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ÁNGEL PALOMINO

La buena obra de un hombre bueno

Cuando yo vivía aún en Roma y publiqué en Barcelona La linterna mágica, hubo comentarios para todos los gustos en los principales medios de la época, y uno de ellos apareció en La Codorniz y lo firmaba Ulises. Aquel Ulises, seudónimo menos inspirado en el personaje de la Odisea que en el buen burgués, padre de una familia numerosa que protagonizaba una historieta en un tebeo de entonces, no era otro que Ángel Palomino.

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Ángel Palomino, ya conocido por novelas de éxito popular, me aconsejaba, mejor dicho, él no, sino el buen Ulises, que la próxima vez hiciera un ejercicio de modestia literaria. Le hice caso, y el resultado fue El mono azul. Fue el jesuita escritor Carlos Muñiz, amigo desde la adolescencia, quien al mandarme el recorte de La Codorniz, me dijo quién era Ulises, del que me remitía un tarjetón en el que éste me elogiaba sin reservas. Le escribí para darle las gracias y a la primera ocasión que fui a Madrid, nos conocimos personalmente. Este conocimiento personal se fue estrechando al trasladar yo mi residencia a la patria. Poco antes, al hilo de las palabras que dije al agradecer el Premio Nacional de Literatura, acto al que asistió, me dijo que había hablado “como un rojo”. Uno lanza al aire sus palabras y cada cual las capta a su manera, pero los acontecimientos se precipitarían de tal modo, sobre todo a raíz de la muerte del Caudillo, que “rojo” y todo, pronto me vería obligado a refugiarme en las posiciones que defendía Ángel Palomino.
 
Aparte de que colaborásemos en los mismos medios y nos mandáramos cuanto publicábamos, nuestra amistad fue in crescendo y se reforzó con la de Juan Luis Calleja, otro proscrito de la gran prensa burguesa, por su alto sentido del decoro más elemental, a quien me presentó en una de aquellas cenas de los “Amigos de Julio Camba” que se celebraban en Casa Ciriaco. A ambos les debo reseñas generosas de mis libros y alguna vez intenté corresponder, sobre todo a propósito de aquellos libros en los que Ángel Palomino entró a fondo y sin complejos en esos temas de nuestra historia reciente —Franco, la revolución de Asturias, la defensa del Alcázar— sobre los que tanta infamia y tanta mentira vierten los cronistas áulicos del establishment actual.
 
Uno de sus últimos libros sería el que al alimón con Preston dedicó a Franco en la serie “Cara y cruz” ideada en Ediciones B por Rafael Borrás. En ese libro reiteraba la dedicatoria que estampó en la primera semblanza que trazó del Generalísimo y que decía: “Dedico este libro a mis amigos escritores antifranquistas”. Y añadía por vía de aclaración: “Han pasado más de diez años desde que lo escribí: siguen en lo mismo; así que les dedico mi parte de este libro con la misma cordialidad. Cuarenta millones de españoles nos hemos hecho a vivir sin Franco: ellos no. No saben.”
 
En estas dedicatorias me interesa destacar dos rasgos fundamentales de la personalidad de Palomino, que eran el sentido de la amistad y el sentido del humor. Siempre decía y repetía que en los tiempos de La Codorniz convivían en amor y compaña colaboradores de distintos pelajes, antaño enfrentados en las trincheras, hombro con hombro ahora en la tarea de alegrarle la vida y limpiarle las telarañas a aquella España de trasguerra. Era el humor lo que los unía a todos; el humor y la amistad, un humor y una amistad que se sobreponían incluso a la contundencia de las polémicas en que no tenía más remedio que intervenir.
 
Recuerdo un coloquio sobre Franco en Guadalajara en el que Fernando Suárez y Ángel Palomino se enfrentaron con el anciano socialista histórico Prat y el inefable Tusell. Sin perjuicio de dejar a estos dos “cautivos y desarmados”, sin escatimar ningún recurso dialéctico por contundente que fuera, la cortesía, el respeto a los años de Prat y la ironía por las inocentadas de piñón fijo de Tusell marcaron la pauta de aquel debate, al final del cual Ángel quedó en mandarle sus libros al entonces senador y presidente del Ateneo madrileño.
 
Cuando apareció una antología facsimilar de La Codorniz en un volumen, “justificada” —todo hay que decirlo— por unas didascalias de mal gusto y peor estilo, se encargó a Palomino su presentación y éste explicó cómo uno de los objetivos del humor aquel era acabar con la campanuda solemnidad de los señores con barbas de la España del primer tercio de siglo. Estaban presentes los autores de las molestas y denigrantes didascalias, dos ejemplares con toda la barba, y yo tuve la impresión de que Ángel sin querer los afeitó en seco con su perorata. Naturalmente estas barbas de ahora no ocultaban un plastrón o un cuello almidonado como las barbas apostólicas de la Primera Restauración; estas barbas de ahora caían sobre el jersey de cuello alto o la camisa de cuadros y significaban cosas muy distintas, pero eran barbas, unas barbas que, aunque sólo fuera por hábito codornicesco, Palomino se divertía en chamuscar.
 
El éxito de sus novelas probablemente se debía al desenfado y la llaneza con que contaba historias de la vida vulgar y al buen talante de sus cuadros satíricos. Su enfoque de los actuales “episodios nacionales” lo aproximaba a otro popular escritor y entrañable persona que fue Vizcaíno Casas, aunque el desarrollo fuera diverso. Yo tengo que agradecerle que, por la vía del disparate, me haya metido en alguno de sus relatos; ahora recuerdo uno en el que da mi nombre a la plaza de un pueblo andaluz donde sitúa un imaginario colegio de monjas en el que acaba sus días como capellán, en paz y gracia de Dios y de España, nuestro simpático compatriota don Javier Arzallus. Fue además un maestro del pastiche, llegando en algunos casos, como el de Cela, a superar al modelo.
 
Al morir Vizcaíno Casas —recuerdo haberlo comentado con Ángel— se llegó a decir que fue una buena persona “a pesar de” ser franquista, mientras que del comunista Vázquez Montalbán se alababa sin reservas su “conducta coherente”. Hay coherencias que merecen palos, pues son hijas o de la estupidez o de una profunda perversión moral. No doy más ejemplos, porque son legión. No sé lo que dirán ahora de Ángel Palomino, hombre de bien por los cuatro costados y maestro en pulverizar los sesudos dictámenes de la corrección política.
 
Nada mejor para cerrar esta presurosa semblanza que los párrafos que Ángel Palomino pone en exergo al frente de la “cara” del libro con cuya “cruz” hubo de cargar el nunca bien ponderado Preston, párrafos que equivalen a toda la oceánica bibliografía dedicada a nuestra guerra. Dice así:
 
18 DE JULIO DE 1936. Varios generales Mola, Queipo de Llano, Franco… decididos a impedir la revolución comunista en marcha, se sublevan contra el Gobierno de la República y su presidente Manuel Azaña.
5 DE MARZO DE 1939. Varios generales Miaja, Casado, Mera… decididos a enfrentarse a un golpe de Estado comunista, se sublevan contra el Gobierno de la República y su presidente en fuga Manuel Azaña.
FIN DE LA GUERRA CIVIL.
Si los militares sublevados el año 1939 se hubiesen alzado con sus compañeros el 18 de julio de 1936, España se habría ahorrado la Guerra Civil.
 
¡Qué fácil es hablar claro cuando se dice la verdad!
 
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