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LOS ORÍGENES DE LA GUERRA FRÍA

El escudo y la espada de la URSS: el KGB

Desde que en 1917 nació la Cheka (Comisión Extraordinaria para Combatir la Contrarrevolución y el Sabotaje) y hasta que en 1954 se fundó el KGB (Comisariado para la Seguridad del Estado), los servicios secretos soviéticos estuvieron integrados por diversas organizaciones con varias denominaciones, sucediéndose y solapándose las unas a las otras.

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El INO, la GPU, la OGPU, el NKVD, el NKGB, el MVD y el MGB fueron los protagonistas de esta compleja historia burocrática. Lo que no cambió fue la sede, la Lubianka, situada en la moscovita plaza Dzerzhinsky, así llamada en honor del fundador de la Cheka.

Debido a estas complicaciones burocráticas, muchos historiadores prefieren referirse a todos los servicios de seguridad soviéticos con el genérico KGB. Otros se limitan a distinguir el NKVD (para la época anterior a 1954) del KGB (para los años siguientes). Unos pocos se esfuerzan por llamar a cada cual por su nombre. Aquí, para simplificar, optaremos por la primera solución y hablaremos siempre del KGB para hablar de misiones que fueron del NKVD, el NKGB, el MVD o el MGB.

En todo caso, no debe confundirse el KGB, ni las organizaciones que le precedieron, con el GRU (Departamento Central de Inteligencia), la inteligencia militar soviética, que siempre operó con total independencia del KGB. Del GRU se sabe muy poco porque sus archivos siguen cerrados.

El pecado original

Al hablar de los servicios secretos soviéticos se suele incurrir en el error de considerarlos muy eficaces por su crueldad. Ésta está sobradamente documentada, pero su eficacia debe limitarse al ámbito interno, lo que normalmente se conoce por contrainteligencia. Nacidos precisamente para eso, para defender a la revolución de sus enemigos interiores, fue con esa misión con la que les salieron los dientes y donde mostraron eficacia.

A partir de los años treinta, sobre todo tras la llegada de Hitler al poder, Stalin se preocupó por organizar un servicio exterior de inteligencia que le tuviera informado de lo que pasaba en las tres potencias capitalistas: Francia, Gran Bretaña y, sobre todo, Alemania. Temía el secretario general que las tres cerraran una alianza antisoviética. Fue la época en que fueron reclutados los Cinco de Cambridge, entre los que estaba Kim Philby, el más sobresaliente de los topos conocidos. El KGB logró tejer en Berlín una notable red de agentes que tuvo cumplidamente informado a Stalin de los planes de Hitler de invadir la URSS. De poco sirvió, porque Stalin no quiso creer lo que sus espías le contaron.

Al final de la guerra, el KGB tuvo que volcarse en lo que mejor sabía hacer: lograr que los comunistas se hicieran con el poder y lo conservaran; sólo que esta vez el terreno para poner en práctica sus muchas capacidades ya no fue Rusia, sino los nuevos satélites que Stalin quería incorporar a la órbita soviética en el este de Europa.

En Polonia, en Bulgaria, en Rumanía, en Hungría y en Checoslovaquia, los asesores del KGB ayudaron a los comunistas locales a construir servicios de contraespionaje dedicados a acabar con sus adversarios políticos y a hacer que los comunistas se fueran haciendo con todo el poder. En todos los Gobiernos de coalición que se formaron inmediatamente después de la guerra, los comunistas reclamaron siempre el Ministerio del Interior. Lo demás fue sencillo. Las deportaciones, los juicios sin garantías, las condenas a muerte fueron el pan de cada día. Los enemigos del pueblo, en muy pocos años, desaparecieron del mapa. En esto de llevar a los comunistas al poder y mantenerlos en él, el KGB demostró ser un maestro, aunque, eso sí, con sus métodos.

Tanta brutalidad –a veces gratuita–, el pecado original de los servicios secretos soviéticos, estuvo con seguridad en la raíz de las revueltas que los satélites del Este vivieron durante la Guerra Fría, especialmente la revolución húngara de 1956 y la Primavera de Praga de 1968. Pero era imposible que el KGB dejara de hacer las cosas de la única manera que sabía hacerlas. Tras años de bárbara represión, los servicios secretos soviéticos tan sólo eran un magnífico martillo. Es normal que todos los problemas que les pidieron resolver tuvieran para ellos forma de clavo. Los pueblos que tuvieron que padecer los martillazos nunca lo perdonaron.

El KGB desembarca en los Estados Unidos

Nada más iniciarse la guerra mundial, Stalin experimentó la súbita necesidad de saber qué pasaba en los Estados Unidos, aliado potencial hasta diciembre de 1941, fecha en que entró en la contienda, y aliado voluble a partir de entonces. Con Gran Bretaña no tenía problemas porque los Cinco de Cambridge le tuvieron al corriente de lo que se cocía en Whitehall. Pero de lo que sucedía en Washington no tenía ni idea.

El KGB recibió la misión de levantar una completa red de espías de la noche a la mañana. Tanta prisa no podía ser buena, mucho menos para una misión en la que el KGB tenía poca experiencia. Hubo que recurrir al fácil expediente de reclutar los agentes entre los viejos miembros y simpatizantes del Partido Comunista de los Estados Unidos (CPUSA). Fueron muchos los reclutados, tanto en los entramados de la Administración como en el mundo de la investigación científica militar. A un servicio de contrainteligencia debidamente enfocado contra la URSS le habría sido relativamente fácil descubrir la red por el pasado ideológico común de los espías. Sin embargo, durante la guerra el FBI sólo se preocupó de japoneses y alemanes.

