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LAS GUERRAS DE TODA LA VIDA

El golpe de estado preventivo

Los socialistas españoles perdieron las elecciones en 1996, sobre todo, por el nivel insoportable de corrupción al que habían llegado, con los casos GAL y Filesa en el Top 100. Aprendieron bastante entonces sobre la pérdida del poder. De golpes de estado ya sabían desde su colaboración con Primo de Rivera. Y aprovecharon a las mil maravillas los atentados de Atocha para revertir el resultado electoral de 2004 en sólo tres días.

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Como todo parece indicar que la convocatoria de 2012, que está a la vuelta de la esquina —sin contar con la posibilidad de un adelanto de los comicios—, no les va a ser favorable, han empezado a tomar medidas para evitar el desastre. Lo más probable es que en 2012 Zapatero pierda, lo que le dará a Mariano Rajoy la posibilidad de gobernar. Eso no significa que Rajoy gane, como sí ganó Aznar. No es un auténtico líder, no tiene fuerza ni imagen. Pero, aun así, son tan malos los otros que tiene una oportunidad de llegar a La Moncloa. Los únicos líderes reales que posee el Partido Popular son, sin duda y aunque por motivos opuestos, Esperanza Aguirre y Alberto Ruiz Gallardón, a quien la derrota en Madrid 2016 no da la impresión de haber debilitado.

La idea de los estrategas del zapaterismo es que en los próximos tiempos deben dedicar todos sus esfuerzos a desgastar al PP, con la expectativa de que llegue a la cita con las urnas en su momento histórico más bajo. Para eso han inventado el caso Gürtel, del que, a decir verdad, la ciudadanía en general sabe más bien poco. Y que no parece tener sólidos fundamentos.

El TSJ de Valencia archivó la imputación contra el presidente autonómico Camps. Hace unos días, El País, que pese a todo no cede en su apoyo al gobierno, tal vez por creer que le va a ir aún peor con el PP en el poder, lanzó un titular tremendo, que implicaba incluso a Alejandro Agag en la "trama" –así es como llaman al invento–; pero cuando se leía la información completa nos enterábamos de que era probable que Costa hubiera pagado su propio coche, que el regalo de un reloj de 25.000 euros por un alcalde valenciano no tuviera nada que ver con el asunto y que la implicación de Agag se limitara a que la empresa del Bigotes hubiese organizado su boda en El Escorial. Porque a eso parecía dedicarse la "trama": a la organización de actos, con las pertinentes comisiones, además de dudosas adjudicaciones de suelo para la construcción.

Para colmo de males, los directivos de un programa de gran audiencia de los sábados por la noche, La Noria, comandado por Jordi González, tuvieron la malhadada idea de invitar el día 10 a un señor de Majadahonda llamado Peñas, del que se sabe que posee un carnet habilitante del Colegio de Abogados de Madrid y se sospecha que, pese a ello, es ordenanza en un ministerio o consejería –lo confuso del montaje televisivo, con constantes cortes publicitarios y anuncios al público de dinero en juego, impidió que quedara claro–. La norma del programa es que se haga un debate sobre un tema con tres representantes de la derecha y tres de la izquierda, sentados en una mesa en L ad hoc, cuyo vértice ocupa el presentador. La izquierda suele estar representada por Enric Sopena y María Antonia Iglesias, ahora de baja por enfermedad, y un tercer personaje, que las más veces es Jorge Verstrynge. La derecha, por Isabel Durán y dos figuras que varían a menudo y que este sábado fueron Alfonso Rojo y Miguel Ángel Rodríguez.

Creo que nunca va a lamentarse bastante de haber llevado al señor Peñas, que se presentó como víctima del Bigotes, del PP y de la justicia. Alfonso Rojo no se cortó un pelo: recordó cómo Peñas le había invitado a su casa hace unos años y mostrado unas cintas, pidiéndole que las publicara, para hacer un chantaje. MAR, por su parte, le sacó a relucir un penoso currículum. Y entre ambos se le echaron al cuello con la historia de una compra de suelo público en Majadahonda a mitad de precio, ya no para construcción, sino para inmediata venta a un constructor a precio real. Vaya, un espanto. Ni siquiera Sopena fue capaz de reaccionar con argumentos, y eso que es tan hábil como desagradable en su estilo.

La "trama Gürtel" puede existir o no. De momento, no hay absolutamente nada probado. Pero el PSOE no va a parar y los jueces a su distinguido servicio tampoco. Hasta ahora, sin embargo, han conseguido embarrar a unos cuantos, desde el tesorero del PP, Bárcenas, hasta el último piojo sospechable con un acta de concejal, pasando por el presidente de la Generalitat valenciana y algunos de sus adláteres. Calumnia, que algo queda.

Lo peor de todo es que la actitud del PSOE es clarísima. La del PP, no. Rápida como pocos, Esperanza Aguirre estudió el problema y las posibilidades de que alguien de su entorno quedara enganchado, y se apresuró a apartar del grupo popular en la Asamblea de Madrid a tres sujetos que no le daban garantías. Lo que tendría que haber hecho desde el principio Mariano Rajoy en el partido, expulsando a Bárcenas y forzando su renuncia al cargo de senador, y haciendo una limpieza general en la casa. Se sabe perfectamente quiénes son los presuntos implicados, gracias a la grabaciones de conversaciones del Bigotes y sus amigos, ordenadas por el juez Garzón, unas, al parecer, tal vez legales –al amparo de poderes atribuidos por la ley antiterrorista– y otras decididamente ilegales, "por error", realizadas fuera de la fecha a la que alcanzaba la orden.

No se quedaron quietos lo medios a la hora de empezar a preguntar a ciudadanos y tertulianos si Rajoy debía hacer lo mismo que Esperanza en su ámbito. Y Rajoy continuó en su siesta, dejando en la ansiedad a propios y extraños, sobre todo a propios.

Una historia así, aunque armada con más fundamentos, puede acabar con un gobierno. De lo que don Mariano da la impresión de no ser consciente es de que una historia así, tal como está, incluso sin fundamentos, con una prolongadísima instrucción, puede acabar con el principal partido de la oposición y llevar a Zapatero a un tercer mandato –que sería deletéreo para España–. Si lo primero entra en las técnicas del golpe de estado, lo segundo entra en las del golpe de estado preventivo. Y debería tener en cuenta Rajoy que si un golpe de estado pone en riesgo las instituciones, un golpe de estado preventivo pone en riesgo la existencia de su propio partido, que no podría soportar con entereza una tercera derrota en tan sólo ocho años.


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