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CATALUÑA

El cisma identitario

Cometería un flagrante delito de intrusismo si me arrogara el derecho a opinar, desde un punto de vista religioso, sobre conflictos confesionales que no entran en el marco de mis conocimientos ni de mi ideología.

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Sin embargo, el movimiento cismático que se registra en la Iglesia católica de Cataluña no es producto de diferencias teológicas, sino de las mismas motivaciones identitarias que alimentan los proyectos de desmembrar la nación española en lo institucional, lo social, lo jurídico, lo económico, lo cultural y lo educacional. Se trata, por tanto, de un problema político, y es lógico que, por serlo, justifique la intervención de los ciudadanos, creyentes y no creyentes, a los que preocupa y alarma la amenaza de balcanización. Sobre todo porque el hecho de que a los secesionistas no los detenga ni siquiera la posible ruptura blasfema de lo que para ellos debería ser sagrado demuestra que sus obsesiones irracionales no conocen límites.

Un exabrupto injurioso

Me ocupé de este tema en mi libro Por amor a Cataluña. Con el nacionalismo en la picota (Flor del Viento, 2002), donde reproduje una polémica que, como veremos, hoy se repite. Manuel Valls i Serra, entonces director de Catalunya Cristiana, escribió (La Vanguardia, 6/1/1997):

Podría suceder que –sin quererlo– estuviésemos haciendo un catalanismo eclesial demasiado vinculado a una toma de posición política concreta. Ciertas tomas de posición, ¿no hacen aparecer a la Iglesia como agente o transmisora subalterna de una política que a otros podría parecer discutible? (...) Una parte importante de nuestros conciudadanos tienen el catalán como segunda lengua, pero habitualmente continúan hablando en castellano (...) Cuando en nuestra sociedad se está abriendo un debate sobre estas cuestiones, sería una paradoja que nosotros nos obstináramos en repetir de memoria, una y otra vez, unos planteamientos que no respondieran adecuadamente, por lo que parece, a la complejidad del problema tal como hoy se presenta (...) Cuando se sugiere una diferenciación con la conferencia episcopal española, porque –se dice– "en ella no nos sentimos representados", estamos pidiendo algo que, hoy por hoy, ni a nivel deportivo hemos conseguido. Me temo que una petición así, según cómo se haga, no consiga otra cosa que irritar y predisponer en contra nuestra a estos hermanos (...) Una ruptura podría dejar a la Iglesia catalana aislada y la haría resbalar por la pendiente de un provincianismo del que ya ahora sufrimos algunos síntomas.

La respuesta a esta reflexión prudente y realista llegó de manera fulminante en un exabrupto injurioso. Hilari Raguer, historiador y monje de Montserrat, no buscó eufemismos para maquillar su militancia sectaria (La Vanguardia, 9/1/1997):

La Nunciatura y la Secretaría de Estado [del Vaticano] tampoco entienden, o al menos no protegen, la realidad social y por tanto eclesial catalana. Sólo nos queda, como muro de defensa, la unanimidad moral de la opinión de los católicos catalanes al respecto, con la seguridad de que no habrá silencio de los corderos, ni de las ovejas. De ahí la gravedad del contramanifiesto que desde La Vanguardia lanzó el día de Reyes el director de Catalunya Cristiana. A esto yo lo llamo lerrouxismo eclesial (...) Entristece ver que un sacerdote catalán tacha de intromisión política una aspiración tan natural. No pretendemos una Iglesia catalana independiente de Dios ni de la Santa Sede, pero no la queremos dependiente del gobierno español, ni de la COPE o de algún cura lerrouxista (...) El más grave problema de Cataluña, tanto en lo político como en lo eclesiástico, es la unidad de su población (...) Estoy seguro de que nuestro pueblo, el único pueblo de Dios en Cataluña, no caerá en la trampa lerrouxista que ahora se le tiende.

