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HITLER, MUSSOLINI, ROOSEVELT

La muerte de tres líderes

En Años de hierro me extiendo un poco en la curiosa coincidencia de la muerte de tres dirigentes políticos durante el mes de abril de 1945, cuando terminaba la contienda mundial en Europa. Uno murió en plena victoria, Roosevelt; los otros dos, Mussolini y Hitler, en la más completa derrota.

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El primero falleció de muerte natural el día 12. Era un gran fumador y tenía alta la tensión arterial. Ya en Yalta su salud experimentó un fuerte deterioro, que es posible tuviera que ver con las concesiones hechas a Stalin, juzgadas excesivas por la mayoría de los historiadores pero que quizá eran inevitables, pues el Ejército Rojo había hecho los mayores sacrificios y sido el principal factor de la derrota alemana, y difícilmente iba a renunciar a sus ganancias territoriales. Roosevelt volvió con la idea de que estaba instaurando la paz perpetua mediante "una organización universal" que iba a permitir "unirse por fin a todas las naciones amantes de la paz", entre las primeras la URSS de Stalin. Casi de inmediato el georgiano y el useño empezaron a acusarse de no cumplir sus compromisos.

Roosevelt murió mientras posaba para la pintora Elisabeth Schoumatoff. De pronto musitó, inclinándose en el asiento: "Tengo un horrible dolor de cabeza". El dolor lo causaba una hemorragia cerebral, y la muerte le llegó casi en el acto.

Inmediatamente avisaron a su esposa, Eleanor, que comunicó al vicepresidente Truman, abrazándole: "Ha muerto el presidente". Truman juró su nuevo cargo a las pocas horas.

La relación marital entre Roosevelt y su esposa estaba rota desde que él le fuera infiel con otras mujeres, y Eleanor resultó al final lesbiana. Pero exteriormente continuaron casados, y ella ejerció una fuerte influencia política sobre él. Eleanor era muy feminista, complaciente con los comunistas y simpatizante de los izquierdistas españoles exiliados en Usa.

Mucho más dramática y con detalles todavía algo confusos fue la muerte de Mussolini, dieciséis días más tarde. El 25 había ocurrido un levantamiento general de partisanos, mientras las tropas alemanas se retiraban y se hundía el último reducto mussoliniano de Saló. El nuevo poder establecía la pena de muerte para todos los jefes fascistas. Al día siguiente, Mussolini salió de Milán con su amante Clara Petacci y escribió a su esposa, Rachele: "He llegado a la última página de mi libro (...) Te pido perdón por todo el mal que te he hecho, sin quererlo". Trató de huir con una unidad de la Luftwaffe, pero el convoy fue detenido en Dongo, junto al lago Como, por partisanos comunistas y socialistas.

Tras negociar, los alemanes pudieron seguir su ruta, pero no los italianos, y el Duce fue reconocido bajo su casco y su capote alemanes. Clara quiso seguir con él, y a las pocas horas fueron fusilados los dos, sin juicio. Según una versión, ella se puso delante de él para intentar protegerle con su cuerpo. Luego, los partisanos llevaron sus cadáveres y los de otros cinco líderes fascistas a una plaza de Milán y los colgaron por los pies del techo de una gasolinera. Cuando los bajaron a tierra, la gente les pateó el cuerpo y la cara, escupió y orinó sobre ellos en un espectáculo que duró tres días. Seguramente muchos de quienes ultrajaban los cadáveres habían aplaudido al Duce hasta hacía poco.

Hitler moriría dos días después en la cancillería, en medio de la ruina apocalíptica de Berlín. El fallecimiento de Roosevelt le había dado esperanzas de, en el último momento, poder salvarse mediante un cambio de alianzas, de modo similar a como la muerte de la zarina Isabel había salvado a Federico el Grande de Prusia, en situación desesperada al final de la Guerra de los Siete Años. Sus esperanzas resultaron fallidas, y la noticia de lo ocurrido con Mussolini cayó en la cancillería con más fuerza que los golpes artilleros de los soviéticos.

En aquellos momentos Hitler escribió un testamento político en el que destituía a Himmler y a Goering por traición y reiteraba un odio sin fisuras a "los judíos y sus secuaces", "envenenadores de los pueblos". En su testamento personal resolvía casarse "con la joven que tras largos años de fiel amistad había entrado por voluntad propia en la ya casi sitiada Berlín" para "compartir destino" con él. Se trataba de Eva Braun, con la cual convivía desde 1931. Hitler la había animado a huir, pero ella prefirió quedarse. La ceremonia de boda tuvo tintes lúgubres y sarcásticos, mientras a pocos pasos la resistencia berlinesa se hundía en una tormenta de hierro y fuego.

Su testamento explicaba: "Mi esposa y yo optamos por la muerte para escapar al oprobio de la destitución o de la capitulación". A su piloto personal, que le instaba a huir en avión avión a países árabes simpatizantes, le replicó: "Debo tener el valor de encarar las consecuencias. Yo todo lo termino aquí. Sé que mañana millones de personas me maldecirán. Así lo quiso el destino". Se suicidó de un tiro, y Eva con veneno.

Stalin y Churchill sobrevivieron aún largos años, pero el líder inglés recibió un inesperado golpe de su pueblo cuando, el 5 de julio, perdió las elecciones ante el laborista Attlee, por 12 millones de votos contra 8,7. Causó impresión mundial esta derrota de quien todos consideraban el gran héroe inglés frente al poderío nacionalsocialista. Al parecer, poco antes había pedido al ejército el diseño de una nueva guerra (operation unthinkable), contra la URSS. El alto mando la consideró, en efecto, "impensable". Por el momento, el Ejército Rojo era imbatible.

Sin duda la muerte de estos tres líderes, incluso la derrota de Churchill, se presta a muchas reflexiones de índole religiosa, filosófica e histórica, que aquí me basta insinuar a quien quiera hacerlas. 

 

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