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Ibarretxe y el sabotaje editorial a una Cumbre

Todos los diarios dedican, ya sea por primera vez o por segundo día consecutivo, un editorial a la Cumbre de Donantes para Irak que se celebra en Madrid. También haremos referencia al editorial que El Mundo dedica a la propuesta de endurecimiento de las penas que castigan las penas por rebeldía, desobediencia y sedición, y al editorial en el que El País comenta el abucheo que padeció Ibarretxe en la Universidad de Granada.
 
El mejor editorial respecto a la Cumbre de Donantes es el de ABC, acertadamente titulado “Recaudar para la Libertad en Irak”. La Razón se tiene que tragar su visceral aversión a los Estados Unidos, visto el interés que Aznar comparte con Bush en que esta cumbre resulte un éxito. Su aséptico editorial no limpia, sin embargo, el erupto antiamericano que se le escapa a Ansón, quien considera que “la igualdad de sexos no llegará a EE UU el día en que sea presidenta una mujer, sino una mujer medio tonta como George Bush II”. Hay que ver qué perspicacia y penetración en el análisis, qué loable clarividencia; ciertamente, pocas canelas tan “finas” como esta de don José María...
 
El Mundo, por su parte, arremete por segundo día consecutivo contra la Cumbre de Donantes. Si ayer denigraba las donaciones, hoy trata de disuadir las inversiones. Su editorial, “Los importantes riesgos de invertir en Irak”, vuelve a criticar al gobierno estadounidense por favorecer a las empresas de su país en las tareas de reconstrucción. Tras denunciar también “la ausencia de transparencia de la que adolece el sistema instaurado por EE UU en Irak”, el diario que de forma más sistemática se ha negado al envío de tropas para pacificar ese país, subraya “el clima de inseguridad y violencia” que todavía padece Irak...
 
No nos resistimos, por otra parte, a destacar el lúgubre giro conservador en materia de moda que percibimos en El Mundo. Este diario denuncia —nada menos que a cuatro columnas y abriendo portada— los “atrevidos zapatos” que calzaba nuestra ministra de Exteriores en la Cumbre, que “contrastaban con el estricto protocolo diplomático, con su sobrio traje negro y con los zapatos de las azafatas del Palacio Municipal de Congresos de Madrid”.
 
Finalmente, El País, aunque menos destructivo, también vierte todo su pesimismo sobre esta Cumbre: “Es obligada la generosidad con Irak, pues su futuro es ya asunto de todos, pero no hay muchas razones para el optimismo”. El País destaca —sin hacer critica alguna a estos países— que “Francia, Alemania y Rusia no han enviado ministros a la reunión política”.
 
No sólo eso. Esos países, además, se han negado por ahora a aportar un solo céntimo para las tareas de pacificación y reconstrucción. Esa ausencia de crítica al eje francoalemán en el editorial de El País es más reprobable en cuanto que este diario parece ahora haber caído del guindo —tal y como le ha pasado a Kofi Annan— al constatar la “prioridad que es recuperar la seguridad”. Si tan prioritaria es ahora esta tarea para El País, ¿por qué no se critica al PSOE, que ha exigido que las donaciones españoles vayan íntegramente a “tareas humanitarias”, excluyendo de estas a las labores de pacificación y seguridad?
 
El País también reproduce mezquinos reproches contra las donaciones de EE UU que, para este diario, “son, de hecho, una subvención a sus empresas”. Finalmente, el editorialista trata de denigrar estos planes de reconstrucción señalando el agravio comparativo que pueden suponer para “el África más paupérrima, donde muchos países, siempre olvidados,mirarán con envidia hacia Madrid”.
 
El País, en defensa de Ibarretxe
 
El País es el único diario que aborda la bronca que le armaron a Ibarretxe una multitud de estudiantes en su reciente visita a la Universidad de Granada. Evidentemente siempre es censurable un “intento de agresión” y, por supuesto, el lehendakari tiene derecho a expresarse. Lo que no tiene derecho Ibarretxe es a tratar de violar la ley, y eso, y no otra cosa, es lo que se propone con su “propuesta soberanista”.
 
Lo que no hay derecho es que El País insulte a los que de forma pacífica manifestaron su malestar por la presencia de ese sujeto —ciertamente indeseable para la inmensa mayoría de las víctimas del terrorismo— equiparándolos con los pocos que de forma censurable y violenta lo intentaron agredir. El País mete a todos los estudiantes en el mismo saco y los denigra tildándolos de “ultras” y de “extrema derecha”.
 