La piedra del escándalo

Hoy, la polémica se repite. Con distintos protagonistas pero con la misma dosis de intolerancia: los guardianes de la ortodoxia secesionista no admiten desviaciones del dogma identitario, que aplican tanto a la lengua vehicular en la escuela y en la administración pública como a la liturgia religiosa. Esta vez es Xavier Novell, obispo de la diócesis leridana de Solsona, quien se ha convertido en la piedra del escándalo, en el "cura lerrouxista" del que abominaba Hilari Raguer. Ya en el 2010, entrevistado en TV3 por Josep Cuní, respondió, a una pregunta capciosa, con un enfático: "¿La Iglesia catalana existe? Existe la Iglesia en Cataluña". Para agregar luego: "Soy catalán, hablo esta lengua, pero como pastor me toca ser servidor y pastor de todos (...) La Iglesia está en Cataluña e intenta hablar la lengua de aquí, en catalán, pero también en castellano porque hay gente que habla castellano".

Salvador Cardús i Ros retoma el tema (La Vanguardia, (21/3/2012), con una variante. Aparentemente Novell contestó a otro periodista: "No hay ninguna Iglesia catalana, en todo caso hay Iglesia en Cataluña". Y agrega Cardús i Ros: "Una respuesta calcada a la que dio el obispo de Vic justo al ser nombrado". A partir de lo cual, este guardián de la ortodoxia secesionista desarrolla, con peculiar sintaxis, su reflexión denigratoria:

Sí: es de risa de que dos jóvenes obispos "en Catalunya" –lo digo así para evitar que se sientan ofendidos si digo "catalanes"– quieran zafarse del envite de una pregunta como esta, sugiriendo su fidelidad a la Iglesia Católica Universal (sic). Sobre todo porque ellos saben muy bien que sí existe una Iglesia española, con un perfil nacional muy definido en sus múltiples documentos, algunos de los cuales muy recientes. Dos obispos jóvenes, por otra parte, ejemplo del dramático retroceso de la Iglesia institucional catalana en relación a su compromiso con las esperanzas de su pueblo. Poner en duda la existencia de una Iglesia catalana conociendo su historia como gran provincia eclesiástica Tarraconense, sus grandes hombres de Iglesia (...) eso sí que es hacer política, pero española.

Dos banderas españolas

La pretensión de instrumentar a una fracción de la Iglesia católica para ponerla al servicio del nacionalismo radical generó algunos episodios poco edificantes. La Vanguardia (9/2/1998) narró uno de ellos:

La ofrenda de una bandera catalana que los consells comarcals gobernados por CiU realizaron ayer a la Virgen de Montserrat sirvió al president de la Generalitat, Jordi Pujol, para defender un "patriotismo sano" en Cataluña, que identificó con la senyera y Montserrat como símbolos naturales de la catalanidad. Con su discurso, Pujol justificaba al mismo tiempo la conmemoración en el monasterio montserratino del décimo aniversario de los consells comarcals, un acto que había sido criticado por dirigentes del PP, PSC y ERC, que han acusado a CiU de instrumentalizar políticamente una mezcla de símbolos civiles y religiosos.

Una de las consecuencias del acto en que intervino Pujol es que, desde ayer, en la antesala del camarín de la basílica de Montserrat, una senyera catalana acompaña a las dos banderas españolas que figuraban hasta ahora en solitario. Una la había ofrecido el rey Alfonso XIII en nombre de las diputaciones españolas, en 1929, y la otra los supervivientes del tercio Nuestra Señora de Montserrat, en 1939, que combatió en el bando nacional.

El president destacó en su intervención ante el abad Sebastià Bardolet el papel que ha jugado Montserrat como símbolo de catalanidad, más allá de su fiel vocación religiosa. "De manera natural –dijo–, generaciones de catalanes han visto en Montserrat un símbolo de catalanidad e, incluso, una garantía de pervivencia de nuestro pueblo".

Prepotencia insoportable

Siempre he sido reacio a reforzar mis argumentos exagerando o desfigurando las similitudes o afinidades que existen entre corrientes políticas a las que soy hostil. Se trata de un recurso simplista y desprovisto de sustancia intelectual, sobre todo cuando una de esas corrientes está tan desprestigiada que contamina con su descrédito todo lo que toca. A pesar de ello, la denunciada "mezcla de símbolos civiles y religiosos" practicada con intención partidista, así como la arriba citada afirmación de los cismáticos identitarios en el sentido de "que el más grave problema de Cataluña, tanto en lo político como en lo eclesiástico, es la unidad de su población", y la apelación a "nuestro pueblo, el único pueblo de Dios en Cataluña", exhalan un tufillo totalista, por no decir totalitario, que asusta. Y me hace evocar experiencias penosas vividas bajo el régimen peronista, ese sí totalitario.

