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Los sindicatos y la crisis

Mal que les pese a los sindicatos, sólo las empresas, en sus múltiples variedades, crean empleo productivo y sólo mediante su competitividad se podrá revertir la actual crisis económica para poder aspirar a crear empleo.

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Las crisis económicas tienen una importante consecuencia y es que las estructuras socioeconómicas se ven obligadas a evolucionar orientándose hacía una mayor productividad y eficiencia que es, al final, lo que hace que se superen las dificultades y se pase a un nuevo ciclo económico.

Es muy útil analizar cuál ha sido el papel de los sindicatos en la gestación de la actual crisis y, especialmente, su comportamiento y su actitud en los últimos meses. Con una economía en plena recesión y camino de los cuatro millones de parados, los sindicatos españoles siguen empeñados y enrocados en unas posiciones tan politizadas como absurdas e inútiles para los trabajadores en la que sus exigencias han dado al traste con la viabilidad de numerosas empresas.

Hay pocas certezas en una situación cómo la actual, pero una de ellas es que España no podrá recurrir a una devaluación como se ha hecho en ocasiones anteriores para recuperar competitividad. Ahora no puede ser así al estar encorsetados en el euro y, con una economía plagada de rigideces, el único ajuste que se puede producir es mediante una bajada drástica del consumo y el consiguiente desempleo. Y si no, observemos el dato: el mes de enero se cierra con una cifra espectacular de desempleo que con toda probabilidad rozará los 250.000 desempleados nuevos.

Si mala es la política del Gobierno, la alternativa de los sindicatos es simplemente inexistente e irreal. Obsesionados por mantener el espejismo de una representatividad social y una autoridad concedida por su presencia "en la calle", los sindicatos mantienen una doble vida al estilo Dr. Jekyll y Mr. Hyde. En foros pequeños reconocen pomposamente que hay que aumentar la competitividad para crear empleo mientras que, en la calle y hacia sus cada vez menos afiliados, siguen sin renunciar a medidas como vincular la remuneración a la inflación. Y qué decir de las protestas por el aumento del desempleo cuando han sido ellos los principales responsables de la actual parálisis del mercado laboral y del aumento de sus restricciones mediante el incremento de las prestaciones o del salario mínimo.

La clase media y los trabajadores españoles debemos romper con este espejismo y despertar a la dura realidad. Los sindicatos no protegen al trabajador sino su propio status de poder y, cuando eufemísticamente se les denomina "interlocutores sociales", se hace alusión no a una capacidad, sino a un poder para la coacción y el chantaje ante la Administración, ya sea mediante huelgas o mediante manifestaciones.

Son los sindicatos los principales responsables de que en España se haya abandonado una cultura de competitividad desde el primer al último empleado, de que se hayan cercenado cualquier tipo de iniciativas que busquen el incentivo individual y de que, al contrario, se hayan promovido unos esquemas de trabajo ineficientes y rígidos en donde el empleado debe pertenecer a una clase y aquel que destaca es visto como egoísta, insolidario y mal compañero.

Mal que les pese a ellos, sólo las empresas, en sus múltiples variedades, crean empleo productivo y sólo mediante su competitividad se podrá revertir la actual crisis económica para poder aspirar a crear empleo.

Hoy, más que nunca, es necesaria una reforma laboral de amplio calado en la que se apueste por la desregulación y por una recuperación de la competitividad que es, al final, lo único que podrá crear empleo. Cualquier alternativa que vaya en otra dirección sólo servirá para diferir la recuperación y para hacerla más difícil. Los casi 8.000 españoles que se suman cada día a la cola del paro son la prueba de que el sistema y los sindicatos no han funcionado.

© GEES, Grupo de Estudios Estratégicos.

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