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El desastre egipcio

No saldremos inmunes del desplome de Egipto.

GEES
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Que, en un mundo árabe sumamente problemático, un país que es políticamente clave y no tenga para dar de comer a sus casi 90 millones de habitantes, no sea capaz de mantener el orden público y no parezca que pueda superar sus enconadas divisiones internas y dotarse de un Gobierno mínimamente efectivo, sino que amenace con caer en la violencia, es un desastre sin paliativos ante el que no podemos quedarnos de brazos cruzados, aunque lo contemplemos perplejos, sin saber muy bien qué hacer, pero con la certeza de que no permaneceremos inmunes a las consecuencias de su desplome.

Decir que la democracia es la solución es casi como repetir el mantra de los fanáticos locales: "El islam es la solución". Lo suyo no son las minucias de la comida, el empleo y las divisas. Nos dice Tony Blair que son millones los árabes que desean una cierta independencia de los asuntos de tejas abajo respecto a los de tejas arriba, porque, como dice El Baradei, la sharia no se come. Es un progreso del pragmatismo, porque el islam no distingue entre lo que es de Dios y lo que es del César. El Gobierno del pueblo por el pueblo es una blasfema usurpación de Su soberanía. Pero también Blair nos cuenta que ha preguntado a demócratas egipcios cuál es su programa económico y le han respondido que con democracia basta.

El Ejército egipcio y todo el aparato del régimen, simbolizado por Mubarak y sus nada escasos partidarios, no son demócratas. Los islamistas proclaman no serlo y se duelen hasta el tormento de que, después de haber llegado al poder siguiendo una de las reglas fundamentales del sistema que no es el suyo, los que dicen creer en él violen uno de sus principios para impedirles que destruyan todos los demás. Los votos de esos jaleadores del reciente golpe, aunque no muy numerosos, fueron decisivos para elegir según las reglas al jefe de los antidemócratas islámicos, porque odiaban más intensamente el antidemocratismo y la represión de los militares, en general respetados por la mayoría del pueblo, que no se casa indisolublemente con ninguno de los tres en liza y que piensa en comida, empleo y seguridad. Por ese odio y porque los Hermanos Musulmanes les hicieron ciertas promesas electorales que ingenuamente creyeron pero luego no las vieron por ninguna parte, ahora vuelven a enamorarse de los militares, en consonancia, otra vez, con lo que debe suponerse que es la mayoría.

Ahora todas las prédicas nos dicen que el único remedio a los males egipcios es la reconciliación nacional, un Gobierno que incluya a todos, reformas económicas, por supuesto liberalizadoras. La verdadera democracia, en suma. Pero los secularistas no quieren a los islamistas ni en pintura. Los militares no han dicho ni mu de inclusión y parece que actúan en sentido opuesto. La Hermandad no acepta más que su reposición en el poder. El pueblo no quiere saber nada de eliminación del sistema de subvenciones a productos básicos que hace inviable la economía egipcia. ¿Dónde están las bases para la democracia?

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