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LAS GUERRAS DE TODA LA VIDA

Las caras políticas del régimen

Me escribe un amable lector para decirme que mis escasos méritos de prosista son aún más ralos cuando trato de política española. Pero, me explica, la culpa no es mía. La "ramplonería" de la política española, apunta, "su matonismo, su absurdo, su ligereza, sin olvidar su corrupción y su manipulación, no dejan margen a la proeza literaria, es más, por más que haya buenas intenciones y virtuosismo, no evitaría la degradación de la escritura, de su estructura y sintaxis" (él se expresa estupendamente).

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Desgraciadamente, tiene toda la razón. Y, por si faltaran pruebas, ahí está la campaña electoral, con su "todos contra el PP". Hagamos el esfuerzo de mirar lo que está ocurriendo. De atrás para adelante, o de peor en peor.
 
Ha salido Miguel Qué a mostrarle a quienes nunca la hubiesen visto la foto de Montserrat Corulla, quien tiene, y es de todos sabido, una relación personal con el alcalde alcaldable Ruiz Gallardón. No me interesa, y no debiera interesarle a nadie, de qué tipo. La derecha española, supuestamente ultramontana y cerril, nunca puso el grito en el cielo por el hecho de que un vicepresidente del Gobierno socialista, Alfonso Guerra, tuviese una hija extramatrimonial y apareciera con ella en incontables reportajes gráficos, de modo que sería de esperar que, si la relación del alcalde con la señora tuviese carácter íntimo, el señor Qué se callara. Pero resulta que sus tiros no van por ahí: no quiere empapelar a Gallardón con una revelación de prensa de bidet al uso, sino relacionarlo con la Operación Malaya, un proceso judicial derivado de los manejos de los socialistas con Gil y Gil y sus secuaces. Es bien curioso el modo en que esta gente pretende sacar partido de su propia corrupción.
 
Hasta aquí, cuatro de las condiciones que señala mi corresponsal: ramplonería, matonismo (hay que ver la cara del señor Sebastián, foto de Corulla en mano), corrupción y manipulación. Pero a ello hay que añadir el absurdo y la ligereza, cosas de las que se encargan las televisiones del régimen, que son casi todas: nadie ha dejado de reproducir, varias veces, en multidifusión, las dañinas afirmaciones de Miguel Qué, y su complemento del día siguiente respecto de que él no había entrado en la vida íntima del alcalde, sino en sus posibles vínculos con el proceso de Marbella. Al que se dedica la mayor parte del tiempo en los programas rosa, completa vergüenza nacional en la que todo es posible, desde Antonio David Flores explicando ante una pizarra cómo es la finca Los Naranjos y abundando sobre la herencia de su ex suegra hasta unos señores muy puestos que especulan sobre la inexistente vida sexual de Salvador Dalí y la muy existente de Pablo Picasso. "La política del cotilleo, típica de Gran Hermano y de la telebasura, puede estar transfiriéndose a la política, pero lo triste es que la iniciativa venga de la izquierda, a la que sólo le faltaba volverse victoriana", escribe el 18 de mayo en El Mundo Raúl del Pozo, a quien no se puede considerar en modo alguno hombre de derechas.
 
Zapatero.Es cierto que el PP se la ha estado cogiendo con papel de fumar en lo que a la cuestión malaya se refiere, y que no reclamó oportunamente las responsabilidades en el caso de la Junta de Andalucía, sin cuyo aval no hubiesen sido posibles los negocios de Roca y Muñoz, de modo que ahora no puede quejarse si le echan barro. (A este paso, Javier Arenas, que acaba sacar el tema en campaña, jamás llegará a nada). Pero de ahí a tener alguna participación en el entuerto hay una gran distancia. Sin embargo, lo van a meter en él: agotados Irak y el Prestige, ¿por qué no apelar a las cosas que ellos mismos hicieron para culpar al otro? La clave es el búmeran. Gracias al búmeran, las negociaciones de Zapatero con ETA son culpa del PP. Y todavía tiene el tipo el desparpajo de decirle a Rajoy en sede parlamentaria que él ha sido modelo de lealtad en el pacto antiterrorista, cuando no hay quien ignore que sus contactos con ETA se iniciaron tres años antes de su acceso a la Moncloa.
 
