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Francisco José Contreras

Por un debate climático racional

El clima-catastrofismo ha abandonado el terreno de la ciencia y la racionalidad, convirtiéndose en una pseudorreligión milenarista.

Francisco José Contreras
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A Sánchez no le basta la Agenda 2030: su mirada profética se proyecta ya a mediados de siglo, y nos ha planificado un 2050 sin carne (pues hay que proteger al planeta de las ventosidades de las vacas), sin coche de gasolina (su fabricación estará prohibida a partir de 2040), con los campos llenos de placas solares y turbinas eólicas (así lo prevé la Ley de Cambio Climático: 74% de generación eléctrica con energías renovables en 2030 y 100% en 2050)... La pestaña "Transformación" de la web del Gobierno dedicada a la Agenda 2030 contiene consejos/mandamientos como: "Coge menos servilletas", "seca las cosas al aire", "usa los restos de alimentos como fertilizante orgánico", "toma duchas cortas". Entren y vean, si no me creen.

El clima-catastrofismo ha abandonado el terreno de la ciencia y la racionalidad, convirtiéndose en una pseudorreligión milenarista. En la nueva religión oficial de Occidente, a la par con la identity politics feminista-diversócrata.

¿Por qué ya nadie habla de "calentamiento global", sino de "cambio climático"? Porque el primero era mensurable ("falsable", diría Popper: eventualmente refutable mediante datos); el segundo, no: cambio climático puede ser cualquier cosa, desde los hielos de Filomena hasta esta ola de calor en mayo; sequía o aguacero, vendaval o calma chicha, todo es bueno para el convento del cambio… Ahora bien, la falsabilidad es la marca distintiva de las teorías científicas. (Por cierto, no es verdad que estén aumentando catástrofes climáticas como los huracanes, las inundaciones, etc.: su impacto en el PIB mundial ha pasado del 0’26% en 1990 al 0’18% en 2017 –aunque, como somos más ricos y numerosos, encuentran más construcciones que destruir en su trayectoria–, y el número de víctimas en ellos ha descendido en un 96% en un siglo: de un promedio de medio millón al año en la década de 1920 a unos 20.000 en 2019).

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La pseudorreligión climática va enriqueciendo su cuerpo dogmático: negacionista ya no es sólo quien niegue el hecho de la subida de temperatura de aproximadamente un grado desde el siglo XIX; también lo es quien ponga en duda que dicho incremento se deba sólo a la acción humana (pero en el clima, junto a la variabilidad antropogénica reciente, hay también una variabilidad natural que nos llevó –a escala histórica, y no ya geológica– al óptimo climático medieval, a la pequeña edad del hielo entre los siglos XVI y XIX, o incluso al leve descenso de la temperatura entre la década de 1940 y la de 1970 –¡pese a la multiplicación de las emisiones de CO2!–, cuando las revistas setenteras alertaban de "la inminente glaciación"…), quien cuestione su aceleración exponencial en lo que queda de siglo XXI (aunque el propio IPCC –admitiendo la incertidumbre– maneja varios escenarios con muy diversos grados de calentamiento: el RCP 2.6, el RCP 4.5, el RCP 6…); o, lo más importante, quien se permita dudar de los efectos necesariamente desastrosos del cambio (pero el grado adicional cosechado desde el final de la pequeña edad del hielo nos deparó un siglo XX que, aunque sangriento por otras causas, fue de extraordinario desarrollo para la humanidad; por lo demás, el CO2 es el gas de la vida, facilita la fotosíntesis y ha permitido que, según estudios de la NASA, el planeta haya ganado desde 1990 una masa vegetal equivalente a dos veces la superficie de EEUU).

En la elevación del clima-milenarismo al rango de religión de Estado concurren varios factores. Los medios, siempre ansiosos de clics, presentan el escenario más pesimista y menos probable del IPCC como único y seguro. La izquierda necesita nuevas excusas para el intervencionismo estatal en la economía y la sociedad: si en el siglo XX fue la desigualdad o la pobreza, en el XXI es la necesidad de salvar a un planeta supuestamente en las últimas (como escribió Roger Scruton en Green Philosophy: "Si uno desea una estructura de control y planificación de arriba abajo [top-down] –quizás consigo mismo y sus amigos en la cúspide–, hará bien en inventar la gran emergencia que lo requiera"). Los políticos en general –también la derecha sumisa: es de notar el alineamiento del PP con el Acuerdo de París y la religión climática– son conscientes de la potencia del mensaje: "Si me votas, detendré el fin del mundo".

