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ECONOMÍA

El Estado sí que genera incertidumbre

Marx veía el capitalismo como una anarquía productiva en la que cada empresario explotador desarrollaba sus planes por su cuenta, sin orden ni concierto. Este sistema, sostenía, era mucho menos eficiente que el socialismo, en el que la producción sería diseñada desde arriba con criterios científicos.

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Fred Macaulay, el economista que desarrolló el famoso concepto de duración de los bonos, también consideraba que los mercados, sobre todo los bursátiles, seguían un rumbo aleatorio que los hacía imposibles de prever. Así las cosas, una insuperable incertidumbre provocaba errores en la asignación de los recursos, por lo que era de todo punto necesario una mayor intervención del Estado, para procurar estabilidad a las expectativas.

En cuanto a Keynes, consideraba que los mercados de valores se comportaban como casinos presididos por el caos y la irracionalidad, de modo análogo a como acaecía en su famoso ejemplo del concurso de belleza: en la bolsa los especuladores tratan de anticipar qué acciones comprarán los demás, en vez de concentrarse en las objetivamente mejores. Las olas de euforia y de pesimismo en la bolsa, sostenía el inglés, se hacían sentir de lleno en el resto de la economía: cuando la bolsa pinchaba, las perspectivas de ganancia se derrumbaban y la economía encallaba en una depresión de la que era muy difícil salir sin ayuda gubernamental. Por eso, al igual que Macaulay, defendía que el Estado tuviera más peso en la economía: sólo así se lograría que una parte significativa de la actividad productiva estuviera aislada de la maniaco-depresiva irracionalidad de los mercados.

Los tres casos –y tantos otros que podríamos citar: John Kenneth Galbraith, Hyman Minsky...– coinciden en la caracterización del mercado como una institución descoordinada y descoordinadora. La irracionalidad individual, los sesgos informativos y los movimientos gregarios conducirían a asignaciones subóptimas de los recursos, razón por la cual parte –o la totalidad– de la actividad productiva debería ser puesta en las más rigurosas, sensatas y largoplacistas manos del Estado.

Por motivos opuestos, los tres pensadores coincidían en ver al Estado como una institución coordinadora, en la que los políticos buscan el bienestar común, disponen de la información y los medios suficientes para lograrlo y proceden de manera completamente previsible para todos los agentes económicos.

La crisis actual ha vuelto a popularizar esa particular visión de la realidad: los mercados irracionales, especulativos y codiciosos han generado una depresión que sólo el Estado ha sido capaz de frenar, y sólo el Estado puede prevenir que vuelva a producirse una igual en el futuro, por medio de una regulación financiera omnicomprensiva. A los mercados hay que atarlos bien cortos, impedir que puedan salirse de madre y restringirlos a modo: sólo se admitirán los procesos sociales que se desarrollen de acuerdo con las regulaciones estatales, esto es, sólo se admitirán aquellos procesos que los reguladores hayan entendido o que crean haber entendido.

El problema es que el futuro no es incierto por culpa del mercado, sino porque cuanto más especializadas e interdependientes se vuelven las relaciones económicas, más incierto se vuelve el futuro, ya sea el inmediato, el mediato o el que aún aguarda bien lejos.

El aumento de la especialización nos permite beneficiarnos del uso de un creciente volumen de conocimiento. Si todos tuviéramos que aprender de todo, no podríamos profundizar en nada, de modo que el volumen social de conocimiento sería muy limitado; si cada uno se especializa en un área del conocimiento, la cantidad de información que a nivel agregado seremos capaces de manejar será infinitamente superior. Ahora bien, cuanto más especializados se vuelven nuestros comportamientos, más difíciles resultan de prever: si yo conozco el marco en el que opera otro individuo (porque los dos tenemos conocimientos similares), puedo anticipar con mayor certeza sus acciones futuras; si lo desconozco por entero (porque yo sea economista y él, físico nuclear), me será muy complicado adivinar sus planes.

El aumento de la interdependencia deriva en parte de esta especialización del conocimiento: mis acciones se van volviendo cada vez más dependientes de las de los demás. Si no sé cultivar alimentos, ni tejer ropa, ni fabricar un automóvil, pero sí construir casas, el que pueda procurarme comida, vestido y transporte dependerá de que los demás aprecien las viviendas que construyo. La división del trabajo y del conocimiento implica que todos nos volvemos crecientemente dependientes de todos, de modo que una revisión individual de mis planes puede tener efectos fenomenales sobre los demás. De ahí que las sociedades con altos grados de interdependencia sean muy imprevisibles: nadie puede conocer con certeza los efectos finales de sus propias decisiones ni, mucho menos, los efectos finales de las imprevisibles decisiones ajenas.

