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GRANDES CRIMINALES DEL SIGLO XX

Sadam Husein

En este siglo XXI del 11-S, Madrid, Darfur, el Irán que cuelga a los gays que no tiene, los sanguinarios regímenes árabes, el espantoso etcétera, las movilizaciones internacionales más multitudinarias hasta la fecha han tenido por objeto impedir el derrocamiento de Satán Husein, esa psicopática mezcla de chequista, fascista e islamista (Glucksmann) que lleva ya ocho años ardiendo en el infierno.

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Se hacía llamar Sadam Husein al Tikriti por ver de compartir cuna con el legendario Saladino, pero el caso es que era Sadam Husein al Auja, de Al Auja, poblacho sin pretensiones vecino de la Tikrit pretendida. "Su nacimiento no fue motivo de alborozo", escribió una verdad su hagiógrafo Amir Iskander en Saddam Hussein, the Fighter, the Thinker and the Man. "Ni rosas ni plantas aromáticas adornaron su cuna". Cómo vendrían de mal dadas que su madre, la vidente Suba que debió en aquella hora de maldecir su nombre, Amanecer, por lo visto pensó en quitarse la vida:

El padre [Husein Abid al Majid] murió o abandonó a la familia (...) Cuando, poco después, se le murió un hijo, la madre trató de abortar a Sadam y suicidarse, pero la frenaron unos vecinos, una familia judía.

Una familia judía.

Del trance, esa lucha por la vida alentada por unos miembros del pueblo elegido para siempre luchar por la vida, Suba, Amanecer de malos presagios, salió poniendo al crío el nombre que tanto se parece al de Satán: Sadam, El Que Se Enfrenta.

¿Cuándo fue que vino al mundo el malnacido? Oficialmente, el 28 de abril de 1937. Pero su biógrafo Con Coughlin (Saddam Hussein, Planeta/ABC, 2003, pp. 26-27) alberga serias dudas: pudo ser ese día pero de 1935, o de 1939; o el 1 de julio de cualquiera de esos tres años. De lo que no hay dudas es de que su padre putativo no fue su padrastro, Hasán al Ibrahim, un tipejo de la peor ralea que lo molía a palos, sino su tío Jairalá Tulfá, milico, nacionalista árabe, que odiaba a los británicos a modo y tanto jaleaba a la basura nazi de Adolf Hitler que acabaron expulsándolo del Ejército y metiéndolo preso. En la Biblioteca Universal de la Infamia igual conservan un ejemplar del libelo que le publicaron en 1981: Tres cosas que Dios no debería haber creado: los persas, los judíos y las moscas.

Jairalá le dio un hogar, una hija (Sahida, con la que Satán engendró a Uday y a Qusay, ese par de monstruos con los que ahora comparte caldero) y su manera odiosa de ver el mundo con sus cosas. A cambio, Sadam le hizo alcalde de Bagdad. No pasó a los anales del urbanismo.

Sadam se afilia al Baaz, partido nacional-socialista por el que bebió los vientos la progresía occidental durante taaantos años, en 1957. Enseguida hace carrera: instigado por el tío Jairalá, en 1958 asesina a un comunista, otro pariente, un primo lejano; lo llegan a detener y a encarcelar, pero acabarán soltándolo al cabo de seis meses por falta de pruebas. Otro pariente, otro primo, su padrino en el Baaz, el futuro presidente Ahmed Hasán al Baker, le enrola al año siguiente para la comisión de un magnicidio: se trataba de ultimar al brigadier Abdul Karim Qasim, jefe del procomunista Gobierno del momento.

Fallaron. Los asesinos fallaron. Sadam, además, salió de la intentona con una herida de bala que le hará cojear el resto de su vida.

Los siguientes años los pasó en el Egipto de su admirado Gamal Abdel Naser, haciendo como que estudiaba Leyes, estudiando verdaderamente la vida y la devastadora obra de otro de sus grandes referentes, Iósif Stalin, y capitaneando a los baazistas exiliados. En 1963 regresa a Irak, luego de que su partido finalmente derrocara a Qasim. Pero enseguida los derrocadores serán derrocados y Sadam acabará en prisión, de donde escapará en 1967.

