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NO OLVIDAR NO INOLVIDABLE

Carta a Stalin

Dirijo al gobierno de la URSS la siguiente carta: Desde el momento en que se prohibieron todos mis trabajos literarios, comenzaron a alzarse voces, entre muchas de las personas que me conocen por mi oficio de escritor, para darme un solo consejo: escribir "una obra comunista" (pongo la cita entre comillas).

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Además, debía dirigir al Gobierno de la URSS una carta de arrepentimiento por la que renunciara a mis anteriores ideas, expuestas en mis trabajos literarios; y en la que asegurara que en el futuro trabajaría como un leal compañero de viaje por la idea del comunismo; el objetivo de esa actuación sería escapar a las persecuciones, a la miseria y a un desenlace final inevitable.

No he seguido ese consejo. Es poco probable que consiguiera aparecer ante el gobierno de la URSS bajo un aspecto favorable escribiendo una carta carente de sinceridad, que se presentaría como una sucia e indecorosa extravagancia política, por lo demás ingenua. En cuanto a escribir una obra comunista, ni siquiera lo intento; ya que sé a ciencia cierta que no seré capaz de componer un escrito semejante.

Madurado en mí el deseo de poner fin a mis tribulaciones literarias, me siento obligado a dirigir al Gobierno de la URSS una carta veraz.

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Repasando mis álbumes de recortes de periódicos, he contabilizado trescientas una reseñas aparecidas sobre mí en la prensa de la URSS durante mis diez años dedicados a la literatura. De ellas, tres eran laudatorias, doscientas noventa y ocho hostiles e injuriosas.

Esas últimas doscientas noventa y ocho muestran, como el reflejo de un espejo, mi vida de escritor.

A Aleksei Turbín, el héroe de mi obra de teatro, Los días de los Turbín, se le llamó HIJO DE PUTA en unos versos publicados en la prensa; y al autor de la obra se le calificaba como "afligido por una CHOCHEZ DE PERRO VIEJO": se me ha descrito como un BARRENDERO de la literatura, ocupado en recoger las sobras de una mesa después de HABER VOMITADO en ella una docena de invitados.

También han escrito lo siguiente: "El MISHKA ese, Bulgákov, TAMBIÉN ES, PERDÓN POR LA EXPRESIÓN, UN ESCRITOR que rebusca en la NAUSEABUNDA BASURA... Me pregunto cómo tienes tanto MORRO... Soy una persona delicada, pero si le agarro le ARRANCO EL PESCUEZO... Para las personas como nosotros, los Turbín son tan necesarios como UNOS SOSTENES A UN PERRO. Topamos con UN HIJO DE PUTA, TOPAMOS CON TURBÍN, AL CUAL NO LE DESEO NI INGRESOS DE TAQUILLA NI ÉXITO ALGUNO..." (La Vida del Arte, nº 44, año 1927).

También se ha dicho que Bulgákov estaba condenado a ser lo que siempre había sido, UN DESCENDIENTE NEOBURGUÉS, que lanza escupitajos emponzoñados pero impotentes sobre la clase trabajadora y sus ideales comunistas (Komsomolskaia Pravda, 14 del X, año 1926).

También señalaban que me gustaba "la atmósfera perruna que emanaba de cierta pelirroja, esposa de un amigo" (A. Lunacharski, Izvestia, 8 del X de 1926). Y que mi obra Los días de los Turbín hedía (estenograma de una reunión de la Agit-prop en mayo de 1927), y etc., etc.

Me apresuro a aclarar que de ningún modo he citado esos ejemplos para quejarme de la crítica o entrar en cualquier tipo de polémica. Mi objetivo es mucho más serio.

Puedo probar con documentos en la mano que, en el curso de todos esos años de trabajo literario, la prensa soviética, y junto con ella todas las instituciones que están encargadas del control del repertorio, se han dedicado, unánimemente y CON EXTRAORDINARIA CÓLERA, a demostrar que las obras de Mijail Bulgákov no pueden existir en la Unión Soviética.

Y tengo que declarar que la prensa soviética tiene absolutamente toda la razón.

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El punto de partida de esta carta lo constituye mi panfleto La isla púrpura.

Toda la crítica soviética, sin excepción, consideró esa obra "mediocre, mezquina, sin gancho", y declaró que constituía "un libelo contra la revolución".

La unanimidad fue total, pero se vio súbitamente rota de forma asombrosa, inmediata e inesperada.

En el número 12 del Boletín del Repertorio (año 1928) apareció una reseña de P. Novitski, donde se decía que La isla púrpura era "una parodia interesante e ingeniosa", en la que "se alza la sombra siniestra de un Gran Inquisidor, que destruye la creación artística, cultiva TÓPICOS DRAMÁTICOS, SERVILES, ABSURDOS y aniquila la personalidad del actor y del escritor"; que "el tema de La isla púrpura es la fuerza siniestra, sombría que hace nacer ILOTAS, ADULADORES Y PANEGIRISTAS...".

