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REPRESIÓN DEL FRANQUISMO

Juan Peiró y Agapito García Atadell

Sin duda la mayor mancha del franquismo fue la represión de posguerra, en la que cayeron en torno a las 25.000 personas. En otro artículo me extendí sobre las circunstancias, desde luego distintas a como las presentan ahora los revanchistas, pero la cifra es, desde luego, impresionante, y testimonia un afán despiadado de castigo y venganza de los vencedores.

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Tal represión fue posible en buena medida porque un gran número de los responsables y ejecutores del terror izquierdista cayeron en manos de los nacionales. La excepción fue Cataluña, donde la mayoría de ellos pudo huir por la frontera. Los jefes del Frente Popular se preocuparon de ponerse a salvo, y casi siempre lo consiguieron, sin dejar el menor preparativo de evasión u ocultamiento para los miles de sus seguidores complicados en el terror contra la derecha. Estos hechos no suelen mencionarse, pero tienen gran importancia. Prieto había señalado tras el asesinato de Calvo Sotelo: “será una batalla a muerte, porque cada uno de los bandos sabe que el adversario, si triunfa, no le dará cuartel”. A ese extremo habían llegado los odios, y no, como creo haber probado, por culpa de la derecha, sino de una izquierda convencida de que había llegado la hora de su revolución. Sin duda alguna, la represión no habría sido menor de haber triunfado las izquierdas. Esto debe señalarse, porque a menudo se enfoca el problema como si el afán de venganza dominase sólo en uno de los bandos.

La represión franquista tuvo la particularidad de haberse ejercido, muy mayoritariamente, por vía judicial militar. Esto es poco común, porque los vencedores, preferían el ajuste de cuentas en la oscuridad, dejando para los jueces sólo a unos pocos vencidos. Así, en el castigo a la Comuna de París, Thiers hizo fusilar en masa a presuntos revolucionarios (precisamente, el ejemplo de Thiers, como medio para salvaguardar la paz social por varias generaciones, fue invocado en las Cortes españolas por Melquíades Álvarez y por Calvo Sotelo). Y al terminar la guerra mundial, no menos de 10.000 presuntos colaboracionistas, probablemente bastantes más, fueron eliminados extraoficialmente en Francia, y algo similar ocurrió en Italia.

La vía judicial, aunque mucho más onerosa en todos los sentidos, suponía en principio una mayor justicia, y una posibilidad de defensa para el acusado. Lo cual no significa que esa justicia no tuviera mucho de represalia, y que no cayeran en ella muchos inocentes. Un caso característico fue el de Juan Peiró, dirigente anarquista y ministro del Frente Popular durante seis meses, hasta la defenestración de Largo Caballero por una intriga de comunistas, prietistas y republicanos.

Peiró pertenece al escaso número de los dirigentes que se opusieron al terror, lo condenaron pública y reiteradamente, y procuraron salvar al mayor número posible de los perseguidos por las “patrullas de control” y por otros organismos de la CNT y del Frente Popular en Cataluña. Logró huir a Francia, pero allí fue detenido y entregado a los franquistas. No parecía temer mucho por su vida, pues su actitud moderada durante la guerra era bien conocida, e incluso le había valido amenazas de los suyos. En su juicio testificaron a su favor numerosas personas de derechas, incluyendo a militares y curas. No parecía haber base alguna para una condena a muerte, y sin embargo, esa fue la que se le impuso, debido a sus cargos políticos en el régimen revolucionario. Por supuesto, miles de penas capitales, muchas de ellas más motivadas que la de Peiró, habían sido conmutadas por cadena perpetua —que a su vez solía quedarse en seis u ocho años de prisión—, pero en el caso de este dirigente anarquista fue cumplida inexorablemente, por alguna razón poco clara, quizás por negarse a colaborar con la Falange, sostienen algunos no muy convincentemente.