El peronismo se esforzó por cooptar, desde el vamos, a la Iglesia católica. Derogó, por ejemplo, la casi centenaria Ley 1.420, de enseñanza laica, y la sustituyó por otra de enseñanza religiosa. La jerarquía eclesiástica de aquella época se mostró complaciente, y marginó a sacerdotes díscolos como el venerable obispo de Temnos, monseñor Miguel de Andrea, y el padre José María Dumphy, que junto con un puñado de ciudadanos católicos incorruptibles se arriesgaron a colaborar con la oposición democrática. Sin embargo, con el transcurso del tiempo la prepotencia del peronismo se volvió insoportable. Junto al culto a la Virgen de Luján se institucionalizó la idolatría fetichista a Evita. La doctrina justicialista se perfilaba como la nueva religión hegemónica, concebida, "tanto en lo político como en lo eclesiástico", para "la unidad de su población", apelando a "nuestro pueblo, el único pueblo de Dios en Cataluña". Perdón, en Argentina.

El cristianismo justicialista

Lila M. Caimari reproduce, en Perón y la Iglesia Católica (Espasa Calpe Argentina - Ariel, 1997), un discurso de Perón en el que expone su pensamiento sin medias tintas:

Nosotros [los peronistas] no solamente hemos admirado y admiramos las liturgias y los ritos católicos, sino que admiramos y tratamos de cumplir esta doctrina (...) Por eso, compañeros, el peronismo, que quizás a veces no respeta las formas pero que trata de asimilar y de cumplir el fondo, es una manera efectiva, real y honrada de hacer el cristianismo, por el que todos nosotros, los argentinos, sentimos una inmensa admiración (...) Nosotros somos simplemente cristianos y queremos serlo. Queremos ser cristianos en nuestras obras y no por la ropa que nos ponemos ni por los actos formales que realizamos, y también por ello, compañeros, nos hemos puesto a la obra de difundir nuestra doctrina. Difundiendo la doctrina peronista, expresándola por toda la República, sabemos que estamos haciendo el bien. Hacerlo sin mirar cómo ni a quién, favoreciendo donde podemos favorecer, así es nuestro cristianismo, el cristianismo práctico justicialista.

Aunque el enfrentamiento entre la jerarquía católica y Perón se iba agudizando a medida que éste exhibía con más desparpajo su intención de engendrar una Iglesia nacional, que encarnara la simbiosis entre el cristianismo y la ideología autóctona justicialista, algunos prelados secundaban el proyecto. Caimari transcribe un sermón proselitista del cardenal Antonio Caggiano:

Os repetiré la frase de Albert de Mun a los católicos de su tiempo: "No contempléis impasibles cómo pasan las transformaciones de vuestro siglo con la resignación de los vencidos. Subid audazmente sobre el tren y tratad de dirigir la máquina". Mirad cómo gran parte de nuestros conciudadanos, solicitados por el Superior Gobierno de la Nación para que colaboren en el 2º Plan Quinquenal destinado al bien común de todos los argentinos, se disponen y se esfuerzan por secundarlo. ¿No tenemos una gran colaboración que aportar? El Excelentísimo Señor Presidente lo repite con insistencia: "Queremos hombres buenos, necesitamos hombres buenos, hay que formarlos para que la Patria sea grande". Ea: subid al tren: no lo dejéis pasar impasibles.

Los regímenes políticos nacionalistas, populistas o totalitarios, indistintamente, movilizan todos sus recursos para contar con un instrumento religioso. Lo hizo el estalinismo con la rama subordinada de la Iglesia ortodoxa rusa, lo hace la dictadura china con su pseudoiglesia católica nacional, lo hizo el peronismo con la Iglesia católica adicta hasta que ésta se rebeló contra el proyecto hegemónico que la habría fagocitado. Entonces la historia terminó mal. El 16 de junio de 1955 los vándalos peronistas profanaron e incendiaron varias iglesias de Buenos Aires, ante la pasividad cómplice de la policía y los bomberos.

Sería bueno, tanto desde el punto de vista religioso como desde el político, que, a la luz de estos precedentes, la Iglesia católica se blinde, en Cataluña, contra la tentación de subir al tren de los cismáticos identitarios.

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