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LIBREPENSAMIENTOS

A cuenta de lo elegante

Aunque es menester estar precavidos contra la tentación de confundir o solapar las esferas de pensamiento y acción en la estética, la ética y la política, qué duda cabe de que existen conexiones entre ellas. A veces, la tendencia impuesta en la escritura de dejarse llevar por livianas alegrías a la hora de ordenar estilo y forma, junto a la activación de modas y usos ligeros en el arte del lenguaje, suele producir serios disgustos y graves anomalías también en la vida social y política. Esta actitud es desvergonzada e irresponsable. Y adolece de falta de elegancia.

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En el espacio cultural español, gran parte del éxito que tiene el consumo de productos de exportación rutilantemente vacuos se debe a la vieja tendencia nuestra de dejarse llevar por dos grandes relajaciones mentales: el "fervor sucursalero" y el "afán de novedades".
 
Para Carlos Pereda, filósofo mexicano a quien debemos esta luminosa diagnosis, se trata, en verdad, de una deserción y una desidia del intelecto que impactan con no menor fuerza destructiva en Iberoamérica. Por medio de ambas categorías se sintetiza ese terco hábito de menospreciar las producciones y costumbres propias –cuanto más antiguas tenidas por más arruinadas– y dejarse impresionar por lo foráneo y lo novedoso.
 
El ansia de originalidad y singularidad trae ordinariamente consigo dosis mayúsculas de esnobismo y de presunción, que, pretendiendo enmascarar oscuros complejos, a menudo derivan en el extremismo y la exageración. Y eso que Ortega y Gasset, entre otros, nos previno convincentemente contra estos desafueros de la desgraciada y tonta conciencia. Ocurre, nos dice, que la exageración es "lo contrario de la creación; es la definición de la inercia. Los exageradores son los inertes de su época. El hombre creativo, es decir, el que vive con autenticidad, conoce los límites de su original verdad, y, por lo mismo, está sobre aviso, pronto a abandonarla en el punto donde empieza a convertirse en falsedad" (Revés de almanaque, 1930). Es actitud elegante conocer los límites de la cosa.
 
El escritor Félix de Azúa.Aun advertidos, no es raro, aunque sí estúpido, comprobar cómo un buen número de generaciones de españoles han visto marcados sus creencias y postulados mentales e ideológicos por la sombra de unas usanzas de dudoso prestigio y destino, aunque sobradas de serpentina y luminaria. En un artículo reciente (El País, 10-2-2005), Félix de Azúa saca a relucir alguna de estas modas y vigencias modernísimas, que, procediendo por lo común de tierra gala, han alterado muchas conciencias y las han predispuesto al mal gusto y la desmesura estilística, sembrando asimismo en ellas la semilla de la irresponsabilidad. Con respecto a ellas propone, a la sazón y sin dilación, hacer "borrón y cuenta nueva".
 
Viene su justo alegato a cuento de las fabulaciones narrativas, y viceversa, tramadas por ciertos popes de la alta cultura y confección de la intelectualidad, como Barthes y Derrida, salida, en rigor, de "la ligereza, la liviandad de un mundo intelectual, el de la Francia posterior a mayo del 68".
 
Tal promoción de iconoclastas y rompepelotas, de presuntos provocadores y artistas de lo funambulesco, que cocinan nouvelle vague y otras frivolidades, que deconstruyen cocinas y pensamientos, son peritos de la excepción y la exportación cultural.
 
Al afirmar antes que es preciso precaverse de la tendencia a la mezcla de estéticas, éticas y políticas, tenía presente aseveraciones –de inmediato convertidas en consignas de maîtres à penser– tan descacharrantes como la acuñada por Jean Luc Godard, para quien un travelling cinematográfico, más allá de un simple movimiento de cámara, constituía una genuina cuestión moral. Pues bien, declaro ahora que tampoco es prudente regirse por los patrones de la nacionalidad –y muchos menos del nacionalismo– cultural, que conduzcan, verbigracia, a un chovinismo au contraire, a saber, hacer gala de odio o resentimiento contra todo lo francés, o sea, lo gabacho.
 