A través de varios agentes, Stalin tuvo cumplida información de los avances del proyecto Manhattan (la construcción del arma nuclear), de forma que, cuando Truman le dijo en Potsdam que tenía la bomba, Stalin ya lo sabía.

El KGB frente a la CIA

Acabada la guerra, el panorama cambió completamente. Para el KGB fue un desastre que Truman desmantelara la OSS, los servicios secretos norteamericanos nacidos ex profeso para la guerra, porque estaban muy penetrados por los soviéticos. Cuando Truman creó la CIA, surgió la necesidad de empezar de nuevo desde cero. Además, gran parte de la corriente idealista favorable a la Unión Soviética que había crecido en los Estados Unidos durante la época de la Gran Depresión y al abrigo del New Deal se había extinguido. Dicho de otro modo, en 1946 apenas quedaban comunistas al otro lado del Atlántico. Para colmo de males, el FBI había dejado de perseguir japoneses y alemanes y ahora se ocupaba de rusos y comunistas.

La red de agentes soviéticos en Estados Unidos al final de la guerra era tremendamente débil porque estaba formada casi en su integridad por antiguos simpatizantes comunistas, algunos de ellos, por más señas, de origen ruso, lo que en aquellos tiempos era tanto como llevar escrito en la frente la palabra espía. Y fue extraordinariamente difícil defenderla e incrementarla.

Encima, el KGB cometió algunas torpezas. La primera de ellas fue desairar a Elizabeth Bentley. Ésta era la asistente de Jacob Golos, quien reclutó durante la guerra a la mayoría de los agentes soviéticos en Estados Unidos. Golos murió en 1943, y Bentley se hizo cargo de la red por él tejida. Acabado el conflicto, el KGB quiso dirigir directamente la red y prescindió de Bentley. Elizabeth, despechada, acudió al FBI y contó cuanto sabía. Sólo uno de sus agentes, Alger Hiss, acabó ante un tribunal. De los demás no fue posible reunir pruebas, pero quedaron inutilizados al ser, desde entonces, vigilados por el FBI. Además, unos meses antes, en Ottawa, desertó Igor Guzenko, quien, aparte de desmantelar la red que los soviéticos tenían en Canadá, aportó pruebas contra Hiss y otros agentes soviéticos en Estados Unidos.

Una segunda torpeza del KGB completó el desastre. En la Lubianka había orden de cifrar los mensajes con cifrados de un solo uso. De este modo, eran en la práctica indescifrables. Sin embargo, la gran cantidad de mensajes enviados desde las embajadas a Moscú y viceversa les hizo caer en la tentación de reutilizar algunos códigos. Esto permitió a un genio de la lingüística, Meredith Gardner, desentrañar parte del cifrado empleado por los rusos hasta estar en condiciones de leer todos los mensajes. Esto ocurrió en 1948. Gracias a su trabajo se pudieron descifrar los que habían sido interceptados durante la guerra. Tal trabajo es conocido como Proyecto Venona. Venona permitió desenmascarar a varios de los agentes que los soviéticos tenían en el Proyecto Manhattan. Entre los más importantes estaban el matrimonio Rosenberg y Klaus Fuchs. No obstante, Venona llegó tarde. En 1949 la URSS hizo con éxito su primer ensayo atómico, acabando así con el monopolio norteamericano, gracias a que pudo aprender de la experiencia nuclear estadounidense.

Por otra parte, Moscú supo muy pronto de Venona gracias a un espía que tenían en la agencia donde trabajaba Gardner, un cifrador llamado William Weisband, y a Kim Philby, quien en 1949 fue enviado a Washington como agente de enlace entre el SIS (MI6) británico y la CIA. Gardner recuerda cómo, mientras trabajaba, Philby, colocándose por detrás de él, de pie, examinaba sus papeles con enorme interés. Para cuando estalló la Guerra de Corea, en 1950, los rusos habían cambiado todos sus sistemas de cifrado y los norteamericanos estuvieron a oscuras en lo relacionado con sus movimientos. El que los rusos supieran de Venona gracias a Weisband y Philby costó a los norteamericanos la vida de miles de soldados.

***

Así pues, en los inicios de la Guerra Fría las organizaciones que antecedieron al KGB fueron extraordinariamente eficaces en lo que siempre habían sabido hacer, la contrainteligencia y la seguridad interior, y algo torpes a la hora de espiar al nuevo gran enemigo. No obstante, en su defensa hay que decir que Philby y sus cuatro compadres de Cambridge suplieron bastante bien las carencias del KGB. Y, sobre todo, y a pesar de su mediocridad, el Comisariado se las apañó para suministrar a los científicos soviéticos material suficiente para poder construir una bomba atómica antes de que los Estados Unidos alcanzaran una superioridad estratégica decisiva.

En términos deportivos, los servicios secretos soviéticos lograron que su país mantuviera el partido empatado en esos primeros años en que el enemigo disfrutó del monopolio nuclear. Cuando, en 1949, lograron igualar las fuerzas al hacerse con el arma atómica, pudieron proclamar con un suspiro: "Todavía hay partido". Los servicios secretos soviéticos fueron quienes lograron la proeza. Habría, pues, partido para largo, y el KGB sería uno de los jugadores más valiosos.

 

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