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DE MEMORIA

Semblanza de Juan Prat

Cuando yo conocí a Prat, que fue en Viena en el otoño del 62, era un hombre de más de cincuenta años, más bien feo, pálido, de pelo negro con crenchas de violinista sobre la frente, lentes de culo de vaso y dientes de luto. Iba siempre cargado de libros y periódicos y solía hacer comentarios de una divertida mordacidad.

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Entre él y José María Corredor, que lo conocía de la Barcelona de anteguerras y le llamaba Obiols, le tomaban el pelo a otro catalán, muy ingenuo y bonachón, que se llamaba Delclós. Este Delclós era un catalán pasado por agua, pues llegaba de la Argentina. Era Prat, como es lógico, hombre de izquierdas, pero la única opinión radical que le oí fue la de su admiración incondicional por Sartre. A mí me tenía simpatía, pues se había reído mucho con Los consulados del Más Allá, según supe por terceros. Coincidimos en la India, donde dio la casualidad de que nos compramos la misma corbata en el Emporium, las Cottage Industries o como se llamaran aquellos baratillos permanentes del país. También en Viena me había comprado yo una corbata en una tienda del Graben, y Prat, que en ese momento estaba embromando a Delclós, me dijo: “Usted, Duque, lo que tiene que hacer es regalarle a Delclós esa corbata”. El ambiente del Organismo de la Energía Atómica no se caracterizaba por su armonía y compañerismo. Luis Castro, el hijo de don Américo, se había tenido que operar de la vesícula, y Prat me contaba que menos mal que lo había hecho, porque ya era insoportable el ruido que hacía por los pasillos con todas aquellas piedras, que parecía el lobo del cuento de los siete cabritillos.

Prat era probablemente marxista, pero no creo que espiara para nadie, por mucho que las actividades del Organismo Atómico y la proximidad del Telón de Acero se prestaran a ello. Antes de la guerra parece ser que militó en el Partido de Acción Catalana, de Nicolau d'Olwer, que no era demasiado extremista. Fue en guerra cuando contrajo matrimonio con la Rodoreda. Prat ya estaba casado desde comienzos de los años 30 con la hermana del novelista Francesc Trabal, que con él y Joan Oliver (Pere Quart) tenían una especie de agrupación literaria en Sabadell. Es posible que ya en guerra Prat se afiliara al POUM, y la boda con la Rodoreda, que por lo visto militaba en el PSUC, ocurrió al parecer en un cementerio al que habían ido con otros camaradas a enterrar a un caído. Los novios sellaron su compromiso sobre la tumba del camarada muerto mientras los acompañantes disparaban al aire sus pistolas ametralladoras. Prat decía que con la Trabal se casó por lo civil y con la Rodoreda por lo criminal. Prat rompió con el cuñado y luego con Pere Quart. Al concluir la guerra, Trabal y Oliver fueron a parar a Chile, junto con el novelista Benguerel (premio “Planeta” a título póstumo). A Prat y la Rodoreda les propuso otro camarada, Vicente Herrero, que con el tiempo sería jefe de traducción española en la UNESCO, marchar a Santo Domingo, pero ellos dijeron que no querían ir a un país de negros.

El que Prat fuera nombrado Kapo o cosa parecida en el campo de refugiados por donde pasó es perfectamente normal. El que haya pasado por un cuartel, que es lo más parecido que hay a esos campos, sabe que en cuanto los mandos detectan a un recluta que tiene ciertas luces, lo hacen cabo, amanuense o cosa parecida. Un hombre cultivado y con conocimiento de idiomas les tenía que ser muy útil a la fuerza a los alemanes para administrar aquella masa de refugiados extranjeros y analfabetos en gran parte. Todo esto entra en el reino de lo verosímil, pero no hay que olvidar que corrían los tiempos del venturoso idilio nazi-soviético del Pacto Ribbentrop-Molotov, y los comunistas eran tratados por los nazis con toda suerte de consideraciones.

