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Reflexiones sobre el 11-M y sus derivadas

El disenso en casi todo lo que afecta a la vida social y política es lo habitual. Respecto a los atentados de los trenes de Cercanías, el consenso es total.

Gabriel Moris
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El pasado 30 de mayo, día del Rey Santo, me vinieron a la memoria recuerdos de algunos amigos y de hechos históricos que, sin estar recogidos en la Ley de Memoria Histórica, tuvieron su influencia en mi vida y en la vida colectiva.

El primer punto me ha impulsado a escribir algo sobre el devenir de nuestra vida actual.

La vida de San Fernando me ha llevado a rememorar hechos históricos cruciales para explicarnos la España de hoy. Globalmente, creo que el reinado de Fernando III podemos calificarlo como muy positivo en aquella etapa de nuestra historia. No podemos afirmar nada similar si analizamos los diecisiete años que van de este siglo. Si exceptuamos los tres primeros años, el resto parece como si el maleficio se hubiera hecho dueño y señor de nuestra España. Admito que mi apreciación puede no ser compartida, pero creo que, como víctima del 11-M, puedo expresar mi visión de lo que –como pueblo– nos está sucediendo, habida cuenta de que somos el tercer o cuarto país de la Europa de los Veintisiete.

"España va bien" y "España es un gran país", eran frases de Aznar, y no recuerdo a nadie que las discutiera. Evidentemente, estaban sustentadas por una buena coyuntura económica y una firme vocación europeísta y occidentalista. Pienso que el consenso no existía en el conjunto de la vida política y social de aquellos días. El Prestige, la guerra de Irak –en la que no intervinimos–, la Foto de las Azores, etc., fueron los pretextos utilizados para crear un ambiente hostil hacia una situación favorable para el conjunto del pueblo español. El Pacto por las Libertades y contra el Terrorismo, así como la eficaz actuación policial, ponían contra las cuerdas al terrorismo etarra.

En este contexto se produjo el mayor atentado terrorista de Europa. Nadie sospechaba, ni previno ni evitó aquella hecatombe. Todos intentaron, de una u otra forma, aprovecharse de la masacre. Hoy día podemos constatar que, en mayor o menor medida, todos lo han conseguido; salvo el pueblo y las víctimas.

Excepto el día once, fecha elegida, no había ninguna similitud con los atentados de las Torres Gemelas. Tampoco hay nada en común con los recientes y variados atentados islamistas perpetrados en varios países europeos. Un documental, elaborado por el cineasta francés Cyrille Martin, utilizando material publicado en España, incluido el juicio de la Casa de Campo, deja en entredicho la versión oficial y la sentencia .

Ante esta situación, creo que las víctimas, el pueblo, el Poder Judicial, el Legislativo y el Ejecutivo, tienen el derecho, el deber y la obligación de revisar totalmente un caso que, por su gravedad y por su repercusión en la vida de España, no puede dejarse en el estado actual. Los órganos de justicia internacionales, hasta hoy, o no han intervenido o no se han pronunciado sobre el conjunto de los hechos y la sentencia.

En lo que respecta a la vida política y social de España, podemos hacer algunas observaciones que, en mi opinión, guardan relación con los atentados de los trenes de Cercanías. La fecha del 27 de junio es una buena ocasión para ello, al margen de los actos protocolarios que tengan lugar en el Parlamento.

El documental ya citado podría ser el punto de partida para reabrir el caso. Ya tenemos antecedentes de casos reabiertos, como el del metro de Valencia y el del tren de Santiago. Claro que estos dos casos no son crímenes planificados para conseguir un fin.

El primer aspecto negativo fue la pérdida humana de doscientas personas inocentes y casi dos mil con daños incurables. Parece un precio muy elevado para conseguir la España que tenemos.

Las víctimas y sus organizaciones se dividieron desde su nacimiento. ¿Para qué?

Respecto al terrorismo, se siguieron cometiendo atentados a la vez que se excarcelaban terroristas. El Congreso de los Diputados autorizó al Gobierno a negociar con los terroristas, incluso se dio el caso Faisán, triste ejemplo de delincuencia policial, como mínimo. El mismo Congreso que ocultó a los autores.

Hoy, los terroristas o sus allegados ocupan legalmente puestos en las instituciones.

Los separatismos históricos, pese a una Constitución que teóricamente blinda la unidad nacional, nos conducen a situaciones vividas en los años treinta del siglo pasado. "El pueblo que olvida su historia...".

El paro, los problemas económicos y la corrupción completan a grandes rasgos el aludido maleficio que derivó del 11-M.

El disenso y el desacuerdo en casi todo lo que afecta a la vida social y política es lo habitual. Respecto a los atentados de los trenes de Cercanías, el consenso es total. Da igual el partido político o los grupos de comunicación, en estos alguna excepción confirma la regla.

Hoy he leído en Mt-10:

No tengáis miedo a los hombres, porque nada hay cubierto que no llegue a descubrirse, nada hay escondido que no llegue a saberse.

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