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Prisión permanente

Si se cumple escrupulosamente la ley, los delincuentes no podrán campar a sus anchas. Entonces, ¿por qué no se hace?

Francisco Pérez Abellán
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Creo que no fui el único pero sí el primero en decir que el presunto asesino de Diana Quer debería haber estado en la cárcel, y por tanto jamás habría podido matarla. Era un individuo capturado por posesión de 19 kilos de cocaína, con una denuncia por agresión sexual que no se investigó hasta el final y que estaba en la calle con una pequeña condena de dos años y medio que habría bastado para neutralizarlo si no hubiera estado suspendida. El botín de coca lo debería haber metido en prisión por lo menos diez años.

Pero estaba en la calle, con un impulso imparable que tiraría de él hasta el pozo. Lo que demuestra que la solución a la multidelincuencia de los reincidentes no es el endurecimiento de las penas sino la exigencia del buen funcionamiento de la Justicia y el cumplimiento íntegro de aquéllas.

Vaya por delante que estoy totalmente a favor de la prisión permanente revisable y que creo que los padres de Diana, Antonio del Castillo, la madre de las niñas asesinadas por David Oubel, la de los niños asesinados por Bretón y el padre de Mari Luz tienen razón al exigir que no sea derogada. Será una solución de futuro, pero poco puede resolver a corto y medio plazo. Sin embargo, adelanto que la supresión de las dilaciones injustificadas, la elevación de las investigaciones y la exigencia de prevención harían mucho más por la seguridad que este castigo al que se atribuyen propiedades que no tiene.

De hecho, en el tiempo que lleva en vigor, la pena de prisión permanente se ha aplicado una sola vez, y todavía no hemos podido ver sus efectos. Sin embargo, no admite controversia que si se cumple escrupulosamente la ley, los delincuentes no podrán campar a sus anchas. Entonces, ¿por qué no se hace?

El sistema no funciona. Los trámites son desesperantes. Los penados se benefician de los fallos. Y siendo así, no es una de las preocupaciones prioritarias de la política. Los violadores salen a la calle y vuelven a violar. No cualquier delincuente, sino aquellos que se sabe a priori que lo volverán a hacer. Incluso vaticinado de largo por quienes los han estudiado o sufrido. En algunos casos se les vuelve a detener, como al depredador del Ensanche, al que de mentirijillas se le ha vuelto a condenar a 66 años de cárcel, que no cumplirá ni de coña; esta vez, confiando en que la biología haga su trabajo y lo desfogue antes de salir.

Los homicidas también vuelven a matar, o, si lo prefieren, los criminales de amplio espectro se deciden a tocar todos los palillos. Un tipo como el Chicle, presunto agresor sexual, presunto traficante de cocaína, presunto homicida, va sintiéndose cada vez más impune. Se relaciona con la Policía como si fuera una pieza del engranaje y se insolenta atreviéndose a interpelar a los guardias porque se cree a la misma altura que ellos y no entiende por qué le siguen. Y sin embargo guarda un gran secreto bajo la almohada, a cien metros de la casa de sus padres, bajo la coartada de su esposa, antes se decía que burlada, pero ahora no se sabe, que no ha perdido el tiempo en llevarle a la hija de 14 años a la prisión, donde está encarcelado por el presunto homicidio brutal de una joven como ella. Y dicen que aquí se protege a los menores. La hija del Chicle ha sido utilizada por el padre para meter miedo en las redes sociales: "Cualquiera que la toque se las verá conmigo", dice su camiseta. Mientras, él acosa a las hijas de los demás y las trata de meter en el maletero del coche quitándoles el teléfono móvil, o les hace hueco en el pozo sin fondo de la antigua fábrica de gaseosas. La mujer comprende los excesos del marido, cuando hasta su propia madre le ha llamado monstruo. La hermana del Chicle va más allá y piensa que en el pozo debería haber estado él y no Diana. Pero no parece que a nadie le parezca mal que la esposa, inexplicablemente puesta a salvo del procedimiento del que tanto sabe, lleve a la tierna adolescente a ver al monstruo.

Prisión permanente, pues claro.

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