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UNA DISTOPÍA

La prohibición del flamenco en Cataluña (carta a Lola)

Doy por hecho, hija, que ya tienes noticia de que en Cataluña acaban de vetar la representación de espectáculos de flamenco. Dado que fueron mis quebrantos musicales los que, al poco de que nacieras, te fueron convirtiendo en una gran aficionada a esa música (tu insólito interés por Tomasito cuando apenas contabas ocho años aún hoy me sobrecoge), es probable que no sólo estés un tanto afligida, también perpleja.

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Ocupémonos, en primer lugar, de la perplejidad, del cómo y del porqué... Los primeros aleteos de la prohibición se remontan a finales de la primera década de este siglo. Fue entonces cuando el republicano Josep Huguet, a la sazón consejero de Comercio, proscribió la venta en las Ramblas de vestidos de flamenca, sombreros mexicanos y objetos alusivos a la lidia (que, como recordarás, había sido declarada ilegal unos meses antes). A juicio de Huguet y, en general, del nacionalismo imperante, ninguno de esos reclamos turísticos reflejaba la esencia de lo que, conforme a las directrices del pujolismo, debía ser Cataluña.

Digo "debía ser" y digo bien. El principal empeño de aquellas gentes no fue otro que el de esculpir el paisaje invocando tradiciones que, por lo común, se fundaban 24 horas antes en algún laboratorio filológico. Objetarás que, según lo que has visto y leído, ningún barcelonés había tenido por costumbre ir por ahí disfrazado de mariachi, tocado con sombrero cordobés o una montera, por lo que al consejero Huguet y su bandería les avaló la verdad. Se trataba, en cualquier caso, de una verdad putrefacta. No en vano, y a semejanza de lo que ocurría con los sombreros de mariachis y las monteras, hacía ya siglos que ningún barcelonés remataba su vestimenta con barretina, pero ésta siguió vendiéndose, sin que la premisa del reflejo social la arrumbara. Trataré de dar la puntada con mayor precisión: el decreto Huguet instituyó lo que, en puridad, no fue sino la ignición y despegue de la venta de barretinas, un gorrito que tan sólo concitaba indiferencia, ya que, al margen de su notable fealdad, su vinculación con el aparatoso mundo de lo real (y disculpa que insista en ello) era nula. A diferencia, por cierto, de las monteras, cuyo acomodo al paisaje perduró hasta el día de la Merced de septiembre de 2012, fecha en que se celebró la última corrida de toros en la Monumental.

Sea como sea, retén estos dos apuntes: 1) en aquel tiempo, el Gobierno del incipiente Estado Catalán ya se había arrogado la potestad de legislar acerca de cuál debía ser el nexo entre los comerciantes y sus clientes; 2) el sombrero de mariachi fue la torna para la censura general de todos aquellos souvenires que apestaban a España. En cierto modo, los nacionalistas se enroscaron el pretexto charro con el mismo cinismo con que, en 2010, apelaron a la sensibilidad animalista.

Te preguntarás por qué nadie alzó la voz, por qué nadie dijo lo que, a todas luces, no era sino un nuevo frente (el enésimo de cuantos se fueron saldando con éxito) del proceso de demolición de la realidad. A este respecto, no cabe despreciar los más de treinta y cinco años de adoctrinamiento nacionalista, la progresiva sumisión de la ley a los caprichos étnico-lingüísticos y la proliferación de redes clientelares, que fueron confundiendo la defensa de la lengua pròpia con el salario del miedo... Mas no me adentraré en porqués que terminen por nublarnos las ideas: bastará con que me permitas, siquiera una vez más, que sostenga que Cataluña es un país de cobardes, latiguillo que anoté varias veces en mi playa Libre y por el que, como acaso recuerdes, tuve que responder ante la Comissió d'Afers Identitaris, el mismo órgano que prohibió a Oriol Trillas, so pena de inmediato destierro, seguir divulgando su adagio "Merda de país petit".

No obstante, y a propósito de la respuesta ciudadana, me gustaría que prestaras atención a un hecho que, de algún modo, hizo buenas mis habladurías de sobremesa sobre la impronta de la cobardía en Cataluña: los primeros culpables de que hoy no haya flamenco en Cataluña fueron los flamencos locales.

Es bien sabido que el poder jamás había reconocido como artistas catalanes a Miguel Poveda, Mayte Martín, Ginesa Ortega o Duquende. De ellos, al igual que de otros artistas que plasmaban sus arrebatos en castellano, se decía que no pertenecían a la cultura catalana. Algunos de estos flamencos, en su afán por guarecerse de la intemperie (¡y, cómo no, por saciar su hambre de contrataciones!), trataron de arrimarse a los mandantes de la cultura realizando una serie de contorsiones que, bajo el vergonzante disfraz del mestizaje, no fueron sino un acodamiento a la horma esencialista, una asimilación del horizonte distópico por el que se regía y se rige la política catalana.

