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LAS GUERRAS DE TODA LA VIDA

El frente popular

Finalmente, el mapa de España está como siempre ha estado. Todo azul, salvo en el País Vasco, Cataluña, Asturias y Andalucía. 

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Una parte importante de la población española se define por lo anómalo. Porque no me irán a decir que no es anómalo que Sabino Arana, Lluís Companys, Pepe Díaz y Aída Lafuente sigan rigiendo en la conciencia de cuatro de los pueblos que componen esta especie de centón por momentos mal cosido y que nadie repasa aguja en ristre aunque se lo demanden las urnas. Puede estar seguro Mariano Rajoy de que uno de los motivos por los que hoy se encuentra en La Moncloa es el interés y la preocupación de sus electores por una España unida, algo que ha pesado al menos tanto como la crisis a la hora de decidir el voto.

Es cierto que si hay una costumbre tan arraigada como extendida en el PSOE es la traición. Zapatero no cometió los mismos errores que Azaña en el País Vasco y Cataluña: hizo lo que le pedía el cuerpo, es decir, ceder a los reclamos de los nacionalistas de toda laya, los de Amaiur como los del PNV, los de Convergencia como los de ERC. Y ahí tenemos un Estatuto catalán inasumible desde un punto de vista constitucional –por mucho que lo haya cepillado y peinado el correspondiente Tribunal–, aprobado por todos los socialistas de la Cámara, incluido Alfonso Guerra, salvo Joaquín Leguina, que tuvo un oportuno infarto. Y no tenemos en marcha el Plan Ibarreche porque rozaba lo grotesco eso de querer ser Puerto Rico cuando ni Puerto Rico quiere serlo.

En Andalucía, el nacionalismo no ha prosperado de la misma manera que en los casos vasco y catalán. El converso Blas Infante es un exceso hasta por comparación con Arana, que ya es decir. Su racialismo es de un orden diferente, más próximo a Washington Irving que al Muftí. De modo que los andaluces, que son de izquierdas pero no tontos, lo relegaron a lo de la realidad nacional y siguieron votando al PSOE, y ahora también a IU, con contumacia. Ni los ERE, ni la cocaína de Guerrero, ni los informes inventados de la niña Gómiz ni la conversión de Rosa Aguilar al zapaterismo han conseguido cambiar el derrotero frentepopulista, que ya sabemos cómo acaba siempre: con una deriva del PSOE hacia la izquierda, sea esto lo que sea –eutanasia y PER en el mismo saco–, y con Negrín abrazado a los consejeros soviéticos, que gracias a Dios ya no están. Los resultados también los conocemos: el frente popular no gobierna ni deja gobernar, genera atraso –los treinta años a los que se refirió Rajoy en Seúl; quedándose corto, porque no es 1982 lo que se nos viene– y encona a la sociedad española, que se deja llevar.

En Asturias no hay Pepe Díaz asumiendo la secretaría general en el IV Congreso del PC en Sevilla la Roja de 1932. Hay el levantamiento de 1934 en la cuenca minera, que tanto contribuyó a acelerar la probablemente inevitable guerra civil, y una tradición libertaria, encarnada en Aída Lafuente, aunque socialistas y comunistas hayan hecho su agosto entre aquellos días y 1936. No debió de ser casual que la insurrección asturiana y la proclamación del Estat Català tuvieran lugar el mismo día, el 6 de octubre de 1934.

Y esta vez no hubo un López de Ochoa que pacificara. Estaba claro que el planteamiento era el mismo que en Andalucía: izquierdas contra derechas, esperando cada una formar Gobierno. Pero haríamos mal en acusar en exclusiva a las izquierdas del pésimo manejo político del proceso electoral en Asturias. Primero, porque estas elecciones no tendrían que haberse celebrado diez meses después de las anteriores. Segundo, porque se celebraron por decisión de Álvarez Cascos, un hombre que no pudo gobernar porque se presentó sin partido –el Foro no es un partido, sino un grupo de alcance regional–. Tercero, porque eso sucedió por puro emperramiento, de Cascos y de Rajoy, a la hora de cerrar las listas: todos sabíamos, hasta un zote como yo, que Cascos iba a ganar. ¿Por qué, entonces, no cederle la cabecera del PP? La tozuda realidad les llevará ahora a entenderse, por difícil que les resulte, si no quieren otra cita electoral en seis meses.

Poco antes de conocerse el resultado final, sin embargo, cabía la posibilidad de un empate en número de diputados asturianos, que debía romper UPyD. Felizmente, no se llegó a ese extremo, sobre todo por UPyD. Hubiese aclarado por fuerza las ideas de ese partido. Por un lado, Rosa Díez estaba en deuda con Cascos, porque Foro le ofreció un diputado para que tuviese grupo propio y no se diluyera en las turbias aguas del Mixto, una aberración que debería corregirse cuanto antes. Por otro, tiendo a creer –nada afirmo– que el corazón la hubiese llevado por la senda del frente popular, pese a todas las evidencias de error, en un Principado al que los socialistas han llevado a una situación miserable. Los socialistas, empezando por Felipe González con su reconversión industrial que no fue tal, sino lisa y llana desindustrialización: ¡y el hombre ha sido cooptado para el grupo de sabios europeos! Por el eje francoalemán, claro. Al fin y al cabo, los alemanes lo pusieron en Suresnes y le dieron el empujón hacia La Moncloa hace tres décadas. Y perdón por la digresión.

Vuelvo a Andalucía. Los resultados excluyen al PP de cualquier decisión de gobierno, aunque sea la fuerza más votada. Pero, además, tienen un efecto inmediato en Extremadura, donde Monago no podrá sostener por mucho tiempo su alianza contra natura con IU. Tal vez sea mejor: las cosas claras. También allí, pese a Rodríguez Ibarra, el hombre que no debe ser, la izquierda es mayoría. Y la famosa marea azul se había encontrado con un serio escollo. Hay que reconocer las dotes negociadoras de don José Antonio Monago Terraza, quien aprovechó el raigal oportunismo comunista para hacer lo posible. Pero ese acuerdo tiene los días contados. Basta con verle la cara a Cayo Lara para comprenderlo (en ningún otro partido ha sido tan evidente la decadencia moral e intelectual como en IU, de Anguita a Lara, pasando por el doctor Llamazares).

Cuando alguien dijo por vez primera aquello de que el PSOE es el partido que más se parece a España, no hizo tanto un juicio político cuanto un juicio moral, y no sobre el socialismo local sino sobre los españoles. Como es habitual, la frase alude sólo a la mitad de España, y viene a decir que esa mitad, a la que a veces se le suma y a veces se le resta uno, es de izquierdas, carga con toda la historia de la izquierda española, una historia curiosa que va de la colaboración con Primo de Rivera del Lenin español, Largo Caballero, hasta la entente de Negrín con los rusos. La mitad más uno o la mitad menos uno de los españoles es frentepopulista y, por momentos, antiespañola. Cuando parecía imponerse la razón, es decir, hasta el sábado 24 de marzo, volvieron a imponerse. Y que el nuevo Gobierno andaluz, con todos los corruptos dentro y radicalizado hacia la izquierda, nos coja confesados. Va a ser muy difícil. 

 

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