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CRÓNICAS COSMOPOLITAS

Autopsia de un cadáver (y 2)

La semana pasada el gong interrumpió mis "piropos" a Hermann Tertsch, y no quisiera que mis lectores guardaran mal sabor de boca, porque si lo que escribí sobre sus diferencias con la línea oficial de El País es cierto, en muchas ocasiones coincide con dicha línea, y, como todos, paga el obligatorio peaje anti Bush, sin el cual no hay carrera posible en ese periódico.

La semana pasada el gong interrumpió mis "piropos" a Hermann Tertsch, y no quisiera que mis lectores guardaran mal sabor de boca, porque si lo que escribí sobre sus diferencias con la línea oficial de El País es cierto, en muchas ocasiones coincide con dicha línea, y, como todos, paga el obligatorio peaje anti Bush, sin el cual no hay carrera posible en ese periódico.
El conformismo de este señor se inscribe en una corriente socialburócrata europea que sueña convertir nuestro viejo continente en superpotencia, hostil a los USA, no faltaba más, pero, en su caso, también al terrorismo islámico, con lo cual discrepa de muchos de sus camaradas del mismo rebaño, dispuestos a aliarse con quien sea, Irán, Hamas, Ben Laden y sus asesinos asociados, contra los USA.
 
Pero ese europeísmo que le impulsa a elogiar Angela Merkel, más de lo debido a Cebrián y en contradicción con sus propios artículos, ya que la canciller es claramente "atlantista", también le hace sucumbir en el más absoluto ridículo, como cuando afirma que la potiche Javier Solana ha sido el artífice de la "revolución naranja" en Ucrania, sin citar siquiera a EEUU en esos acontecimientos, lo cual se merecería el primer premio de salto mortal en cualquier concurso circense.
 
Hablando de otro aspecto de lo mismo, hablando de las caricaturas de Mahoma (lo escandaloso fue que fuera escándalo), El País ha hecho lo de siempre: defender a rajatabla la línea oficial, la "alianza de civilizaciones", la luna de miel Rodríguez/Erdogan –y el propio Tertsch condenaba las caricaturas, porque eran "feas"–, y admitiendo en sus columnas muy pocas opiniones sensatas. De lo que he leído, lo mejor, tratándose de colaboradores habituales, fue lo escrito por Fernando Savater: 'Fanáticos sin fronteras' (El País, 11-2-06), donde no sólo se mofa de las declaraciones bizantinas del dúo anémico Rodríguez/Erdogan y de muchos otros, como Jean Daniel y su hipócrita exquisitez, que acepta la blasfemia sólo a condición de que sea de buen gusto y con dignidad artística ("es de los que sólo disfrutan los strip-teases cuando se realizan con música de Mozart"); arremete asimismo contra Sami Naïr (recordaré que hace pocos meses fue condenado por antisemitismo, junto con Edgar Morin, por un tribunal francés), el cual acusa a los daneses, al Jyllands-Posten y al mundo entero, de conspiración de extrema derecha contra el Islam, cuando, nota Savater, citando al corresponsal de El País, ese diario es "una publicación de centro derecha, seria y respetada". Pero, añade, "¿acaso debe carecer de libertad de expresión la extrema derecha?".
 
Juan Luis Cebrián.Lo cual no es exactamente lo que escribe su señorito Cebrián, más partidario, como el resto de El País, de la consigna de Saint-Just: "Nada de libertad para los enemigos de la libertad". Siendo estos enemigos, obviamente, los enemigos del Imperio Polanco y, más universalmente, los enemigos del Islam.
 
Paso de largo el resto del artículo para llegar a su conclusión-moraleja, en la que cita a Raoul Veneigem, quien escribió que "nada es sagrado" y que, por lo tanto, todo el mundo tiene derecho a criticar y a burlarse de todo, religiones como ideologías, políticos como sacerdotes, gurús como papas y popes, jefes de Estado como reyes. Amén, concluye Savater.
 
Bien, estoy de acuerdo: la libertad de expresión no debe tener cortapisas; pero, aparte de que se contradice, ya que pocas líneas antes escribe que "para los casos litigiosos están las leyes y los tribunales", lo cual constituye una evidente traba a la libertad (yo no confío en los tribunales), al criticar a todos corres el riesgo de no criticar a nadie. Pero bueno, acepto el reto y critico al gurú Guy Debord, y a su lugarteniente Raoul Vaneigem, papas que fueron de la Internacional Situacionista. Savater pone "el ex situacionista", sin decir que fue "ex" dos veces.
 