Respecto del Palacio de Villagonzalo y del frontón Beti Jai, nada hay que vincule a Gallardón con el presunto tráfico de influencias del que habla el desafiante Sebastián; más aún: el juez Torres excluyó del sumario de la Operación Malaya, en marzo pasado, las transcripciones de unas conversaciones entre el alcalde y la señora Corulla por carecer de interés jurídico. Pero el mal ya está hecho: miente, que algo queda. Como en el PP nadie habla de Ibiza, ni de Castilla-La Mancha, ni insiste en quiénes han manejado la trama de Marbella, todo está bien.
 
¡Que yo me vea obligado a defender a Gallardón ya tiene pecado! Pero es que el alcalde lleva poco partido detrás. De la oficina siniestra del Gobierno (Carlos Herrera dixit) no debía ocuparse él, por supuesto, pero después de lo de Conthe, los de Génova han tardado hasta hoy, martes 22, en poner todos los papeles sobre la mesa y acudir a los tribunales con el escándalo de la CNMV.
 
Debo reconocer que me cae bien Mariano Rajoy; porque me cae bien la gente con sentido común, aunque el sentido común por sí mismo, si no se convierte en un arma, como lo fue en manos de Thomas Paine en 1776, es poca cosa. Debe ser un arma para cuestionar un régimen que ha sustituido no sólo el sentido común, sino la simple verdad, por todas aquellas cosas que con tanto rigor enumera mi corresponsal: ramplonería, matonismo, corrupción, manipulación, absurdo y ligereza. No vamos a ver a Rajoy, al menos en esta campaña, elevar el sentido común a la categoría de ariete y emplearlo como en su día lo hizo Aznar con la corrupción y el terrorismo de Estado: denunciándolo hasta el hartazgo. Y eso que ahora el terrorismo de Estado ha sido reemplazado por la negociación con el terrorismo de a pie.
 
Fernando Savater.Pero no debería hacer falta esa denuncia: los hechos son de público dominio. Lo que hay que preguntarse es cómo es posible que el Partido Socialista siga ganando elecciones. Cómo es posible que gente decente e inteligente como Joaquín Leguina (quien, por cierto, condenó la actitud de Miguel Qué) continúe militando en ese partido. Afortunadamente, la semana política se ha iniciado con una reunión en el País Vasco de la que ha salido la propuesta, impulsada por Rosa Díez (¡por fin!) y Fernando Savater, de fundación de un nuevo partido político.
 
La respuesta a la persistencia general en el voto socialista no hay que buscarla en las deficiencias electorales, de publicidad o de programa del PP, que, mal que les pese a quienes juran que jamás votarán a la derecha, ha demostrado todo lo demostrable en materia democrática a lo largo de ocho años de gobierno. Hay que buscarla en una sociedad desestructurada en la que las siglas son dogma de fe, gracias a una propaganda tan organizada y controlada como en los tiempos de la Comintern.
 
No hay duda de que la prensa rosa es socialista: no saldrá de ella la más mínima crítica al establishment de cuyas entretelas vive, ocupando un tercio de la televisión. Otro tercio lo ocupa el deporte. Otro tercio, las series, maltratadas, postergadas o temidas (véase el caso de El ala Oeste, habitualmente relegada a horarios imposibles). Y la mitad de los tres tercios la ocupa la publicidad, absolutamente descontrolada: ¿ha visto usted ese anuncio de un coche en que aparecen unos conos malvados, muy malvados, que lo reconocen explícitamente ("Bueno, sí, somos malos", dice uno de ellos)? ¿Ha notado que los malvados tienen acento sudamericano? Y si vive usted en Cataluña, ¿ha reparado en que el anuncio se emite en catalán y que los conos malvados, en cambio, se expresan en castellano?
 
Para colmo de cutrez, el PSOE, ya habituado a aprovechar en beneficio propio la jornada de reflexión después de la satisfactoria experiencia de 2004, ha convocado en Granada un macrobotellón para el sábado 26. Tan luego ellos, los de la ley del vino. Y dicen los que saben que habrá otra noche movida en Malasaña. A cargo de los antisistema, que no son en absoluto antirrégimen.
 
Así están las cosas. Pero habrá que seguir escribiendo sobre ello. Mal, pero con la esperanza de dejar una constancia para el porvenir: yo aún creo que es posible aprender del pasado.
 
 
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