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Adiós Ataturk

Se pone fin a los restos del secularismo de Ataturk y se deja el campo libre a un Gobierno que apuesta abiertamente, y cada vez más, por la islamización.

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De Turquía solía decirse que era una nación con dos almas, la secularista y modernizadora y la islamista y orientalista. Una que miraba a Europa y otra que mira a La Meca. La primera sería la Turquía de Ataturk, la segunda va a ser la Turquía de Erdogan.

Cuando un partido llega al Gobierno es lógico esperar que ponga en marcha políticas coherentes con sus valores y opciones ideológicas: políticas de izquierdas para los partidos socialistas, políticas conservadoras para los partidos del centro derecha. En términos religiosos, tampoco deben ser distintos: opciones secularistas para los partidos seculares, políticas islamistas para los partidos islamistas. Ese es el caso de la Turquía gobernada por el partido de Erdogan, el Partido Justicia y Desarrollo.

El más reciente capítulo de esta batalla por la islamización de Turquía ha tenido lugar estos días: la cúpula militar turca dimitía en bloque para protestar por las continuas injerencias de los islamistas en sus filas. No podemos olvidar que el ejército ha sido considerado la columna vertebral de la Turquía secular y el freno tradicional a la islamización. Pues bien, esos tiempos parecen haberse acabado. A la dimisión no le ha sucedido una crisis política, como los altos mandos esperaban, sino que la vida política gubernamental ha seguido como si nada. De hecho, hoy se reunía con total normalidad, al menos aparentemente, el Consejo Militar superior.

Si lo que los militares pretendían era volver a colocarse en una posición desde la que dictar sus términos a Erdogan, han calculado fatal sus cartas. Hoy, tres días después de su dimisión, es Erdogan quien les controla a ellos aún más que antes. A su habilidad para haber introducido mecanismos de control de los ascensos, politizándolos a su gusto (algo así como aquí hicieran los socialistas), su firmeza para arrestar y juzgar a los mandos que consideró como golpistas y la ausencia de manifestaciones de protestas por parte de los militares ante la baja de sus mandos sólo pone de relieve la división y la creciente debilidad de las fuerzas armadas como instrumento político.

Lo que sería bueno y normalizador para un país camino de la democracia, como fue también el caso español, en Turquía no deja de representar un gravísimo problema: se pone fin a los restos del secularismo de Ataturk y se deja el campo libre a un Gobierno que apuesta abiertamente, y cada vez más, por la islamización.

© GEES, Grupo de Estudios Estratégicos.

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