En 1968, el Baaz vuelve a dar un golpe. El definitivo. La Presidencia del país queda en manos de Baker; el poder real, en las de su primo el asesino.

Para noviembre de 1969, [Sadam Husein] ha eliminado [a numerosos] rivales y disidentes [y] (...) Baker le nombra vicepresidente y director adjunto del Consejo del Comando Revolucionario, como se conoce al Gobierno. Husein retiene además la jefatura de la Inteligencia y de las agencias de seguridad, por lo que controla de hecho Irak. (...) Ningún otro déspota árabe ha alcanzado la ferocidad de Husein a la hora de moldear las instituciones a su antojo. Su jugada de apertura tuvo lugar en enero de 1969, cuando colgó a 17 supuestos espías israelíes en una plaza de Bagdad.

(Neil MacFarquhar, "Saddam Hussein, defiant dictator who ruled Iraq with violence and fear, dies", New York Times, 20 DIC 2006).

Ese fue su acto inaugural. Los Procesos bagdadíes de Moscú llegarían diez años más tarde. Hay vídeo.

Esa película snuff comienza con una sesión plenaria del comité central del partido Baaz: unos cien hombres. De pronto, las puertas se cierran y Sadam, en la silla, anuncia una sesión especial. Arrastran a la sala a un hombre obviamente destrozado; comienza a emitir una confesión robótica de traición y subversión, que, solloza, han instigado agentes sirios y de otros lugares. A medida que la confesión (...) bajo extorsión se desarrolla, empiezan a mencionarse nombres. Cuando se identifica a un conspirador, los guardas van a su asiento y lo sacan de la sala. Mientras tanto, Sadam, reclinado, enciende un gran puro y escudriña satisfecho sus dosieres. El terror es tal que los hombres empiezan a desmoronarse y a llorar, se ponen en pie para proclamar elogios histéricos, incluso amor, hacia el líder. (...) Cuando todo termina, quedan más o menos la mitad de los miembros del comité, gimiendo de alivio y temblando de amor al jefe. (En una secuela adjunta, que no he visto, al parecer se les pidió ir al patio exterior y fusilar a la otra mitad, sellando así el pacto con Sadam [...]).

El relato anterior es de Christopher Hitchens (Hitch-22, Debate, Barcelona, 2011, p. 349), que en sus memorias confiesa que fue uno de los progres que jalearon al Baaz. Él lo hizo en el 76, en la célebre revista New Statesman, alentado por el desarrollismo de un régimen que predicaba "la unidad árabe y el laicismo frente a la marea reaccionaria que barría la región".

Lo que omití, porque en realidad no llegué a comprenderlo, era lo meramente irracional. Lo que debería haber observado estaba oculto entre las palabras aparentes. (...) Debería haber registrado cómo la gente se estremecía casi automáticamente ante la mención del nombre de Sadam Husein. Debería haber sido más observador cuando, en una de las publicitadas clínicas de Bagdad, después de caer brevemente enfermo, no había estado un minuto a solas con el médico antes de que me preguntara en un susurro si podía ayudarle a salir del país. (Más tarde, reporteros que habían estado en Bagdad debatían sobre si el miedo era tan palpable que podías cortarlo con una navaja, o tan denso que realmente podías comerlo).

(Hitchens, ob. cit., p. 338).

En 1976, lo peor estaba por llegar. Llegó a partir del referido 79, en que Sadam se quita de en medio al enfermo Baker (tan enfermo estaba que la cura que le prescribieron fue el arresto domiciliario: murió en custodia en 1982) y se reta a ser lo que siempre quiso: Stalin o sea Hitler y también Saladino y el mejor de los descendientes del Profeta; porque esa es otra: el hijo de la pitonisa Suba y Husein el olvidable se proclamaba de la estirpe del mismísimo Mahoma.

