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SEMBLANZA

Otto de Habsburgo

Este verano falleció Otto de Habsburgo, hijo del último emperador austro-húngaro, Carlos I (1887-1922). Permítanme hacer aquí una breve semblanza del personaje.

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En 1922, con sólo diez años, Otto de Habsburgo-Lorena se convirtió en cabeza de un imperio que ya no existía. Su vida estuvo marcada por el exilio, la oposición al nacionalsocialismo y un acendrado europeísmo. Fue diputado del Parlamento Europeo por la Unión Social Cristiana de Baviera (CSU) e impulsor del Movimiento Paneuropeo. A sus funerales asistió una nutrida representación de la realeza europea (pero España sólo envió a la infanta Cristina), así como ministros de varios países de la extinta Austria-Hungría. El cortejo fúnebre, que recorrió la distancia que separa la catedral de San Esteban de la Cripta de los Capuchinos (el famoso panteón de los Habsburgo), recibió los honores del ejército austríaco y las salvas debidas a una dignidad real.

Tengo por casa un libro suyo: Europa en la encrucijada (1954), recopilación de varias conferencias que dictó entre 1951 y 1953, que también incluía un artículo de 1942 sobre una propuesta de "reconstrucción danubiana". Resulta llamativa su premonición sobre las desastrosas consecuencias de Yalta, el expansionismo soviético y la escisión de Europa en dos bloques. Aunque en ese momento lo que más le preocupaba era evitar los errores de 1918 ("Importa más ganar la paz que la guerra"), con aquella obsesión de los aliados por desmembrar la vieja corona austro-húngara.

Otto de Habsburgo abogaba por una confederación de los pueblos del Danubio que respetase todas las peculiaridades de éstos, bajo una autoridad tan asentada como en tiempos lo estuvo el emperador. Frente al empeño de Versalles por crear naciones artificiales sobre bases lingüísticas, recordaba que existían otros elementos "no menos importantes" que la lengua: "Lo son, por ejemplo, la geografía, la seguridad, la religión, la economía, la tradición y la historia" (p. 160). Asimismo, ironizaba con el absurdo reproche que se hiciera al emperador Francisco José de haber tratado de resolver el problema idiomático "por la mera inteligencia libre entre los pueblos". "Dicho en otras palabras –anotó, en referencia a su antepasado–, se le acusó de haber sido excesivamente liberal" (p. 163).

En el capítulo "Fundamentos de la vida estatal" hacía una defensa del ordenamiento medieval, en el que el hombre gozaba de una serie de derechos "que no podían ser violados por el Estado ni por la sociedad".

Los fundamentos jurídicos eran claros, por lo menos en principio: no podía existir sanción sin delito, ni leyes de efectos retroactivos, tampoco responsabilidades colectivas ni de raza (p. 105).

Denunciaba que la decadencia De Europa tenía mucho que ver con "la desaparición del sentido de lo jurídico"; y agregaba:

Durante el Medievo cristiano, el concepto de Derecho era generalmente aceptado, respetado y universal. Aunque los gobiernos no eran democráticos, en el sentido actual, los súbditos gozaban de mucha mayor libertad (p. 108).

Desde luego, esta frase escandalizará a muchos progres biempensantes; pero recordemos que Otto de Habsburgo escribía con la mirada puesta en los viejos países danubianos, entonces sometidos al totalitarismo comunista.

Estas reflexiones mantienen su actualidad hoy día, en esta Europa unida en la crisis económica y en un multiculturalismo artificial que produce estallidos como el de este mismo verano en Gran Bretaña...

El gran europeísmo de Otto de Habsburgo descansaba en unos valores de honda raíz religiosa ("Es preciso volver a la idea de que Dios es la fuente del Derecho, y que el Estado viene obligado a atenerse a principios morales de orden general" –p.115–), hoy en día no siempre bien comprendidos. A muchos laicistas militantes les molesta que se hable de las raíces cristianas de Europa, pero la Historia es como es. Otto de Habsburgo les advertiría sobre los riesgos de una profilaxis secularizante exagerada:

La colaboración entre las autoridades espiritual y temporal es hoy frecuentemente combatida por los partidarios de una separación entre la Iglesia y el Estado. Pero tal separación ya existe de hecho, puesto que las atribuciones de cada cual son de orden diferente. Ahora bien, si por separación se entiende que la Iglesia y el Estado se ignoren mutuamente, no hay duda de que esta solución no es sensata, ya que es impracticable en la realidad (p. 124).

Vuelvo a recordar que escribía cuando la libertad religiosa había sido suprimida en las democracias populares del Este. Por eso sostenía con gran firmeza:

La libertad religiosa es la fuente de la libertad en general.

Termino con un estimulante pasaje de contenido económico, porque no tiene desperdicio –recuerden, escrito en 1951–:

La política más peligrosa es sin duda la que hoy se sigue en la mayoría de los países, en el sentido de confiscar fríamente los bienes privados del pueblo mediante una continua desvalorización de la moneda (...) Estas desvalorizaciones deliberadas son pura y simplemente un robo (...) Otro peligroso paso hacia el totalitarismo es la aplicación inmoral e inmoderada de cargas tributarias (...) (p. 127).

Tienen un sabor a las críticas de Juan de Mariana al envilecimiento de la moneda; y arrojan muchas luces sobre la crisis del estado del bienestar que estamos viviendo.

 

© Instituto Juan de Mariana

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