Retrato de Frédéric Bastiat.Sucede que del norte de los Pirineos provienen, en efecto, la señal del oscuro francmasón, del malasombra y del felón, pero también la sana francachela de un Rabelais, la sabiduría templada de un Montaigne y la serenidad reflexiva de un Pascal. De allí proceden igualmente las enseñanzas de Constant, Tocqueville y Bastiat, y, más en la actualidad, de Aron, Gauchet y Lefort, de Finkielkraut, Glucksmann y Rosset, por citar sólo unos cuantos tríos de ases.
 
Sea como fuere, y como el necio tiende a escuchar al impostor y a ignorar al discreto, son muchos, entre nosotros, los que se dejan llenar la cabeza de pájaros que hacen volar malsanamente la imaginación a aspirantes a creadores y a no pocos ingenieros y arquitectos sociales, que segregan flujos variados ante la sola perspectiva de ver erigir un edificio o academia con severa inclinación hacia la izquierda, no importa que muestre peligrosos riesgos de desplome.
 
La pléyade de artistas, escritores e intelectuales sesentayochistas con afán de epatar e irritar al burgués se define por su tendencia al exceso verbal, a la pirotecnia sintáctica y a la esquizofrenia semántica, pero, como apunta Azúa, sus desmanes de mandarín no quedan ahí, sino que se extienden alarmantemente hasta el espacio de la irresponsabilidad. Pues irresponsabilidad es ese deleite que exhiben por la banalidad, la flatulenta coquetería y la trivialidad del discurso, lo cual puede aceptarse como una licencia poética, pero poco más: "Como pensamiento serio es imposible". Una irresponsabilidad, con todo, no de su exclusiva y privada incompetencia: "Fue la sociedad francesa entera, o su segmento más culto, quien aceptó estas banalidades como si fueran el fruto de un trabajo real, de una investigación rigurosa, de una tarea severa. En realidad, sólo eran ocurrencias de flanneur".
 
Todo dicho sin exageración, el caso es que se empieza por violar las fronteras que demarcan la rima y el silogismo, el argumento y la argumentación, y se acaba jugando sin freno con las palabras; celebrando el insulto y la insurrección; alabando al verdugo; atropellando con saña lo más sagrado; insultando al que se atreve a criticar la infamia ("¡Facha, facha!"); arropándose entre sí al calor del establo y blindándose, en fin, en la frialdad del análisis subvencionado: "Mientras esta irresponsabilidad, esta moral acomodaticia no se remedie, no habrá una argumentación real contra el terrorismo, el cual recibe en España, por parte de la izquierda, un tratamiento casi delicado". No hay exageración.
 
No le falta razón, pues, a Azúa en sus cogitaciones y conclusiones. Aunque sí comete, a mi juicio, una notoria incorrección al vincular estas malaventuras de la palabra y el estilo, punto de partida de otros desatinos más serios, con la actitud elegante. Escribe: "De Francia, sin embargo, mi generación aprendió la irresponsabilidad elegante, la inmoralidad chic". Error. La irresponsabilidad nunca es elegante, sino todo lo contrario. Es torticera y falaz.
 
Retrato de José Ortega y Gasset.He aquí una radical confusión en el pensamiento español, proveniente de no haber comprendido como es debido el valor de la escritura elegante, la cual, abominando del "estilo almibarado, refitolero y pedantesco de estos manieristas", procura, en cambio, armar un "pensamiento serio", y, justamente, por ello no aburrido, arduo y penoso de leer.
 
La elegancia, como vio y practicó como ningún otro Ortega y Gasset, consiste en saber elegir, en elegir bien e inteligentemente, valga la renuncia. En no jugar con dos barajas, ni al mentiroso. En no dar gato por liebre. En no reírse de lo serio, pero tampoco en tomarse las cosas demasiado en serio. Sobre todo a sí mismo. Elegancia es la cualidad de expresarse con claridad y distinción, respondiendo de ello ante quien lo demande. De ahí su relevancia moral.
 
Por todo ello, la contrafigura del escritor y el pensador elegantes es el plebeyo intelectual; el prosaico, que, en plan poético y con mucha exageración, compone unas ingeniosidades que bobamente solazan a la masa y engatusan al público en general. Azúa, ahora sí, describe con finura ese miedo a ser libre y fiel a sí mismo, aun a riesgo de quedarse solo, "ese temor tan característico del mandarín a ser tomado por inelegante, por plebeyo". Borrón, pues, y cuenta nueva, con elegancia.
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