebosantes de hipocresía:
 
–¡Es que además comen la fruta verde, con lo malo que es! Eso hace mucho daño en la barriga, y luego sus madres…
 
Seguro que nuestras barrigas y nuestras madres le traían al fresco, pero también decía verdad: no teníamos paciencia para aguardar hasta la maduración, y por tanto roíamos los pexegos duros y poco sabrosos. ¿Por qué los comíamos, entonces? En parte porque, si uno esperaba, otro podría llevárselos, y en parte porque el interés de la empresa no estaba en el botín, sino en el peligro de alcanzarlo frente a la amenaza de la sanción. No veíamos lo malo en el acto mismo, sino en ser pillados con las manos en la masa.
 
San Agustín.¿Y por qué había sentido tanta vergüenza en el kiosco? Por eso, por haber sido sorprendido y desenmascarado cuando justo antes había pretendido pasar por buen chico. Algo muy doloroso desde cualquier punto de vista. Pero, desde luego, la vergüenza del momento no me disuadió de seguir en las mismas, con el resto de los compañeros. Como yo no era especialmente perverso, más bien al contrario, pueden ustedes creerme, deduzco de ahí que el pillaje es una tendencia instintiva en el ser humano, al menos en el varón.
 
Kazantzakis pone en boca de su héroe Zorba unas consideraciones semejantes, y San Agustín explica en sus Confesiones cómo, de niño, hurtaba en la despensa de su casa, aunque atribuyendo la inclinación al gusto por la golosina o por sobornar a otros críos para que jugasen con él. Y otros muchos pensadores, estoy seguro, habrán reflexionado sobre el arduo problema. Desde luego, no obrábamos así por educación de casa o del colegio, pues nos predicaban exactamente lo contrario, aplicando en ocasiones correctivos severos: nada de violencias, nada de golferías, nada de invadir campos ajenos.
 
De aquel campo de la fábrica guardo otras memorias, algunas también un poco crudas. Un día, después de comer, fui allí, donde se encontraban ya unos cuantos, entre ellos dos mellizos o gemelos, Manolín y Felisín o Felixín. No sé cuál de los dos, ni por qué, hizo un comentario despreciativo sobre mí, instando a los demás a no jugar conmigo. Enfadado, le tiré una piedra, con tan mala suerte que le acerté en la cabeza, un tipo de herida escandaloso, pues suele salir mucha sangre. Él fue llorando a su casa y yo me perdí por las calles, lleno de angustia, con el deseo desesperado de que las cosas hubieran ocurrido de otro modo y sin saber qué hacer a continuación. La madre del mellizo iría a quejarse a la mía, con efectos previsiblemente poco felices para mí.
 
Cuando calculé que el desagradable encuentro intermaterno habría concluido, subí a casa, esperando que mi madre se hubiera calmado. Pero para los niños el tiempo pasa muy despacio, y volví demasiado pronto, encontrándome con la áspera sorpresa de que acababa de llegar la madre de los gemelos, acompañada de su vulnerado vástago para demostrar sin lugar a dudas mi fechoría. Ante hechos así las señoras solían mostrarse compasivas, aun sin ganas, y recomendar suavidad en la punición, pero ésta no fingió en lo más mínimo sus sentimientos.
 
¡Péguele, péguele! –recomendaba con firme convicción–. Es un chiquillo muy malo, y estas cosas no se le pueden consentir, porque hay que educarlos…
 
Supongo que sus consejos no entusiasmarían a mi madre, pues me dio solo unos azotes sin especial empeño. En fin, pequeñas tragedias infantiles.
 
Y corto, porque unas memorias traen otras y, ya lo saben ustedes, cuando entramos en la senectud tendemos a recordar el pasado lejano y a aburrir a la gente con inconveniencias.
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