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ESPAÑA

La hispanofobia como clave histórica

Si observamos la evolución de España desde finales de los años 60 encontraremos una progresiva erosión del concepto de lo español, primero en el plano intelectual-emocional y después en el directamente político; tendencia disgregadora pertinaz, con el terrorismo separatista de la ETA como uno de sus principales motores.

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Viene a ser el tercer asalto en ese sentido. El primero, como he explicado en Una historia chocante, ocurrió en torno al "desastre" del 98, con el impulso de los internacionalismos proletarios, los separatismos y los anarquismos. Se interiorizó de varios modos la Leyenda Negra y, en frase de Menéndez Pelayo, una multitud de "gárrulos sofistas" denigró por sistema el pasado español –sobre todo lo más importante de él–, pintándolo con tintes negros o pesimistas y proponiendo recetas pintorescas, bien fuera para superar los males reales o supuestos de aquel pasado, bien para liquidar de una vez la idea y la realidad de la nación española. Uno de sus efectos fue la emergencia de un nacionalismo español del mismo tipo que el vasco o el catalán: un regeneracionismo arbitrario frente a una historia de España calificada de "anormal", "enferma" y más o menos catastrófica. Para lo cual proponían remedios igualmente arbitrarios y una europeización vacua.

Consecuencia de aquellos movimientos fue la destrucción del régimen liberal de la Restauración, que, aun con su mediocridad, favorecía una auténtica regeneración económica, cultural y social del país. Con la II República, los "gárrulos sofistas" tuvieron su oportunidad histórica y la aprovecharon para realizar su segundo asalto.

Fue Azaña un líder muy principal de una confusa retórica que pretendía arrasar la tradición española a la cabeza de los "gruesos batallones populares en la bárbara robustez de su instinto", es decir, dirigiendo a los mesiánicos sindicatos y partidos obreristas. La república pudo en principio haberse asentado como régimen democrático... de no haberse impuesto aquella mezcla de antidemocracia, antiliberalismo y antiespañolismo izquierdista. Pues quienes organizaron la caída de la monarquía fueron sectores moderados que cayeron en la ilusión de apoyarse en izquierdistas tipo Azaña, tal como este cayó en la de dirigir a los "batallones populares".

Vista en perspectiva, aquella explosión de garrulería y violencia llevaba inevitablemente a la desintegración de la nación y la cultura españolas, sin ofrecer a cambio nada parecido a la democracia, sino una revolución totalitaria, que terminó como sabemos. La guerra civil no se hizo en nombre de la democracia, pues ningún bando la defendía, pero al menos se salvó lo esencial, la unidad de la nación y la raíz cristiana de su cultura. Y sobre esa base, en un período que puede llamarse apropiadamente "de convalecencia", surgió una sociedad libre de los viejos odios, mesianismos y rencores, y mucho más próspera, que pudo evolucionar a la democracia sobre una base infinitamente más sana que la de la república.

El resultado ha sido la prolongación de la paz del franquismo, la más larga que ha vivido España en siglos. Sin embargo, como he expuesto en La transición de cristal, volvió a crearse otro equívoco peligroso: nuevamente la oposición antifranquista, compuesta de marxistas, terroristas y grupúsculos y personajes demasiado proclives a aliarse con ellos, alzó con desenvoltura la bandera de la democracia, tildando de lo contrario, como Azaña, tanto los valores propiamente españoles como la reconstitución nacional bajo el franquismo. Ha sido el tercer asalto hispanófobo, hoy en pleno auge. 

Otro equívoco, no menos dañino, fue el supuesto de que la transición reconcilió a los españoles, cuando ocurrió exactamente al revés: la reconciliación previa permitió la transición. Los únicos que se reconciliaron entonces, al menos en apariencia, fueron los políticos autoconsiderados herederos de las izquierdas y los separatismos republicanos. Parecían haber aprendido de la experiencia, pero, como ha demostrado la práctica, la única lección aprendida consistió en que debían proceder con más lentitud y menos violencia que en la república. Identificaban nación española y franquismo, tildado este de dictadura abominable, y, lo más curioso, no solo seguían igual de antifranquistas cuando ese régimen había desaparecido, sino que incrementaron progresivamente la virulencia de un antifranquismo convertido en disfraz de una hispanofobia pareja a su aversión a la democracia liberal.

En cuanto a la violencia, no es un dato baladí su apoyo al terrorismo de la ETA. Este grupo, como casi siempre olvidan los analistas políticos, concentra el mesianismo socialista y el antiespañolismo tradicional en la izquierda, y gracias a dicho apoyo ha llegado a condicionar en grado sorprendente la Constitución y la evolución posterior. Los artículos constitucionales que admiten un progresivo vaciamiento del estado nacional parten de la ilusión de hacer concesiones –a costa de la nación y del estado de derecho– al separatismo presuntamente moderado, a fin de oponerlo al más radical de la ETA, y quitar a esta un respaldo social nacido, precisamente, del respaldo que los terroristas han recibido del movimiento antifranquista antes y después de Franco. Ese respaldo se llamó luego "salida política", que convertía el asesinato en modo de hacer política y socavaba, nuevamente, tanto la unidad nacional como el estado de derecho.

Quienes tildaban de enferma la historia de España, en el 98 y hasta ahora, han enfermado efectivamente a la sociedad, llevándola una y otra vez a la convulsión y a la frustración de las mejores oportunidades de libertad y progreso para el país. Va siendo hora de cerrar definitivamente la herida abierta entonces. Contribuir a ello es lo que me propuse al escribir Nueva historia de España.

 

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