Según me han comentado algunas personas, la mayor dureza e intransigencia en los tribunales solía provenir de militares burócratas ajenos a la vida del frente, mientras que a menudo eran los combatientes quienes mostraban mayor comprensión, negándose a que actos como los cometidos por ellos mismos, y bastante normales en el curso de la guerra, sirvieran como base para condenar a los acusados. Tales conductas han sido siempre comunes en circunstancias semejantes. Una circular eclesiástica señalaba cómo en los pueblos los más dados al castigo solían ser personas que apenas habían sufrido, o que tenían su parte de responsabilidad en crear el clima bélico inicial, por sus abusos contra los trabajadores.

Caso muy distinto del de Peiró fue el de García Atadell, aunque éste no resultara capturado al terminar la guerra, sino a finales de 1936. García, militante socialista de relevancia media, en el sector de Prieto, al parecer, montó al recomenzar la contienda una de las peores bandas terroristas de Madrid. Buñuel cuenta en sus memorias: “García no era más que un bandido, un canalla, pura y simplemente, que se proclamaba socialista. En los primeros meses de la guerra había creado en Madrid, con un pequeño grupo de asesinos, la siniestra Brigada del amanecer. Por la mañana temprano, penetraban por la fuerza en una casa burguesa, se llevaban a los hombres “de paseo”, violaban a las mujeres y robaban cuanto caía al alcance de su mano. García, a quien los fascistas buscaban ávidamente, era una de las vergüenzas de la República”. El chequista marchó a Marsella pretextando una labor de contraespionaje. Allí vendió parte del tesoro acumulado en sus fechorías, y embarcó rumbo a Suramérica. Buñuel, informado por un policía francés, transmitió los datos al embajador del Frente Popular en París, y sigue Buñuel: “El barco tenía que hacer escala en Santa Cruz de Tenerife, en poder de los franquistas. El embajador no vaciló en avisarlos a través de una Embajada neutral”. Y así la gestión del cineasta permitió detener, juzgar y ejecutar a García Atadell.

Aunque no hay por qué dudar de la información de Buñuel, éste tergiversa deliberadamente los hechos cuando habla de “vergüenza de la República”, como si ésta subsistiese desde el 19 de julio del 36, y como si se tratara de hechos más o menos aislados y repudiados por las izquierdas. Armadas las masas en dicho día por el gobierno Giral, la revolución aplastó lo poco que restaba de la república del 14 de abril, y los García Atadell proliferaron sin la menor oposición eficaz de los partidos, salvo algunas quejas o exhortaciones retóricas de Prieto y otros. En realidad era un terror al mismo tiempo oficial y anárquico, organizado por los partidos y por el mismo aparato del gobierno (como la checa de Fomento, una de las peores), y estimulado desde la prensa y la propaganda. García Atadell, al igual que tantos más, utilizaba los archivos oficiales para perseguir a sus víctimas, y recibió felicitaciones públicas por su celo antifascista. A pocos les preocupaban sus asesinatos y torturas, o sus robos de joyas y bienes diversos. Lo que ya no sentó tan bien fue su huida con el botín.

Ahora que vuelve a insistirse en la represión franquista como si hubiera sido única, y se mencionan cifras como si la ejecución o encarcelamiento volvieran inocentes a cuantos los sufrieron, conviene recordar también, y comparar, casos como estos dos. No se puede identificar a un Peiró con un García Atadell, y quien lo hace, mencionando simplemente cifras abstractas, informa muy poco de los hechos, y mucho de su propia actitud personal o política. ¿Cuántos Peiró y cuántos García Atadell hubo? Tal vez sea imposible averiguarlo, y acaso no valga la pena. Fueron, desde luego, muchos miles los complicados en el terror izquierdista, y sus enemigos pudieron capturar a una elevada proporción de ellos. Aun así, tal represión constituyó el episodio más siniestro del franquismo. Pero ello no justifica a cierta historiografía y a ciertos políticos que, metiendo en el mismo saco a culpables y a inocentes, intentan justificar el terror izquierdista y darnos una idea falsa de la época, con fines políticos muy actuales.


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