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El invitado

Los padres de la niña no tienen por supuesto ninguna responsabilidad, ni podían prever de forma alguna la violenta acción que ha matado a su hija.

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Metes a un amigo en casa, que no era la primera vez, un hombre de 50 años que estaba pasando un mal trago en la vida, para animarle celebrando su cumpleaños, y presuntamente en un descuido arroja a tu hija pequeña de seis años por la ventana del sexto piso y se tira detrás. El invitado sorprende a todos con un impulso inesperado que rompe todos los esquemas. Sucedió en el patio interior de una urbanización de Málaga, produciendo estupor en todas partes.

Los padres de la niña no tienen por supuesto ninguna responsabilidad, ni podían prever de forma alguna la violenta acción que ha matado a su hija. Sin embargo, la sociedad sí debe plantearse si hace lo que debe para prevenir las acciones peligrosas de los afectados por una grave enfermedad mental.

Olvidamos con frecuencia que los problemas mentales avanzan en una sociedad de locos de forma tan rápida y confusa que se toleran comportamientos extraños y sorprendentes como si fueran moneda corriente, en un ambiente frecuentemente desquiciado. La enfermedad mental tiene sus pautas, los enfermos observan comportamientos descritos y los médicos pueden detectarlos fácilmente, si son debidamente alertados.

Pero no olvidemos que este mundo en el que vivimos está estimulado por todo tipo de sustancias esnifables, fumables, bebibles e inyectables. Una locura suele ser una salida de tono que en principio no tiene consecuencias. Excepto cuando se trata en realidad de la acción de un enfermo sin medicar o no diagnosticado. No se debe confundir depresión con trastorno mental. Una depresión es sentirse flojo, poco motivado o incluso decepcionado por el ambiente laboral o familiar, pero una simple manía persecutoria puede ser en realidad una paranoia, incluso un síntoma mucho más grave. ¿Cómo detectarlo? Dejando de tolerar cualquier comportamiento como poco peligroso.

Doy por hecho que los padres de la niña fallecida no detectaron ninguna irregularidad mayor en aquel amigo al que habían invitado otras veces y tenían confianza en él, hasta dejarle jugar en el parque con las pequeñas y residir en su propia casa. Aunque estoy seguro de que en su círculo de relaciones, por estrecho que fuera, o por destruido que esté, cosa que supongo, pues tuvo que ser recogido en sus peores momentos por estos infortunados amigos, debió de dar muestras de reacciones violentas compatibles con un trastorno profundo.

No hace mucho que se establecieron controles de droga en las carreteras para capturar conductores que conducen bajo sus efectos. Hasta entonces, miles de ellos circulaban con total impunidad, mientras solo se perseguía a lo que abusaban del alcohol. Décadas de abusos han podido producir efectos mentales peligrosos y la forma de defenderse de ellos es, primero, tener en cuenta que la enfermedad mental puede ser un mal frecuente. Hay que ordenar una vigilancia sobre esta delicada faceta de la salud, desde edades tempranas, y siempre que haya motivo para sospechar, por antecedentes o síntomas. Algo que tiene tratamiento en origen suele crecer de forma desproporcionada si no recibe atención. Y luego está la desconfianza hacia las propias fuerzas: no debemos creernos que somos capaces de resolver una depresión sin ayuda médica.

De este horrible hecho del hombre que por motivos en principio desconocidos arrojó a la de menor edad al vacío, mientras que su anfitrión, el padre de dos niñas de seis y ocho años, las preparaba para llevarlas al colegio, debemos aprender que la necesaria protección de los pequeños hace que todos aprendamos a ser constantes en apartarlos de todo riesgo. El individuo volvió a ser violento contra sí mismo probablemente en pleno delirio.

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