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GRANDE-MARLASKA

El hombre que no creyó en la tos de Otegui

Recuerdo todavía con sentimiento mi primera visión de Z, la película de Costa Gavras sobre el golpe de los coroneles en Grecia y el asesinato del diputado Lambrakis. La vi en Buenos Aires, el día del estreno, en la primera función de la tarde, con un grupo de amigos. Fuimos previsores: no hubo segunda función porque el Gobierno de facto del general Onganía la retiró inmediatamente. Aún hoy me pregunto cómo llegó a distribuirse. Era una lección de democracia práctica, y sobre el sentido y la eficacia de la división de poderes.

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Lo que se contaba en el film era cómo un poder judicial esencialmente sano podía cercar e incluso derrocar una dictadura. Porque los golpes de Estado como el de los coroneles griegos o el de los generales argentinos suprimen de un plumazo el poder legislativo y subsumen sus funciones en las del Ejecutivo, pero no pueden prescindir de los jueces sin arriesgarse al caos generalizado. Cualquier régimen puede subsistir sin más legislador que el tirano, o con unos legisladores a su exclusivo servicio, usurpador de la soberanía popular; pero ninguno puede subsistir sin jueces, y éstos suelen ser el legado de la situación precedente.
 
Lo recuerdo ahora porque tenemos ahí, a la vista de todo el mundo, un juez decente; lo que equivale a decir un juez heroico, a la vista del estado de cosas que nos ha tocado vivir. Me refiero al juez Grande-Marlaska, que no sólo se enfrenta al Ejecutivo del sonriente, también al del exasperante presidente del PNV (en funciones ocasionales de portavoz de Batasuna), Josu Jon Imaz, y, por la parte que le toca, al tripartito catalán y a todos los defensores de la no política de Zapatero respecto de ETA.
 
El panorama lo dibujó impecablemente Jorge Trías Sagnier en su columna del ABC el 6 de febrero pasado, evocando la canción infantil de la que Agatha Christie tomó el título de su célebre novela Diez negritos. Recordemos que, en la letra, diez negritos salen a cenar y van despareciendo uno a uno.
 
El primer negrito fue la fiscal Carmen Tagle, que interrogó a Santi Potros y fue asesinada por Parot. El segundo fue María Dolores Márquez de Prado, reducida a la Sala de lo Social del Tribunal Supremo, desde donde no puede continuar con su labor antiterrorista ni de jurada enemiga de la guerra sucia. El tercero fue Ignacio Gordillo, "empapelado y apartado de su lugar" tras haber tenido la osadía de "empujar la investigación de gente principal". Y concluye Trías Sagnier, a propósito de Gordillo, que éste es hoy "como un retrato andante del artículo 124 de la Constitución". Para evitar a nuestros lectores la búsqueda de ese artículo, recordaremos que trata del Ministerio Fiscal y que en sus dos primeros apartados reza:
 
"El Ministerio Fiscal, sin perjuicio de las funciones encomendadas a otros órganos, tiene por misión promover la acción de la justicia en defensa de la legalidad, de los derechos de los ciudadanos y del interés público tutelado por la ley, de oficio o a petición de los interesados, así como velar por la independencia de los Tribunales y procurar ante éstos la satisfacción del interés social. El Ministerio Fiscal ejerce sus funciones por medio de órganos propios conforme a los principios de unidad de actuación y dependencia jerárquica y con sujeción, en todo caso, a los de legalidad e imparcialidad".
 
Baltasar Garzón es el cuarto negrito, que "se marchó a no sé dónde en viaje permanente y dejó a los otros negritos colgados de la parra", dice Trías. Al quinto, Carlos Bueren, le dijeron: "Chico, mejor te buscas un buen despacho y no nos sigas tocando los... con Lasa y Zabala". El sexto, Pedro Rubira, "ganó, cómo no, su recurso, pero compuesto se quedó".
 
El séptimo negrito, dice Trías, era un negrazo: Javier Gómez de Liaño, que cometió el error de creer que todos eran iguales ante la ley y no sólo empapeló terroristas, sino que hizo lo propio con Galindo. Volvió, pero "ya había pagado el precio irreversible de la insobornabilidad".
 
Gómez de Liaño, Márquez de Prado y Trías Sagnier.El octavo era "el gigante de los negritos", Eduardo Fungairiño. "O firmas o te firmamos", "o te vas o 'Gómez de Liaño'". Y recuerda Trías que Arzallus, hombre de izquierdas de toda la vida, como se sabe, comentó: "Son gente de derecha. Supongo que Conde Pumpido estaría hasta las narices de este caballero". ¡Qué insolencia la del jesuita vasco, al que sus compañeros de seminario en Alemania llamaban el Nazi!
 
Ahí acaba el recuento; quedan dos negritos, a los que sólo falta poner los nombres. En la canción, "se sentaron a tomar el sol: uno se tostó y el otro, dignamente, se ahorcó".
 
¿Será Grande-Marlaska el noveno o el décimo? Hay que preguntárselo, porque este Gobierno talantudo con vocación de régimen sabe que, además de montarse el PRI con los nacionalismos periféricos, de modo que el PP jamás vuelva a ganar unas elecciones, necesita, para perpetuarse, de un poder judicial si no adicto, al menos inofensivo. Hicieron lo posible en tiempos de Felipe González, pero no lo consiguieron todo; y eso que lo hicieron sin miedo al escándalo, porque escandaloso fue lo de Gómez de Liaño, tanto como lo es ahora lo de Fungairiño y lo de Conde Pumpido.
 
Pero no es en las peores probabilidades de futuro en lo que quiero detenerme hoy, sino en el deseo que me domina de rendir homenaje al hombre que no ha aceptado la tos del cínico Otegui, que no ha creído en su bronquitis ni en su posteriormente declarada neumonía. Marlaska, valiente como pocos, está terriblemente solo en la titánica misión de combatir a ETA y al entramado que la rodea, que no es únicamente el de Batasuna ni el del aparato de agit-prop que lleva meses obstruyendo el llamado macrojuicio de la Casa de Campo, sino el conjunto del nacionalismo vasco y catalán, Izquierda Unida, el PS de Euskadi y el de Cataluña y una parte sustancial del aparato del PSOE, esa que acaba de apartar de sus funciones en el Parlamento Europeo a Rosa Díez; tan solo está el juez, que ha tenido que encargarse de pedir unos análisis que los forenses que visitan a Otegui tendrían que haber pedido sin una orden superior.
 
A propósito del macrojuicio, misteriosamente desatendido por la prensa y por el público en general, a pesar de no suspenderse por mal tiempo, continúa varado. ¿Acaso los allí procesados son los únicos que creen en la paz de Zapatero y por eso alargan la vista con todos los recursos a su alcance, desde la falta de documentos hasta la supuesta ineficiencia de los intérpretes de lengua vasca? Señalado el imprescindible homenaje a Grande-Marlaska, habría que dedicar otro a la paciencia y la limpieza de los honorables miembros de ese tribunal, que trabajan en las peores condiciones imaginables, frente a un equipo de defensores a los que la idea de justicia les importa un pimiento y son auténticos campeones de la obstrucción.
 
 
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