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Pero la nostalgia religiosa es el factor más relevante. Desde que abandonaron el cristianismo, muchos occidentales han intentado llenar el hueco de Dios con varias religiones políticas: el nacionalismo lo fue, y también el marxismo. Ahora se rediviniza la naturaleza, olvidando que, como indica Shellenberger, no es armónica ni maternal, sino despiadada y en constante reajuste. La Caída es la revolución industrial; el pecado, la emisión de CO2 y el derroche energético. La Agenda 2030 y las leyes verdes son el evangelio salvador. La penitencia, la ascética vida vegano-sostenible, sin aviones ni duchas largas. Una vez purgadas nuestras culpas, llegaremos a un Paraíso resiliente con extensiones infinitas de placas solares, coches eléctricos y cero emisiones. Y creando cientos de miles de empleos verdes por el camino, asegura psicodélicamente nuestra Ley de Cambio Climático. En Alemania, la Energiewende (500.000 millones de inversión en giro energético desde 2010 a 2025, cerrando nucleares y potenciando desmesuradamente las renovables) ha encarecido la energía en un 50%, perjudicando la competitividad de las empresas, comprometiendo la seguridad del suministro y, para colmo, reduciendo poco las emisiones alemanas de CO2, que siguen siendo, en lo que se refiere a generación de electricidad, casi diez veces superiores a las de la nuclearizada Francia.

Michael Shellenberger y Bjorn Lomborg han intentado plantear un debate climático-energético laico y racional. Superando, por ejemplo, el prejuicio negativo hacia la energía nuclear, motivado por la asociación mental con las armas atómicas y con el accidente de Chernobil (en realidad, la energía nuclear es la más segura de todas, y salva cada año dos millones de vidas que habrían desaparecido por enfermedades vinculadas a la quema de carbón). Y la igualmente irracional sobrevaloración de las energías solar y eólica, por su imagen natural. La solar-eólica debe tener su espacio en un mix plural, pero es suicida convertirla en energía única: es intermitente (sólo funciona cuando luce el sol o sopla el viento), inalmacenable y poco densa (o sea, produce mucha menos energía por metro cuadrado de instalación que una central de gas natural, y no digamos que una nuclear).

Racionalizar el debate energético-climático significa dejar de plantearlo en términos apocalípticos de "salvación o aniquilación" (no, el cambio climático no amenaza la supervivencia de la especie, aunque lo repitan los portavoces de todos los partidos menos Vox), para hacerlo en términos utilitarios de coste/beneficio. Lomborg, basándose en el modelo del Premio Nobel William Nordhaus, busca el punto de equilibrio en que el esfuerzo de reducción de emisiones no dañe la economía más de lo que lo hubiera hecho la subida de temperaturas evitada por dicha reducción. Según los cálculos de Nordhaus, ese óptimo –más bien, mal menor– se encontraría en una política que permitiera alcanzar el pico de emisiones hacia 2050, estabilizando entonces el CO2 de la atmósfera en unas 600 ppm (ahora está en unas 410), lo cual se traduciría en una subida de temperatura de unos 3’5 grados respecto a la era preindustrial (o sea, 2’5 respecto a la actual) para 2100. Sí, habrá que hacer un esfuerzo de adaptación que incluirá cambios en la geografía de los cultivos, protección de las costas frente a una probable subida del nivel del mar de unos 60 o 70 centímetros (ya ha subido 30 centímetros desde el siglo XIX y no ha sido el fin del mundo; un tercio de Holanda y 110 millones de personas en todos los continentes viven bajo el nivel del mar), etc. Habrá que ir abandonando los combustibles fósiles: pero una transición energética demasiado drástica provocaría un daño enorme a la economía, superior al que habrían producido las décimas de grado evitadas. Hay que mantener y ampliar la energía atómica, y aumentar la investigación en baterías, reactores nucleares más avanzados, tecnologías de captura y almacenamiento de CO2, e incluso geoingeniería. El coste de todo ello sería, según Nordhaus, de un 2,9% (o 3,6%, añadiendo un margen de seguridad por la posible irrupción de factores no previstos en el modelo) del PIB mundial en 2100: seremos mucho más ricos que ahora, pero un 3% menos de lo que habríamos podido ser si no nos hubiésemos calentado.

Es un problema. Pero no es el Armagedón.


Francisco José Contreras, diputado por Vox.

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