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LAS GUERRAS DE TODA LA VIDA

Charlton Heston

Acaba de morir un hombre poderoso, que compensaba con una fina inteligencia sus a veces cortas dotes de actor. Y yo acabo de leer comentarios sobre él en distintos medios de prensa sin dejar de asombrarme de la profunda ignorancia que sobre los Estados Unidos cultivan no pocos periodistas, que saben que a su público, tan ignaro como ellos, le encanta cuando dan un palo a los yanquis.

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Heston era un modelo de americano, como lo fue en otro orden de cosas John Wayne. El Duque representaba la construcción del Estado por y para el individuo, la lenta conquista de un territorio para extender, los hombres, de uno en uno, la ley para todos y de todos. Naturalmente, Wayne iba armado, era estupendo con un Colt en la mano, y decía (en El Álamo, aunque personaje y actor se confunden, y ésa parece ser la máxima de todo su cine) que "un hombre tiene que hacer lo que tiene que hacer", premisa moral que en su día sirvió para que miles de granjeros, comerciantes y profesionales lo dejaran todo para seguir a Washington en la larga batalla contra los ingleses en 1776. Nathanael Greene era obrero en una fundición, Henry Knox era librero en Boston, y en seis meses llegaron a ser generales, buenos generales. De esa estirpe era Wayne.
 
Heston representaba la tradición progresista americana fuera de la pantalla. En el cine, era un héroe mayor. Nunca entendí por qué la película de Samuel Bronston sobre el Cid, que él protagonizó, fue siempre objeto de burla por parte de los progres españoles, que siempre despreciaron al actor y al personaje. ¿Por extranjeros? ¿Por la ajenidad de algunos pasajes de la cinta? Nada más ajeno a una remotamente posible realidad que la escena de Juana la Loca, de Vicente Aranda, en la que Felipe, en pleno mes de diciembre, llega a Burgos y un criado le espera en las escaleras del palacio con un vaso de agua helada, mantenida así en una jofaina llena de hielos redonditos, de gasolinera. Ningún Quijote español ha sido más propio que el del inmortal Nikolai Cherkasov dirigido por Kosintsev, y eso viene de 1957, cuando Orson Welles andaba dando vueltas ya con su inacabado e inacabable proyecto.
 
Claro que la progresía española, que ahora no tiene ni siquiera tesis de las que echar mano, sostenía en los años del rodaje que el Cid era un personaje franquista; es decir, y por utilizar la palabra prohibida, español. Venían a coincidir con ese profundo pensador, ya fenecido, llamado Jon Idígoras: España y Franco son lo mismo.
 
Martin Luther King.Uno de los que hoy hablan en la prensa de Charlton Heston parece dividir su biografía en dos etapas, una progresista y otra reaccionaria. En la primera, el hombre andaba por ahí acompañando a Martin Luther King en su lucha por los derechos civiles; en la segunda, era republicano y presidente de la Asociación Nacional del Rifle, cosas que se suponen incompatibles con la anterior. Desde luego, olvida el cronista que el Partido Republicano, así bautizado en honor al desaparecido Partido Demócrata Republicano de Thomas Jefferson, fue el partido de Abraham Lincoln, el partido abolicionista, el partido del avanzado Norte industrial del país que fue a la Guerra Civil contra el atrasado Sur esclavista y de economía de plantación.
 
No todo el Partido Republicano estuvo con Luther King, pero tampoco el Partido Demócrata lo estuvo en su conjunto: sólo el ala roja de los Kennedy, el presidente John y su hermano, el secretario de Justicia Robert, con grandes oposiciones en sus propias filas. No podía haber habido mejor sucesión para Franklin D. Roosevelt y Harry S. Truman, los presidentes demócratas de la Segunda Guerra Mundial (Hiroshima incluida), que el republicano Einsenhower, héroe mayor de la contienda.
 
Yo he dejado de entender hace mucho las diferencias entre izquierdas y derechas, si es que las hay (entiendo, por supuesto, las diferencias entre liberalismo e intervencionismo o entre laicismo y religión, pero hoy por hoy todo el mundo es feminista, divorcista, partidario de las bodas gay, antinuclear, etc.). Pero lo que menos entiendo es que se identifique al Partido Republicano con la derecha y al Partido Demócrata con la izquierda. ¿Acaso se trata de la guerra? El demócrata Kennedy entró en Vietnam y el republicano Nixon salió de allí. ¿De la bomba? La hizo tirar un demócrata. Y que conste que yo soy de los convencidos de que Hiroshima y Nagasaki ahorraron millones de vidas, no sólo porque Japón no pensaba detenerse, sino porque puso coto a otros desastres posteriores: jamás se volvió a emplear. ¿De Cuba? Nadie hizo tanto contra Castro como Kennedy.
 
Pues bien: de pronto, si se lo mira así, lo de apoyar a Luther King y lo de ser a la vez republicano ya no es tan contradictorio. Pero lo de la Asociación Nacional del Rifle permite a los plumíferos decir que Charlton Heston era de ultraderecha (también lo dicen de Pim Fortuyn). Pues verá usted: el derecho a portar armas es fundacional en la democracia americana. Por ese derecho, las cosas fueron como lo dije al principio de esta nota: los individuos extendieron el Estado hasta que cubrió todo el territorio.
 
¿Se podía confiar en un sheriff? Bueno, en Gary Cooper solo ante el peligro. O en Wyatt Earp. Pero en general no se podía ni se puede confiar porque sí en nadie que ostente la representación del Estado: el Estado es representación (en los Estados Unidos; aquí es una risa esa ristra de desconocidos que ocupan escaños porque la gente ha votado a otro que pasa por ser su jefe de filas, por no hablar del hecho de que un poder como el judicial, un tercio del Estado, se cubre por oposiciones o por negociaciones entre jefes de partidos, y no por método democrático alguno), y hasta el sheriff es elegido; pero sabemos que puede haber fraude, violencia, imposiciones, corrupción: mejor tener un arma a mano, para defenderse de los delincuentes a los que la policía permitió llegar hasta uno y para defenderse de esa misma policía.
 
Y resulta que eso pensaba el ultraderechista Charlton Heston: derechos civiles e igualdad, republicanismo, liberalismo en lo económico y derecho a defenderse del Estado tanto como de los demás.
 
Por supuesto, todos sus personajes épicos (que fueron la mayoría) significan algo en la cultura occidental, en la formación del universo judeocristiano: Moisés, Ben Hur, Miguel Ángel, el Cid, Marco Antonio... Lo he contado alguna vez aquí, pero lo reitero: yo hice buen uso de esas películas para que mis hijas, de escuela laica, pudieran entrar alguna vez al Prado y entender lo que veían, además de enterarse de que existía un personaje llamado Dios y una experiencia espiritual llamada fe. Pero el hombre no se quedó ahí: El planeta de los simios es un clásico irrefutable y, sospecho, después de ver el remake, inimitable.
 
Y él mismo fue a buscar a Orson Welles para que dirigiera Sed de mal, y puso dinero de su bolsillo para que los productores contrataran a Marlene Dietrich. Le gustaban las buenas compañías.
 
Padecía alzheimer y hacía años que lo había olvidado casi todo.
 
 
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