La disyuntiva entre un mercado especulativo e incierto y un Estado calculador y racional es falsa. La disyuntiva se da entre órdenes simples y órdenes complejos: en los primeros el futuro resulta, dentro de ciertos parámetros, bastante previsible, mientras que en los segundos la posibilidad de que surjan cisnes negros aumenta con el grado de complejidad. Los órdenes simples vienen caracterizados por la pobreza –lo que les vuelve muy dependientes de un entorno que no pueden controlar–, y los complejos se caracterizan por el crecimiento de la riqueza –lo que les vuelve bastante independientes del entorno pero muy dependientes de que los mecanismos internos de coordinación social sigan funcionando–.

En relación con la disyuntiva anterior surge una cuestión fundamental que atañe al Estado y al mercado: ¿qué infraestructura social es más adecuada para servir como soporte de los órdenes complejos? Y aquí la respuesta es, claramente, el mercado. No tiene el menor sentido que adoptemos un orden tan complejo que resulta ininteligible para cualquier mente humana y luego propongamos confiar a una o varias cabezas privilegiadas la toma de decisiones: si el conocimiento está descentralizado, también debe estarlo el poder de decisión. En caso contrario, el orden tenderá a reducirse a la minúscula complejidad que pueda manejar el cerebro que esté al frente del Estado.

El mercado, en cambio, es un mecanismo capaz de manejar un volumen de conocimiento muy superior. Un volumen de información que, además, está continuamente creándose y modificándose, a través de los aciertos y errores de cada individuo. Querer someter toda la complejidad del mercado a la comprensión del ser humano es renunciar a su mayor ventaja: la capacidad para coordinar de manera descentralizada a millones de personas que persiguen fines muy diferentes y que manejan –y crean– tipos de información muy distinta.

Cuando los intervencionistas defienden que el regulador tenga más presencia en la economía para reducir la incertidumbre del mercado, su argumento nunca es: "Empobrezcámonos todos a base de rebajar la complejidad de nuestras sociedades, así rebajaremos la incertidumbre", sino esta falacia: "Mantengamos o aumentemos la complejidad del mercado para mantener o aumentar nuestra riqueza y, al tiempo, rebajemos la incertidumbre por medio del Estado".

Del empleo de un instrumento inadecuado para lograr un fin imposible sólo puede esperarse, a corto y medio plazo, distorsiones en la coordinación humana, que añadirán nuevas y peligrosas incertidumbres al futuro. Aun creyendo que los políticos no tienen sus propias agendas y se desviven por el bien común –que ya es creer–, lo cierto es que aun así les resultaría imposible diseñar relaciones humanas tan especializadas e interdependientes como las que se dan en un mercado libre. El ordeno y mando político dará lugar a errores que, a su vez, abonarán el terreno para nuevas intervenciones... que enmienden la plana o complementen a las anteriores. Es decir, el Estado genera una incertidumbre que se superpone a la propia de todo orden complejo: la derivada de la imprevisibilidad tanto de la reacción de los políticos ante las dinámicas sociales como de las consecuencias que se derivarán de dicha reacción. Robert Higgs ha denominado a esta nueva incertidumbre "incertidumbre-régimen"; la cual, además, no hace sino incrementarse por la cantidad de regulaciones e intervenciones que los políticos adoptan para volver más previsible el mercado.

No es que el mercado sea un mecanismo que genera una coordinación social perfecta; es que se trata de lo único que a largo plazo nos permite disfrutar del orden complejo que hace posible la división del trabajo y, con ella, el aumento de nuestro nivel de vida.

El estatismo sólo podría funcionar en órdenes simples y atomizados, en los que el gendarme de turno pueda comprender la naturaleza de todos los procesos productivos y de todos los intercambios. De ahí que la regulación que surja de la mente del regulador sólo pueda destruir la división del trabajo o distorsionarla hasta tal punto que las incertidumbres, lejos de disminuir, aumenten.

Algunos acuden a Rappel para que les descifre los avatares del futuro, otros prefieren a los políticos.

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