Lo primero sería dominar el mundo árabe, y para eso qué mejor que aprovechar el río revuelto de la revolución jomeinista en la vecina Persia. Así que en el principio fue la guerra. La guerra Irán-Irak. Terrible como pocas. Provocada por el sobrino de Jairalá, el del panfleto astroso: Tres cosas que Dios no debería haber creado: los persas, los judíos y las moscas. "Le afeitaré las barbas a Jomeini", se chuleó ante el rey Fahd de Arabia. Nada luego, ni un pelo. Tampoco a él le tocaron su bigote clásico. No ganó Sadam (en 1982 descuartizó a su ministro de Sanidad, Riyad Ibrahim Husein, por atreverse a sugerirle que dimitiera para así facilitar un acuerdo con los ayatolás), no ganó Jomeini, perdieron Irán e Irak.

La guerra terminó el 20 de agosto [de 1988] (...) Se estima que murieron entre 150.000 y 340.000 iraquíes, y 250.000 resultaron heridos. Más de 50.000 fueron hechos prisioneros en Irán. Los daños a la propiedad se calcularon en decenas de miles de millones de dólares (...) Entre 450.000 y 730.000 iraníes murieron durante el conflicto.

A esos datos, que he tomado de este sustancioso perfil, podemos añadir estos otros, que saco de La guerra de Irak, un libro de William Kristol y Lawrence Kaplan traducido –pero mejor sería decir vertido, en el peor sentido de la palabra– por un tal Juan Jesús Mora: en 1990 Satán Husein tenía 40.000 prisioneros de guerra iraníes, y aún 3.000 en 2002 –es decir, 14 años después del fin de las hostilidades–; según Human Rights Watch, en 1988 Irak era el país con mayor número de desaparecidos: 60.000; "como parte de su Guerra de las Ciudades, Sadam ordenó a sus fuerzas lanzar misiles sobre las ciudades iraníes, [sobre] mezquitas y centros educativos" (W. Kristol y L. F. Kaplan, ob. cit., Almuzara, 2004, p. 60).

La guerra contra el pérfido persa le hizo contraer deudas con sus hermanos árabes por valor de 70.000 millones de dólares, que no tenía la menor intención de pagar. En cambio sí quería cobrar lo que estimaba le adeudaban esos desagradecidos que así le trataban después de haber intentado exterminar a los execrables hombres de negro jomeinistas. Así que en 1990, y luego de una nueva purga tremebunda ("Estamos transitando por nuestra propia etapa stalinista", anunció con gran orgullo en 1989 –Kristol y Kaplan, p. 48–), invadió Kuwait, al que consideraba parte integral de Irak –como la mayoría de sus compatriotas, dicho sea de paso–.

La guerra de nuevo. La guerra de Bush padre. Que de nuevo provocó el Neosaladino. Que volvió a fracasar y a cantar victoria: para celebrar esta nueva gesta en la que puede que murieran 100.000 soldados iraquíes, 3.500 civiles iraquíes, un millar de kuwaitíes y –esta cifra es segura– 345 soldados de la coalición internacional que se montó para la ocasión, en 2001 erigió a las afueras de Bagdad la mezquita Madre de Todas las Batallas, cuyos minaretes semejan los famosos misiles Scud y que alberga un Corán escrito con sangre de Sadam. Veintiocho litros de sangre de Sadam. El laico. (Ah, precisamente a raíz de esta guerra cambió la bandera iraquí: a la franja central le añadió, de su puño y letra, la máxima "Alá es grande").

Antes de retirarse, que es lo que suelen hacer los campeones, el León de Babilonia (sí sic sí) incendió o inutilizó 749 pozos petrolíferos kuwaitíes y provocó el vertido al Golfo Pérsico de 8 millones de barriles de crudo, como no se cansan de decirnos aún hoy los ecologistas, que por entonces se hicieron célebres protagonizando acampadas masivas en las legaciones diplomáticas iraquíes de medio mundo. Mientes más que hablas, Hitchens:

(...) mientras las aves y los animales marinos del golfo morían asfixiados en masse y el cielo se llenaba de humos y manchas que a veces tapaban el sol, la izquierda y los movimientos antibelicistas, mayoritariamente verdes, no encontraban una voz con la que denominar esa situación.