Se decía que "si existía semejante fuerza siniestra, LA INDIGNACIÓN Y EL CORROSIVO INGENIO DE ESTE DRAMATURGO, ENCUMBRADO POR LA BURGUESÍA, ESTABAN PLENAMENTE JUSTIFICADOS".

Cabe preguntarse: ¿dónde está la verdad? ¿Qué es finalmente La isla púrpura? ¿"Una obra mezquina, mediocre" o "un panfleto ingenioso"?

La verdad se halla en la reseña de Novitski. No me propongo juzgar hasta qué punto mi obra es ingeniosa, pero reconozco que en ella se alza realmente una sombra siniestra y esa sombra es el Comité Central del Repertorio. Es el que hace surgir ilotas, panegiristas y personas atemorizadas y serviles. Es el que asesina el espíritu creativo. Es el que se empeña en destruir la dramaturgia soviética; y la destruirá.

No manifesté tales pensamientos cuchicheando en una esquina. Los plasmé en mi panfleto dramático y puse en escena ese panfleto. La prensa soviética, interviniendo a favor del Comité Central del Repertorio, escribió que La isla púrpura era un libelo contra la revolución. No hay libelos contra la revolución en la obra por muchos motivos, de los cuales por falta de espacio tan sólo expondré uno: escribir un libelo contra la revolución es IMPOSIBLE debido a su extraordinaria grandeza. El panfleto no es un libelo y el Comité Central del Repertorio no es la revolución.

Pero cuando la prensa germana escribió que La isla púrpura es "la primera llamada a la libertad de expresión que tiene lugar en la Unión Soviética (Molodaia Gvardia, nº 1, año 1929), decía la verdad. Lo reconozco. La lucha contra la censura, cualquiera que sea, y cualquiera que sea el poder que la detente, representa mi deber de escritor, así como la exigencia de una prensa libre. Soy un ferviente admirador de esa libertad y creo que si algún escritor intentara demostrar que la libertad no es necesaria se asemejaría a un pez que asegurara públicamente que el agua no le es imprescindible.

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Ese es uno de los rasgos esenciales de mi obra, lo suficientemente importante como para que mis libros no sobrevivan en la URSS. Con ese primer rasgo están relacionados todos los demás que aparecen en mis obras satíricas: los negros y místicos tintes (SOY UN ESCRITOR MÍSTICO) con los que suelo destacar las innumerables monstruosidades de nuestra vida cotidiana, el veneno que impregna mi lengua, mi profundo excepticismo [sic] respecto del proceso revolucionario que tiene lugar en mi atrasado país y al que opongo mi preferencia por el concepto de Gran Evolución; y lo más importante: la representación de los terribles rasgos de mi pueblo (...).

No hay ni que decir que la prensa soviética no pensó seriamente en resaltar todo eso, sino que se ocupó en demostrar de forma poco convincente que la sátira de M. Bulgákov era "UNA DIFAMACIÓN".

Sólo una vez, cuando mi nombre empezaba a ser conocido, mi producción literaria fue descrita con un matiz como de altivo asombro: "M. Bulgákov quiere llegar a convertirse en el autor satírico de nuestra época" (Kingonosha, nº 6, año 1925).

El verbo "querer" es utilizado erróneamente en presente. Habría que trasladar el tiempo al pasado: M. Bulgákov se HA CONVERTIDO EN UN AUTOR SATÍRICO, y precisamente en un momento en que cualquier sátira auténtica (me refiero a aquella que penetra en zonas prohibidas) resultaba absolutamente inconcebible en la URSS.

No tuve el honor de expresar en la prensa esa idea criminal. Idea que se expuso con absoluta claridad en un artículo de B. Blium, cuyo significado se pone de manifiesto de forma brillante y precisa en la siguiente fórmula: EN LA URSS, TODO AUTOR SATÍRICO ATENTA CONTRA EL RÉGIMEN SOVIÉTICO.

¿Es posible imaginar en la URSS a una persona como yo?

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Y, finalmente, los últimos rasgos aparecen en mis obras destruidas, Los días de los Turbín, La huida, y en mi novela La guardia blanca: se trata de mi obstinación en representar a la intelligentsia rusa como el mejor estamento del país. Y en particular, la representación según la tradición de Guerra y paz de una familia noble de la intelligentsia, que por voluntad de un destino histórico irrevocable es arrojada al campamento de la guardia blanca durante los años de la guerra civil. Esa representación es algo completamente natural para un escritor profundamente comprometido con la intelligentsia.