No me extrañaría que, al leer estas últimas líneas, te hayas lanzado a curiosear en internet en busca de pruebas. Yo mismo te serviré dos: en 2005, cuando la cantaora Mayte Martín actuó en el acto institucional de la Diada celebrado en el parque de la Ciudadela, parte del público profirió un agrio abucheo, que tan sólo fue mitigado por los aplausos del sector tolerante. No debe extrañarte que la barbarie antiespañola se mostrara con semejante desparpajo: la perversa identificación entre lengua, identidad y cultura había socavado cualquier atisbo de sentido común entre los nacionalistas más atorrantes (que al punto devinieron en mayoría), de ahí que cualquier manifestación pública en lengua castellana fuera tenida por un acto de traición o, en el mejor de los casos, una ofuscación subsanable.

Que Mayte Martín se prestara al bochornoso ejercicio de personificar la integración del flamenco en Cataluña da perfecta cuenta de hasta qué punto los flamencos catalanes empezaron a verse acorralados por un aparato político-mediático-cultural que no estaba dispuesto a sellarles el pasaporte. Confío en que la palabra integración no te haya pasado inadvertida, pues la lanzadera que condujo a la prohibición de los toros y que hoy ha llevado a la del flamenco tiene que ver, precisamente, con la distinción entre dos conjuntos de referentes culturales: los propios y los ajenos. Entre los propios figuraban los que, sin duda, bailan contando en tu cabeza. Entre los ajenos se hallaban los que, habiendo sido propios hasta ese lapso histórico, fueron sepultados bajo un sinfín de connotaciones que solían concluir con la etiqueta fascista. Así, ser castellanohablante, o seguidor del RCD Espanyol, o aficionado a los toros, o lector de El Mundo o El País, o amante bilingüe, o entusiasta de Pérez-Reverte, o sencillamente español, español sin adjetivos, te abocaba a un limbo en el que siempre había que calibrar una justificación. Tu padre, Lola, cumplió todos los preceptos sin dar explicación alguna a propios ni a extraños. Cómo.

Te había prometido dos ejemplos y sólo te he mostrado uno. Mañana será otro día. Duerme en paz.

***

Ayer te contaba que los artistas locales contribuyeron a hipotecar el futuro del flamenco con sus ridículas cabezadas integracionistas. Ni que decir tiene que el flamenco no requería salvoconducto alguno (¡y menos aún en la tierra que vio nacer a Carmen Amaya!), pero el trazo de cientos de líneas que distinguían lo propio de lo ajeno llevó a algunos cantaores a la nece(si)dad de escapar del supuesto círculo infernal que les envolvía y acomodar su quejío a las circunstancias. Te hablé del abucheo de que fue objeto Mayte Martín durante su actuación en la Diada Nacional de Catalunya y te prometí una segunda prueba. Tómala con pinzas y obsérvala del derecho y del revés.

En 2007, dos años después de que Martín sufriera en sus carnes el desprecio del nacionalismo mientras interpretaba Vidalita, Miguel Poveda se propuso amansar a la fiera haciendo gala de su adhesión inquebrantable a los principios rectores del Movimiento. Así, el 11 de septiembre cantó, junto con Maria del Mar Bonet, un fragmento de la obra Els treballs i els dies. En catalán, sí. Tal vez convenga aclarar, de una vez y para siempre, que en Cataluña el mestizaje sólo opera en un sentido. Habría sido inconcebible que la Bonet pusiera su canto al servicio de La bien pagá, pero resultó perfectamente asumible que Poveda se inclinara ante las perlas de Amic e amat. Hay asuntos, en fin, cuya sola fabulación asemeja un desafío tras el que respinga, airada, la eterna regañina.

Volvamos al 11. La ostentación patriótica de Poveda no era noticia, antes bien constituía la guinda de su ejemplar obstinación por que el régimen no le tuviera por un paria. No en vano un año antes había publicado su célebre Desglaç, en que el badalonés aflamencó poemas de Verdaquer, Comadira, Casasses, Alzamora, Brossa... No se trataba de una compilación sustentada en un andamiaje músico-filológico, ni estaba basada, como Las malas lenguas de Santiago Auserón, en la refutación del Volksgeist, esto es, en la defensa del principio de que el mundo es traducible. No, la filosofía que animó Desglaç fue (¡atención, aduana!) la de tender un puente entre dos culturas. "¿Dos culturas?", te preguntarás. Saborea este párrafo de la Wikipedia:

Por vez primera se edita un disco completo en catalán en la voz de un cantaor de flamenco, con magnífica aceptación por parte de público y crítica, disco con el que consigue establecer puentes entre la cultura catalana y el mundo flamenco, despertando el interés mutuo entre públicos de ambas culturas.