En la Universidad de Granada el único que podría acreditarse como de “extrema derecha” es el señor Ibarretxe. Su partido es tan excluyente o xenófobo —o más— que cualquier partido de extrema derecha europeo, es tan o más liberticida que ellos, es tan o más nacionalista; ninguno de ellos tiene un fundador más racista que el que tiene el PNV en la figura de don Sabino Arana, ninguno ha firmado alianzas con organizaciones terroristas en activo como las que ha establecido el PNV con ETA. Ibarretxe sigue dando voz, voto y financiación a un grupo de asesinos. Y encima, va El País y dice, que es “la ultraderecha —por supuesto la española— la que está envalentonada”...
 
Jamás El País ha reconocido el derecho de Le Pen a expresarse libremente, sino que ha aplaudido a todos aquellos que le han increpado, insultado e incluso agredido. En un ejemplo más cercano, El País jamás ha censurado los insultos y los intentos de agresión que ha sido víctima Aznar en sus conferencias en Universidades catalanas.
 
El País, por el contrario, aun tiene la desfachatez de equiparar “la responsabilidad de la política del Gobierno de Aznar" con la que tiene "el ambiente que se vive en el País vasco de exaltación nacionalista y de amenazas, agresiones y asesinatos de quien no las comparten”.
 
¿Endurecer unos castigos que no nos atrevemos a aplicar?
 
El Mundo aborda hoy “las posibilidades legales para hacer frente a los planes secesionistas de Ibarretxe” en un editorial que titula “La respuesta a Ibarretxe debe ser serena y consensuada”. Este diario informa de que “el líder del PP vasco , Jaime Mayor Oreja, ha dado un paso al frente proponiendo una reforma del Código Penal para endurecer las penas por rebeldía, desobediencia y sedición, conductas en las que podrían incurrir los responsables de las instituciones vascas. Hasta ahora —señala El Mundo— desobediencias como la de Atutxa a las sentencias del Supremo están castigadas con penas de multa e inhabilitación. Y es cierto —señala por fin este diario— que la opinión pública asiste atónita al espectáculo de que el presidente de un parlamento autonómico se niegue a cumplir las resoluciones del Alto Tribunal sin que hasta el momento le haya sucedido nada”.
 
Frente a lo propuesto por Mayor Oreja, El Mundo considera, sin embargo, que “el Gobierno ha optado por la prudencia, con buen criterio, puesto que la trascendencia del asunto obliga a abordar la respuesta jurídica mediante un debate sereno y en profundidad. Lo menos adecuado —sentencia El Mundo— sería cambiar leyes a golpe de acontecimiento”.
 
El Mundo, como la totalidad de la clase política y de los medios de comunicación, desenfoca el asunto. Aquí, ciertamente, la cuestión no es “cambiar leyes a golpe de delito” sino de castigar los que ya se han producido. Aquí la opinión pública no está “atónita” por la falta de dureza con la que se ha castigado la desobediencia de Atutxa, sino por el hecho de que no se ejecuta el castigo, tal y como como viene a reconocer El Mundo.
 
Es simplemente surrealista ver cómo el Gobierno se plantea ahora endurecer unos castigos que todavía no se ha atrevido a aplicar a los nacionalistas que ya han incurrido en esos delitos de rebeldía. ¿Por qué antes de cambiarla no se aplica las penas de “multa e inhabilitación” que ya contempla la Ley actual?
 
Nos parece evidente que Mayor Oreja —conocedor de los complejos que atenazan a su partido— lo que pretende no es castigar ya, sino disuadir a los nacionalistas para que no continúen incurriendo en ese delito. Nosotros dudamos de que al Gobierno le salga bien ese farol que le llevaría a ganar la partida sin tener que enseñar las cartas. De lo que no nos cabe duda, sin embargo, es que El Mundo se opone —al menos por ahora— tanto a que el Gobierno enseñe las cartas como a que eleve la apuesta. Y así, nos tememos que la opinión pública continuará, por mucho tiempo, “asistiendo atónita al espectáculo de que el presidente de un parlamento se niegue a cumplir las resoluciones del Alto Tribunal sin que hasta el momento le haya sucedido nada”.
 
Así, hasta que le suceda algo.

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