Pero representaciones de ese tipo conducen a que su autor reciba en la URSS (a pesar de sus grandes esfuerzos PARA SITUARSE INDIFERENTE POR ENCIMA DE LOS ROJOS Y DE LOS BLANCOS), al mismo tiempo que sus héroes el calificativo de guardia blanco, y, en consecuencia, pudiéndose considerar una persona acabada en la URSS, como cualquiera comprenderá fácilmente.

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Mi retrato literario está terminado; también es un retrato político. No puedo valorar el grado de criminalidad que subyace tras él, pero sólo pido una cosa: no buscar nada fuera de sus límites. Ha sido hecho con absoluta buena fe.

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En este momento estoy aniquilado.

Ese aniquilamiento ha sido recibido por la opinión pública soviética con absoluta felicidad y ha sido considerado como un "LOGRO".

R. Pikel, para definir mi aniquilamiento, ha enunciado un pensamiento liberal (Izvestia, 15 del IX del año 1929): "No queremos decir con esto que el nombre de Bulgákov haya sido borrado de la lista de los dramaturgos soviéticos".

Y daba esperanzas al escritor acabado asegurándole: "Que el comentario se refiere a sus obras dramáticas antiguas".

Stalin.Sin embargo, la vida, personificada en el Repertkom Central, ha demostrado que el liberalismo de P. Pikel carece de todo fundamento.

El 18 de marzo de 1930 recibí un oficio del Comité Central del Repertorio, en el que se comunicaba lacónicamente que, no una de mis obras antiguas, sino mi nueva obra, La cábala de los devotos (Molière), NO HABÍA OBTENIDO EL PERMISO DE PUBLICACIÓN.

Seré breve: en un par de renglones escritos en papel oficial quedaban sepultados mi trabajo de biblioteca, mi fantasía y mi obra; que había sido calificada de brillante en innumerables opiniones expresadas por especialistas teatrales cualificados.

R. Pinkel estaba equivocado. No sólo están condenadas mis obras anteriores sino también las actuales, al igual que todas las que escriba en el futuro. Y yo personalmente, con mis propias manos, he arrojado al fuego el borrador de una novela sobre el diablo, el borrador de una comedia y el comienzo de una segunda novela: Teatro.

Todas las cosas que he escrito se encuentran en una situación desesperada.

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Le pido al gobierno soviético que preste atención al hecho de que yo no soy un hombre político sino un literato y que he entregado toda mi producción teatral a la escena soviética.

(...)

Le pido que considere que, para mí, el no poder escribir es lo mismo que ser enterrado vivo.

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LE PIDO AL GOBIERNO SOVIÉTICO QUE ME AUTORICE URGENTEMENTE A ABANDONAR LA URSS EN COMPAÑÍA DE MI ESPOSA LIUBOV EVGUÉNIEVNA BULGÁKOVA.

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Apelo al humanitarismo de las autoridades soviéticas y les pido que actúen magnánimamente conmigo, un escritor que no puede ser de ninguna utilidad a su patria, y me concedan la libertad.

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Si lo que acabo de escribir no resulta convincente, y estoy condenado a guardar silencio para siempre en la URSS, le pido al gobierno soviético que me dé un trabajo de mi especialidad y me encomiende un puesto de teatro en calidad de director de escena titular.

Pido precisamente una ORDEN CATEGÓRICA, LO PIDO COMO ÚLTIMA INSTANCIA, ya que todos mis intentos por encontrar un trabajo dentro del único campo en el que puedo ser útil a la URSS, esto es, como un especialista extraordinariamente cualificado, se han saldado con un completo fiasco. Mi nombre se ha hecho tan odioso que las solicitudes de trabajo realizadas por mi parte han sido acogidas con ESPANTO (...).

Me ofrezco a la URSS con absoluta honradez, sin sombra alguna de sabotaje, como actor y realizador especializado (...).

Pido que se me nombre realizador auxiliar del primer Teatro Artístico (...).

Si no soy nombrado realizador, pido un puesto titular de figurante. Si tampoco es posible ser nombrado figurante, pido un puesto de tramoyista.

Si eso tampoco es posible, pido al gobierno soviético que proceda conmigo como crea más conveniente, pero que proceda de alguna manera; porque yo, un dramaturgo que ha escrito cinco obras, suficientemente conocido tanto en la URSS como en el extranjero, EN EL MOMENTO ACTUAL me encuentro abocado a la miseria, a la calle y a la muerte.


M. BULGÁKOV,

Moscú, 28 de marzo del año 1930.


NOTA: Este texto es una versión editada de una de las CARTAS A STALIN, de MIJAIL BULGÁKOV y EVGENI ZAMIATIN, que acaba de publicar la editorial Veintisiete Letras.

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