(Hitchens, ob. cit., p. 345)

En abril de 1991, y como parte del acuerdo de alto el fuego alcanzado, Irak declaró poseer unas 10.000 cabezas de gas nervioso, 1.500 armas químicas, 412 toneladas de agentes químicos, 25 misiles de largo alcance y numerosos proyectiles cargados con agentes biológicos. Pero en otoño de ese mismo año –recuerdan Kaplan y Kristol en la obra ya citada (p. 73)– los inspectores de la ONU habían encontrado "casi diez veces la cantidad de armas químicas" declaradas por Sadam el genocida, que bien abusó de ellas en la guerra contra Irán y en la campaña Anfal contra los kurdos (1987-1989, 182.000 muertos).

La comunidad internacional optó por dejar que la patata caliente iraquí se enfriara, circunstancia que Sadam aprovechó para machacar a los habitantes de las marismas del sur (arrasó sus pueblos y desecó el 90% de sus tierras) y para reprimir a sangre y fuego a los chiíes y a los kurdos que se alzaron contra él alentados por la miserable Administración de Bush sénior, que no movió un dedo por ellos. Fue entonces que se decidió imponer la zona de exclusión aérea para proteger a los kurdos del norte y a los chiíes del sur, pero el asunto iraquí siguió siendo en los 90 objeto de vigilancia displicente... y reflejo de la peor cara de la ONU aberrante. Palabras clave: Petróleo por Alimentos. Dos datos más: mientras clamaba por su pueblo hambreado por el mundo cruel, Sadam Husein se gastaba 2.000 millones de dólares en sus 48 palacios presidenciales y amasaba una fortuna personal cifrada por Forbes en otros 7.000 millones.

Y entonces llegó el mes de septiembre de 2001. El 11-S. Y se acabaron las bromas, las contemplaciones, las contemporizaciones; para bien y para mal, el regular, los matices y los socorridísimos grises. Conmigo o contra mí. Con Bush o con Ben Laden. Y resulta que Sadam "se aseguró de que la televisión estatal iraquí emitiera una canción fanática, 'Abajo América', y el dictador calificaba los ataques como 'los frutos de los crímenes de Estados Unidos contra la humanidad'", recuerda Blair en sus Memorias (La Esfera, Madrid, 2011, p. 478). Al poco del atentado contra el Pentágono y las Torres, Putin previno a Bush de un ataque terrorista iraquí contra los americanos. Y "al parecer, Saddam se retiró a Tikrit" a principios de ese septiembre, Septiembre, "porque le habían advertido previamente de los ataques" (Coughlin, ob. cit., p. 13).

(...) una encuesta encargada a finales de año por el gobierno iraquí proclamó a Osama ben Laden como "hombre del año 2001" (...), honor que se le otorgaba por su dedicación a desafiar a Estados Unidos y defender el islam. La televisión iraquí, que es gubernamental, ofreció imágenes de un jefe tribal (...) recitando un poema escrito para Saddam, en el que se celebraban los ataques del 11 de septiembre:

Desde el interior de América, cuatro aviones volaron. / ¡Tal percance jamás se vio en el pasado! / Y no volverá a ocurrir nada similar. / Murieron seis mil infieles. / Ben Laden no lo hizo, fue la suerte del presidente Saddam.

(Coughlin, ob. cit., p. 20).

Este es el contexto que ignoraron o despreciaron los del No a la Guerra. Tampoco supieron o quisieron saber de la financiación iraquí del terrorismo palestino, de la cooperación de Bagdad con la Yihad Islámica egipcia del número dos de Ben Laden (Aymán al Zauahiri), de los viajes de funcionarios baazistas a Níger, "un pequeño Estado famoso por su óxido de uranio concentrado" (Hitchens, p. 375). De la falta de control del arsenal iraquí desde octubre de 1998, cuando los inspectores de la ONU encontraron pruebas de que Sadam había estado aprovisionándose de gas nervioso VX. Desde 1991 hasta diciembre de 1998, en que fueron expulsados de Irak, los inspectores de la ONU habían descubierto y destruido munición para 40.000 armas químicas, 411 toneladas de agentes químicos y 2.610 toneladas de precursores químicos.