La cultura catalana y el mundo flamenco. Eso dice, sí. El balance de semejante extravío moral es que el nacionalismo había logrado levantar una empalizada entre un ellos y un nosotros inexistente, se había cobrado una de sus más codiciadas conjunciones copulativas, había grabado a fuego que el flamenco era un residuo español que, en el mejor de los supuestos, obtendría la gracia de ser tolerado.

Dos culturas. Dada tu renuencia a los grafitis wikipédicos, te traigo las declaraciones que, por entonces, efectuó el mismo Poveda. Él te ilustrará con mayor tino acerca de la motivación primordial de su Desglaç:

Cada vez es más difícil escoger los temas de un disco. Al principio lo que quieres es grabar para que te conozca la gente, por el orgullo de tener tu propio álbum, pero después entiendes que se trata de un trabajo que queda para toda la vida y que refleja en qué momento estás, como Desglaç. Yo no me meto en política, simplemente ahora soy un ciudadano cualquiera indignado con lo que ocurre en el mundo.

Pon aquí el punto de lectura que te regalé.

***

Nos habíamos quedado en la estupendísima declaración a El País de Miguel Poveda, que describió su Desglaç como una suerte de manifiesto poético que reflejaba su indignación ante el devenir del mundo. Tengo por seguro que su canción-protesta (no está de más que señalemos que, en lo que concierne al flamenco, dicha expresión tiene algo de pleonasmo) te ha llevado a vislumbrar un link. Si clicas en él, darás con una nube de palabras, entre las que figuran "jo vinc d'un silenci", "al vent", "l'estaca", "diguem no"... Desglaç, en efecto, aspiraba a ser el pasaporte del flamenco autóctono (personificado, sobre todo, en el mismo Poveda) al priveé de músicos que, hasta entonces, se habían arrogado la propiedad del dominio laveudelpoble.cat. Sabes que soy bastante dado a la exageración, pero también que siempre he procurado que mis efluvios hiperbólicos sólo afecten a asuntos banales. En suma, no creas que ando desencaminado al afirmar que los representantes de la nova cançó se tenían, además, por los representantes de "un pueblo".

Como era de esperar, el arduo empeño de los povedas en ingresar en el Gotha provocó el efecto contrario. Así, y análogamente a la acreditada existencia de inmigrantes reciclables e inmigrantes desechables, el nacionalismo clasificó el flamenco en dos categorías: flamenco que no hacía ascos a la integración y flamenco que, en virtud de la inobservancia de ciertos códigos, representaba a la caverna españolista. De nuevo, fue un laboratorio filológico el que afinó las aristas taxonómicas. ¿Adivinas qué referente tomó como vara de medir? ¡Exacto, el canónico Desglaç!

Unas líneas atrás he aludido a Els Altres Andalusos y a la Fecac. Admito que no sé exactamente por quién llegué a sentir más desprecio, si por la asociación kunta kinte que agitaba continuamente el sonajero de las raíces o por la que urgía a los inmigrantes a participar en consultas independentistas para que les fuera concedido el carnet de la tribu. (Paradójicamente, o quizás no tanto, ambas estaban unidas por la consideración de que emigrar a Cataluña no distaba en exceso de emigrar a Alemania). Sí querría que supieras que, a finales de la década, en el candelero de Els Altres Andalusos figuraba Luis Cabrera, a su vez patriarca del Taller de Músics, la entidad que animó a Poveda a emprender el deshielo y que, con objeto de que su ideario no quedara en mera palabrería, coprodujo el disco.

Resuelta la cuadratura y salvada la digresión, poco más tengo que añadir. Como bien sabes, el Gobierno se escudó en la enésima derrama de cuotas lingüísticas para promulgar la Ley de Preservación de la Cultura Catalana, que, al punto, se tradujo en una restricción de aquellas otras manifestaciones artísticas que tendían a diluir la conciencia nacional de las gentes. Por aquel tiempo, el Departamento de Cultura ya había plantado la semilla de tres asociaciones prohibicionistas que, poco después, sirvieron para pretextar que el acoso al flamenco obedecía a una creciente e insoslayable demanda popular.

Es probable que estas notas no sólo no hayan mitigado tu perplejidad, sino que, por el contrario, la hayan acrecentado. Si lo estimas oportuno, tómalas como una simple incitación a recabar la verdad. Después de todo, no hay que descartar que mi narración no sea del todo veraz, sino el sueño contrito de una noche de verano. Por lo demás, evita en lo posible que el flamenco te ensordezca: tus pesquisas (en el caso de que las emprendas) nada tendrán que ver con la arqueología del cante, sino con el hecho asombroso, imponente, de que habitas un país cuyo principal rasgo identitario es la conversión en delito de la extravagancia.

 

Un beso,

P.

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