También la posible militancia marxista explicaría su entrada en la UNESCO, donde el jefe de traducción española era el yerno de Unamuno y traductor de Proust, José María Quiroga Pla, que llenó la sección de camaradas, algunos en condición de “liberados”, como ahora se dice, como Jorge Semprún. Otro personaje importante y misterioso en la UNESCO de los primeros tiempos era un tal Benigno, ante el que todos temblaban, según me contaba Valente, pues era capaz de ordenar la eliminación física, y que debía de tener un alto cargo en el aparato secreto. Es posible que Carlos Semprún, que ha contado cómo Tuñón de Lara y otros cobraban del KGB, sepa cosas interesantes del tal Benigno, que seguramente no se llamaba así.

Otro hecho importante en la UNESCO fue la constitución de una mafia catalana en torno a Xirau Palau, pues eran muchos y muy notables los exiliados, Eugenio Xammar entre ellos, los que dieron en ganarse la vida ordeñando “la lengua del Imperio”. En la UNESCO tuvo Prat enemigos implacables, entre ellos un tal Gelabert, que era menorquín y no procedía del exilio, sino del gremio de viajantes de comercio de calzado, y un tal Terrasa, expulsado del Cuerpo Diplomático al intervenírsele en un paso de frontera un maletín lleno de relojes suizos y que presumía de ser amigo de Otto John, el agente doble que pasó del Berlín Oriental al Occidental al comienzo de la Guerra Fría, y de haber colaborado en la conjura del conde Stauffenberg. Ninguno de estos dos, que solían poner a Prat como chupa de dómine, dijo jamás la menor cosa sobre presuntas actividades de espionaje.

La edad de Prat le impedía ser funcionario permanente, de suerte que trabajaba como free lance y así pasó a Ginebra, donde él y la Rodoreda tomaron un piso en Vidollet. Yo aún no había llegado a Ginebra, y a la Rodoreda sólo la vería en la entrevista A fondo que le hizo Soler Serrano. Siendo jefe de la sección española, y por tanto de Prat, un señor ecuatoriano que también lo fue mío, don Jorge Reyes, me contaba lo que tenía que torear a la celosísima doña Mercedes, que quería nada menos que vigilara a Prat y la informara de sus deslices.

Cuando yo llegué a Ginebra, ya estaba él en Viena, pero ella no lo siguió y vivía muy retirada, haciendo de vez en cuando traducciones a domicilio. Prat era lo suficientemente conocido en el circuito, como decimos, como para que lo contrataran, y para ir a Viena lo más probable es que lo llevara el jefe de la sección, que se llamaba Meana y había trabajado en La Barraca. Este Meana era solterón y se le daban muy bien las señoras, hasta el punto de que se decía que era una señora la que le había proporcionado la jefatura de la división de idiomas en Viena. Esta señora debía de ser la Masonería. Meana era hombre simpático y liberal y ya conocía a Prat de la UNESCO, así que es probable que tirara de él. En Viena tenía Prat mucha amistad con la secretaria de la sección, que se llamaba Pilar y era una españolita corriente y moliente de voz algo afónica y bastante más joven que él. Decían que si eran amantes, pero mi impresión era que se trataba de una buena amistad que él aprovechaba para que ella le resolviera esas aburridas papeletas de la vida diaria que los hombres preferimos que nos resuelvan las mujeres. Era algo así como su secretaria oficiosa. Desde luego no vivían juntos. Cuando él cayó enfermo para morir, en el postoperatorio de un tumor cerebral, la Rodoreda se personó en Viena y se instaló en la habitación que él ocupaba en la pensión Keller, entre el Ring y Karlplatz, donde disponía como señora natural del hogar. Pilar también se pasaba el día en la casa, pero en un plano subalterno, dispuesta y obediente a las órdenes que tuviera a bien darle la señora de Prat.

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