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LA BATALLA DE LAS IDEAS

El ocaso de las ideas

Como es bien sabido, "las ideas tienen consecuencias". Por eso, dar la batalla en la defensa de unas u otras ideas influye de forma decisiva en la sociedad. Esas consecuencias pueden ser muy positivas si tienen el origen en la praxis liberal.

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El problema es que para que las ideas calen es necesario tiempo y persistencia, como la gota que horada la roca. Fue esa persistencia y esa determinación lo que movió a think tanks como el Institute of Economic Affairs (IEA), el Cato o el American Enterprise Institute (AEI), en USA y el Reino Unido, a dar la batalla por las ideas liberales o conservadoras, que al cabo de muchos años, quince o veinte, fructificaron en los Gobiernos de Thatcher y Reagan.

Hace ya más de un año la presidenta de la Comunidad de Madrid, Dña. Esperanza Aguirre, lanzó, con su "No me resigno", la batalla de las ideas al ruedo de la política española. Estaba claro que su objetivo era iniciar una lucha a largo plazo contra la permanente propaganda del PSOE y sus aliados mediáticos (la antigua Prisa, La Vanguardia, distintas televisiones, etc.), criminalizando al PP y tratando de expulsarle de la política española (Tinell).

Era una negativa no sólo a la rendición ante las pseudo-ideas socialistas, sino a la que podría suponer el adoptar dichas ideas como medio del centro-derecha para llegar al poder. Se trata de la vieja lucha entre el objetivo de alcanzar el poder como sea, con las ideas como factor muy secundario o irrelevante, y entre gobernar para aplicar los principios e ideas que uno cree beneficiosos para la sociedad.

En aquel instante, la tropa socialdemócrata o peronista del PP, empezando por su actual ¿líder?, se sintió aludida por la denuncia de la resignación a las ideas socialistas ("Quien se pica ajos come"), y en un alarde de integración trató de expulsar del centro-derecha a conservadores y liberales. No lo logró.

Mariano Rajoy.La estrategia volvió a ser la ya conocida de "Si no puedes derrotarles, únete a ellos". Se trataba de abrazar, en una nueva Operación Roca, las ideas socialdemócratas del centro-izquierda para ganarse al ala moderada del PSOE (actualmente desaparecida en combate o refugiada en la actual Prisa) y obtener ese millón y medio de votos que necesitan para gobernar. En este travestismo político corren, sin embargo, el riesgo de acabar perdiendo dos millones de votos del centro-derecha de progreso, como es el liberalismo. Votos que irán a parar a la abstención o a la socialdemocracia defensora de la España federal en lo político y por lo menos tan liberal como el Sr. Rajoy en lo económico, como pudiera ser UPyD.

Porque conviene subrayar que en estos momentos nos encontramos en una situación realmente pre-democrática, pues lo que está en juego es la propia organización del Estado (federal vs. confederal) y la delimitación del campo de juego democrático.

La organización del Estado que contempla el actual PP (Partido Populista) ha olvidado el esquema autonómico (federal), que garantizaba, entre otras cosas, la igualdad de todos los españoles ante la ley y que, entre otros aspectos, le permitía recuperar las competencias educativas y garantizar la utilización de la lengua común de los españoles en toda la Nación. (¿No son en el fondo confederales los estatutos defendidos por Arenas, Camps, Feijóo o Basagoiti al aceptar, más o menos veladamente, ese oxímoron de la "Nación de Naciones" que defiende el estatuto separatista catalán?).

En cuanto al marco de competencia democrático, es necesario plantear el debate entre un concepto integrador y abierto que permita jugar al centro-derecha (conservadores y liberales) y al centro-izquierda (socialdemócrata), frente a la alternativa soñada por Polanco-Cebrián de limitar el campo de juego a sus conceptos de izquierda: socialismo radical rousseauniano de Rodríguez, y derecha: la social-democracia gallardonita (un marco que recuerda sospechosamente al del México gobernado por el PRI). (Por cierto, ¿me puede alguien citar actuaciones políticas del Sr. Gallardón que no sean socialistas? Más impuestos, más gasto público, más laicismo, más endeudamiento, menos libertad de enseñanza, más Estado de Bienestar, etc.).

A lo largo de este año España ha seguido despeñándose en lo económico, en lo político y en lo social, en medio de un clima de discusión política cada vez más enrarecido, fruto todo ello de decisiones enloquecidas del personaje resentido e incompetente que nos desgobierna. No podría ser de otra manera, con un presidente para que el concepto de Nación es discutible.

