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ANTICOMUNISMO RETROACTIVO

Ajmátova y Mandelstam

Están apareciendo versiones en lengua española de diversos poetas rusos  de la llamada Edad de Plata, consecuencia, como de costumbre, de una tendencia europea u occidental a desempolvar aquellos clásicos de nuestro tiempo que la III Internacional tuvo en entredicho y que en muchos casos sufrieron persecución por la justicia del "Socialismo con mayúscula", como solía decirse.

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En general, estas traducciones se deben a profesores y lingüistas sumamente competentes, hoy por fortuna muy abundantes en nuestra patria y en las demás de nuestro entorno. Menos abundantes son en cambio los poetas que se hayan puesto a la tarea y entre ellos, modestamente, está el que suscribe. En fechas muy recientes, y por encargo de la Fundación malagueña Generación del 27, puse en verso castellano los tres poemarios que llegó a concluir y publicar mientras vivía Ossip Mandelstam, y en fecha más remota, y por cuenta propia, hice lo propio con el Requiem de Ana Ajmátova. Hace poco, al comentar una nueva versión de este Requiem y otros poemas de la misma poetisa, cierto crítico tenía la fineza de evocar esa versión antigua del poema sin mencionar el nombre de su autor, que en el diario donde opera goza desde su fundación de la orwelliana categoría de Unperson, hasta el punto de que tampoco ha aparecido en sus babélicas páginas la menor referencia a los tres libros de Mandelstam que hizo el esfuerzo de traducir en verso.
 
Dado que la aludida versión del Requiem es ya historia, quisiera aportar algunas noticias de primera mano por si le interesan a algún erudito. Yo traduje el Requiem en torno al año 1965, puede que algo después de mi primer viaje a Rusia y único al "País de los Soviets", como diría Tintin. Vivía yo entonces en Ginebra, donde estudiaba ruso con un antiguo funcionario de la Sociedad de las Naciones que se llamaba Vladimir Sokholin, cuya foto con barbas bolcheviques puede verse en el museo del Palacio de las Naciones entre la de su compañero el jorobado Rosenberg y la de don Pablo de Azcárate. Sokholin se quedó en Ginebra cuando empezaron las purgas y se ganaba la vida dando clases. Aunque en el fondo siguiera siendo bolchevique, su cabeza afeitada, un corto bigote de guías en punta y una cicatriz en una mano le daban más bien aire de antiguo oficial del Ejército blanco. En Ginebra siempre hubo mucho ruso y, en aquellos tiempos, muchos simpatizantes del régimen soviético. Unos de éstos trajeron incluso al poeta Surkov, presidente a la sazón de la Unión de Escritores, a quien el año anterior había tenido el privilegio de oír perorar en la sede moscovita de esa benemérita entidad. Asistimos al acto Valente y yo. Surkov, parapetado en su idioma y en su intérprete, me dijo a mí que en Occidente sólo se interesaban por los escritores rusos contrarrevolucionarios y que en cambio ellos no tenían esos prejuicios, de lo que era prueba la traducción de todas las obras de Juan Goytisolo, por ejemplo, a pesar de que fuera español. También me dijo que la Ajmátova se había avenido a razones y que, de acuerdo con las autoridades, estaba elaborando una nueva versión del Requiem, más equilibrada. Valente no se quedó conforme y quiso pedirle más explicaciones y el otro le replicó vociferando en su lengua y dando por clausurada la sesión. Yo había escrito por entonces un poema titulado Dialéctica, que Valente me desaconsejó que incluyera en el libro De palabra en palabra, aún inédito. Al salir del acto aquél, Valente me pidió el poema para volverlo a leer. El poema, con las bendiciones de Semprún, estuvo a punto de salir en Ruedo ibérico.
 
Logré hacerme de una versión bilingüe del Requiem publicada en Alemania Occidental y lo traduje lo mejor que pude. Se la propuse a Batlló para El Bardo y él me dijo que bueno, pero si yo costeaba la edición. Lo mismo me había dicho cuando le propuse mi libro De palabra en palabra, que luego me publicaría, con premio, Cultura Hispánica. En mi caso, me negué, máxime sabiendo como sabía que a otros poetas de mi edad andaba pidiéndoles originales de rodillas. En el caso de la Ajmátova (que por cierto, si no es por mí, seguirían aún escribiendo Akhmatova) le pedí a Jorge Cela que le girara a Batlló las cinco mil pesetas que me daba Alfaguara por La operación Marabú. Por fin salió El Bardo con mi versión y con un prólogo, mitigado todo por Batlló con ditirambos lacrimógenos a Nazim Hikmet, a Neruda, a Celaya y otros "luchadores por la libertad". En aquellos tiempos la crítica me hacía algún caso, y entre los que escribieron sobre mi versión quiero destacar, por su gran conocimiento de causa, a Antonio Tovar. No faltó —todo hay que decirlo— quien se fijara más en mi prólogo que en los versos de la Ajmátova, y esto irritó a Batlló de tal modo que me dijo que si el poema se reeditaba sería sin el prólogo aquel. De aquellas calendas debe de datar una antología de poesía española contemporánea que hizo Batlló y en la que figuraban todos aquellos poetas a los que no les pedía que le pagaran por el honor de publicar sus libros en su prestigiosa colección.
 
Ahora que en España el anticomunismo retroactivo toma el relevo del antifranquismo retroactivo, hay mucha lágrima de cocodrilo sobre la Ajmátova y sobre Mandelstam.
 
 
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