Estoy dando un rodeo, pero puede que interese a ciertos de sus alumnos –no es lo suficientemente sectario para tener discípulos–. Vaneigem fue expulsado por Debord de la IS en mayo de 1968, porque mientras ellos, los situacionistas, cambiaban la vida, la sociedad, las costumbres, las catacumbas (y el cine), él se dedicaba a la "dolce vita" en Córcega. La segunda y definitiva fue en 1969 (¿o en 1970?), cuando toda la IS se autoexcluyó, o se disolvió, por orden del líder máximo Debord, quien se cansó de su juguete y lo rompió. Lo hizo ideológicamente, declarando en un comunicado oficial que se disolvían porque habían triunfado y sus ideas se habían convertido en las ideas dominantes en la sociedad, que actuaba según los criterios situacionistas, y que por lo tanto si continuaban corrían el riesgo de convertirse en parásitos burocráticos, como las demás organizaciones pseudorrevolucionarias.
 
Que "la Francia de Giscard" fuera situacionista, que se hubiera destruido el capitalismo –objetivo final del grupo–, que gobernaran los consejos obreros, etcétera, no era un delirio, sino una broma pesada, el capricho de un niño litri. Lo que sí ocurrió, por aquel entonces, fue que el situacionismo se puso a la moda de manera espectacular: se reeditaron sus libros, se les encargó otros, se montó una productora de cine dedicada exclusivamente al genio Debord, etcétera, de forma que éste pudo independizarse económicamente y abandonar la "propiedad colectiva" del grupo, para pasarse a su "propiedad privada" de estrella de la moda.
 
Stalin.Como ocurre a menudo, los bobalicones, incluido a Rafael Conte, no entendieron, o no leyeron, la "obra" de Debord y sus compinches, y creyeron que su crítica de la "sociedad del espectáculo" era una crítica de la publicidad, de la televisión y cosas así, sin enterarse de que lo que condenaban eran las sociedades "spectaculaires-marchandes" (espectaculares y mercantiles), porque el meollo de todo era su condena del capitalismo, mercantil, of course; añadieron "espectacular" para dárselas de modernos, y sus escritos constituían plagios a tijeretazos de la obra de Marx, con alguna fleur de saison para adornar. Hablo de Debord; Vaneigem era mucho más escritor.
 
Pero volvamos a cosas más siniestras aún, o sea, a El País. Hace tiempo que pienso, y a veces lo he escrito, que la extraordinaria operación de ilusionismo, la vuelta de la tortilla del "culto a la personalidad" de Stalin, convirtiendo a éste en el único malo de la película, el chivo expiatorio de todos los crímenes del comunismo, hasta en Camboya, veinte años después de su muerte, operación tan mágica como lo fue el "culto a la personalidad", pero al revés, era Dios y se convierte en Lucifer, operación que permite salvar algunas cosas del naufragio, condenar al tirano pero salvando su régimen, separando artificialmente, utilizando la jerga de los trotskistas, el "comunismo estalinista" del comunismo bueno y generoso, el de Marx, Lenin, Togliatti, otros (se admite cierta discusión sobre los "buenos" y "malos" dirigentes), no podía durar eternamente. Stalin se identifica tan radicalmente con el comunismo totalitario que no se les puede separar impunemente. Stalin fue el comunismo, y fue un monstruo, como el comunismo. Pero, mirando el patio, los Frutos, Bertinotti, Buffet, etcétera, era inevitable que alguien, añorando la potencia pasada, reivindicara a Stalin e intentara su rehabilitación.
 
Pues en eso estamos, ha comenzado la revisión del "antiestalinismo". El País (sí, no he terminado con el cadáver) publicó el 4 de marzo un artículo de K. S. Karol: 'Los crímenes de Stalin' (no pone comillas en el título, es inútil, están en el texto), en el que este agit-prop mercenario de izquierdas, con motivo del 50º aniversario del ilustre XX congreso del PCUS, critica a Jruschov y su informe "secreto" y defiende airadamente a Stalin.
 
Son los primeros jalones de una rehabilitación, y es aún algo prudente. De entrada, escribe: "Hoy se pretende en Moscú que éste [el XX congreso] sentó las bases para el estallido del país del socialismo". Karol está de acuerdo con Moscú, yo no: no considero que tuviera tanta importancia positiva. Lo que sí demostró dicho congreso fue las contradicciones y los problemas insolubles del sistema comunista.
 
Hoy, en Moscú, Putin echa mano de todo lo que cree que puede servir al reforzamiento de la superpotencia rusa, Stalin como los zares, la Iglesia ortodoxa como el marxismo-leninismo, y no nos olvidemos de Gazprom. Desde luego, ni él, ni Karol, ni Santos Juliá, si se pone, lograran resucitar del todo a Stalin, aunque, eso sí, pueden volver a llenar el Gulag.
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