Bush no se fiaba del artero tirano iraquí, y ni quería ni tenía tiempo para aprender a templar gaitas. Así que le encuadró en el Eje del Mal (con Corea del Norte y el Irán de los ayatolás), le conminó a desarmarse y a mostrar cómo se desarmaba, le puso en la mira y le contó la cuenta atrás.

En 2003 volvió la guerra. Ahora bajo la denominación de Libertad para Irak. Antes y durante, la calle colapsada por la guadianesca grey antibelicista. ¡En mi nombre no! ¡No a la Guerra! ¡No más sangre por petróleo! Bush is Hitler! Contra la corriente de los cobardes o los chamberlaincitos o los directamente cafres, si uno quería y le echaba arrestos podía atender a Salman Rushdie: "Jamás bajaría a la calle para salvar a Sadam Husein"; a Nick Cohen: "Casi un millón de progresistas se manifestaron en Londres contra el derrocamiento de un régimen fascista"; al propio Hitchens quitando el polvo a una reflexión del año 91: "La idea de rojos por Bush podría parecer incongruente, pero era mucho más saludable que [la de] pacifistas por Sadam"; incluso a Ludwig von Mises, rescatado para la ocasión por el maestro Rodríguez Braun: "El pacifismo completo e incondicional equivale a una rendición incondicional ante los tiranos más despiadados".

***

"Lo tenemos", dijo el administrador americano del Irak en guerra Paul Bremer el 14 de diciembre de 2003. Dieron con él, Sadam Husein, El Que Se Enfrenta, el León de Babilonia, Neosaladino, en un agujero de 1,82 metros de profundidad excavado en una granja del lugarejo de Ad Daud, 15 kilómetros al sureste de Tikrit. Desmañado, desgreñado. "Soy Sadam Husein, presidente de Irak, y estoy dispuesto a negociar", dijo. Le dijeron (un soldado americano de los que participaron en el operativo): "El presidente Bush le manda recuerdos". También esto, ya más tarde, ya un compatriota, el chií Mouafak al Rubaie, miembro del Consejo de Gobierno: "Tenías dos fusiles AK-47 y una pistola. ¿Por qué no te pegaste un tiro cuando te detuvieron? Eres un cobarde".

***

Luego de un proceso trunco y trágico (asesinaron a varios abogados de las defensas, el cumplimiento de la condena por la matanza de Dujail impidió que se completara el juicio que se le seguía por la operación Anfal...), Sadam Husein al Tikriti (sic), "uno de los más infames dictadores del siglo", fue ejecutado por ahorcamiento el 30 de diciembre de 2003 en un complejo denominado por los americanos Camp Justice y del que solían servirse los servicios secretos baazistas para perpetrar sus asesinatos. No quiso que le cubrieran la cabeza con el capuz, se encomendó a Alá, dio vivas a la Yihad y a los muhaidinies y, desde que lo atraparon, acusó a Estados Unidos de saber de sobra que no tenía armas de destrucción masiva. Pero las tuvo (Anfal, Halabja). Pero era él El Arma de Destrucción Masiva (Glucksmann). Pero... una vez más Christopher Hitchens:

He estado más cerca del escenario donde se usaron esas armas de destrucción masiva que la mayoría de la gente, pero pensaba, y escribí, que el control que Sadam tenía de esas armas en 2002-2003 era más latente que patente. Sin duda tenía algunos recursos, algunos científicos, algunos elementos e ingredientes, y un largo expediente criminal de uso y ocultación. Si me hubieran demostrado fuera de toda duda que NO tenía ninguna reserva seria a mano, habría argumentado –de hecho, lo hice– que eso significaba que era el momento apropiado de golpearle de forma despiadada y concluyente.

(Hitchens, ob. cit., p. 364).

Amén, y que me perdone Hitchens. También por emparejarle en este cierre con la brava y sionistísima mamme Golda Meir, vaya frase impecable:

He conocido gente que murió demasiado pronto, y me ha dolido. He conocido gente que ha muerto demasiado tarde, y me ha dolido mucho más. 

 

MARIO NOYA, jefe de Suplementos de LIBERTAD DIGITAL.

GRANDES CRIMINALES DEL SIGLO XX: Idi Amin Dada – Pol Pot – Kim Il Sung Mengistu Haile Mariam.

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