Ha sido un año en que, desgraciadamente, la imprescindible y necesaria batalla de las ideas ha brillado por su ausencia. Un año perdido con un incierto horizonte de salida y de solución de los problemas políticos, económicos y sociales a los que se enfrenta España. Un año de decadencia de la Nación española, si mal no recuerdo una de las dos más antiguas de Europa.

Ha sido un año, en fin, en que el socialismo salvaje del presidente Rodríguez ha intensificado su mensaje de odio, resentimiento, envidia e incitación a la lucha de clases, como llamamiento reciente a la lucha contra los poderosos, los ricos o los empresarios que no se pliegan a los deseos de Zapatero, siendo él el bueno que defiende y cuida a los desposeídos, a los trabajadores o a los pobres en general. Ha sido también un año en el que el Gobierno ha seguido apoyando a regímenes totalitarios o racistas como los de Venezuela, Bolivia, Ecuador, Nicaragua y, naturalmente, Cuba.

Por su parte, la oposición, en lugar de ofrecer soluciones, ha seguido esperando que el caos del Gobierno le permita llegar al poder, ahora que los continuos despropósitos del iluminado inquilino de La Moncloa hacen posible que el PP pueda desbancar a éste en las próximas elecciones generales, pues cada día que pasa es más evidente que cualquier alternativa sería mejor a lo actual. Atrás ha quedado la defensa de la libertad de enseñanza y la oposición a la Educación para la Ciudadanía. Atrás ha quedado la defensa de la Transición como elemento integrador y sanador de la reciente historia de España, como superación de la Segunda República, la revolución del 34, la Guerra Civil y el franquismo. Atrás ha quedado la defensa firme de los principios de la civilización occidental (romana, griega y judeo-cristiana) frente al relativismo, multiculturalismo y laicismo a ultranza defendido por la socialdemocracia. Atrás quedan la defensa de las ideas y principios de la economía de mercado, en beneficio de un renovado intervencionismo económico propio de los "socialistas de todos los partidos".

De la batalla de las ideas se ha pasado, tristemente, al ocaso de las ideas. Sin embargo, ahora más que nunca es preciso replantearse qué principios y políticas quiere defender el PP, dado el marasmo económico, político y social en que nos ha precipitado el Sr. Rodríguez. Son los principios firmes y las ideas claras lo que a largo plazo puede ganar la batalla al socialismo en España, batalla que, en lo económico, nunca se ganará si, de entrada, se aceptan las tesis socialdemócratas de Gallardón-Rajoy (más gasto, más impuestos, más deuda, más subvenciones...), aliados ahora con los enemigos de los principios liberales ya citados.

En ese páramo de ideas, el presidente Rodríguez continúa defendiendo valores colectivistas o totalitarios; así, trata de "redefinir la identidad social, histórica, de la España moderna por mucho tiempo", o considera que la libertad es un concepto colectivo y no individual, o afirma que leyes como la del matrimonio homosexual son "irreversibles", o que su modelo de sociedad va "más allá de la alternancia" (ejemplo claro de las ideas totalitarias que permanentemente anidan en el socialismo). Los ejemplos podrían multiplicarse, y nos faltarían páginas. El PP, por su parte, en lugar de utilizar los éxitos del pasado para lanzarse a repetirlos en el futuro, reniega de él y hace por olvidarlo. Gravísimo error, cuando el pasado (Reagan, Thatcher, Aznar, Hayek, Friedman, etc.) es garantía de libertad y clave para salir del pasado más reciente y del presente, liberticidas ambos y con un intervencionismo político creciente del Estado en las vidas y actividades privadas de personas y empresas.

Lógicamente, el ámbito de la batalla de las ideas es muy amplio. A lo largo de estos artículos quiero, simplemente, plantear un número limitado de aquellas que considero prioritarias para abrir un debate abierto, político, económico y social, especialmente en el área económica. Habría, eso sí, que comenzar inmediatamente, pues son temas con una influencia decisiva sobre el crecimiento económico, el bienestar y la existencia de nuestra nación a largo plazo. Lo decía claramente la presidenta de la Comunidad de Madrid (el motor del crecimiento en España y la que más aporta fiscalmente a las arcas del Estado): "Si nos resignamos a quedarnos quietos esperando el fracaso de los socialistas, no va llegar"; "[no confiéis en que] el fracaso evidente de las políticas económicas de Zapatero va a llevarle de manera automática al fracaso político".

Recordó también Aguirre en aquel entonces que a principios de la década de los 90, "con un paro galopante, con tres devaluaciones seguidas de la peseta y España muy lejos de la convergencia europea", las ideas socialistas volvieron a ganar las elecciones del 93, lo que condujo a la crisis más grave de la economía española antes del desastre actual, otra vez socialista.


VICENTE BOCETA, técnico comercial y economista del Estado.
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