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El arsenal del Papa

El retorcimiento y la ignorancia, suplida esta con ficción novelesca, con que los espíritus del Mal han reaccionado demuestran que la Iglesia acierta.

GEES
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Quien ignore los efectos de la Iglesia sobre la historia lo hace a su riesgo y ventura. Stalin ironizaba con las divisiones del Papa porque se perdió el último episodio de su régimen, liquidado el día de Navidad de 1991. Reagan culminó la Guerra Fría diciendo que el mayor arsenal que poseían los Estados Unidos era la libertad. El de Benedicto XVI es el amor.

Su renuncia ilustra, paradójicamente, la resistencia a sacudirse el polvo de las sandalias ante la indiferencia del mundo y la hostilidad de los espíritus del Mal. Quiere realmente ganar este combate contra los principados y potencias del presente. Con el amor.

Desde el Concilio Vaticano II la Iglesia busca una nueva relación con el mundo. Pablo VI la explicaba con la parábola del buen samaritano. Venda las heridas del viajero asaltado, lo encomienda al posadero y paga sus gastos. En sintonía, el reciente sínodo de los obispos dedicado a la Nueva Evangelización puso el foco en la samaritana del pozo, a quien Jesús ofrece agua viva. En el primer caso el peregrino es el mundo y el samaritano, la Iglesia que lo cuida. En el segundo, la samaritana representa el mundo y Jesús, la Iglesia que ofrece el agua que realmente sacia.

Viven en el mundo más católicos que nunca, pero el Papa, consciente del momento, constata su rechazo a ser acogido. Ante lo que considera su imposibilidad física para anunciar el Evangelio, exclama con San Pablo: ay de mí. Pero no se resigna y, con un amor que acaso el mundo no merezca, ejerce de siervo de los siervos de Dios y da el relevo a un sucesor más vigoroso.

¿Para qué? Para ofrecer lo que Juan Pablo II llamó la Nueva Evangelización en el umbral del tercer milenio. A lo largo y ancho del planeta, el ambiente no transmite la fe, porque la cultura dominante es crecientemente hostil a esta, según el biógrafo papal George Weigel. Debe volver a proponerse. En otras palabras, hay que dar la batalla ideológica.

El retorcimiento y la ignorancia, suplida esta con ficción novelesca, con que los espíritus del Mal han reaccionado demuestran que la Iglesia acierta. Su último gran enemigo, el marxismo, predecesor de la dictadura del relativismo, la secularización y la hegemonía de la política y el Estado intolerante, yace en el cementerio de las ideas desechadas. La tarea de hacer atractivo el mensaje de Cristo es, más que inmensa, sobrenatural. Pero acaso la Iglesia ya venía cierto tiempo sospechándolo.

El obispo de Roma ha hecho suya, humildemente, una frase del último sínodo: "Es nuestro deber vencer al miedo con la fe, al desánimo con la esperanza y a la indiferencia con amor". Repárese: no combatir; vencer.

Cuando se multiplican las amenazas por retraimiento de Occidente, esta Nueva Evangelización apoyada en la fragilidad de un anciano acaso resulte tan decisiva como aquella otra debilidad –la falta de divisiones del Papa– que ayudó a derrotar al comunismo. 

© GEES, Grupo de Estudios Estratégicos.

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