Menú
DOS MUNDOS RADICALMENTE DISTINTOS

Liberalismo clásico y la "ley de la selva"

Uno de los argumentos que en ocasiones se esgrime en contra del liberalismo clásico es que se trata de un sistema político caracterizado por lo que ciertos críticos suelen denominar "la ley de la selva".

0
El llamado liberalismo clásico se caracteriza esencialmente por maximizar la libertad y minimizar el poder del Estado, tal como ha sido expuesto a través de los tiempos por pensadores como Aristóteles, Smith, Hume, Hayek, Locke, Friedman, Montesquieu, De Tocqueville, Burke, Popper; y que es diferente del liberalismo que aboga por la expansión de la autoridad del Estado sobre casi todo tipo de conducta humana, principalmente en el campo económico, y que es el que abrazan los liberals norteamericanos. En este texto, el término liberal se refiere al liberalismo clásico y no a este último.

La expresión "ley de la selva", aplicada a la posición liberal clásica, se usa básicamente para dar a entender que en dicho orden político cada persona va a lo suyo, sin tomar en cuenta a las demás; un orden donde todo vale y prima la supervivencia del más fuerte. La falla atribuida al liberalismo clásico es que asume que la persona tiene como único interés el propio, y que no toma en cuenta intereses distintos de éste.

Como orden político, el liberalismo clásico está reglado por el principio de legalidad, que esencialmente garantiza la libertad de cada individuo frente a la coerción. Esto es, asigna al Estado la función de proteger al ciudadano de terceros. Se supone que en una sociedad donde rigiera la "ley de la selva" el más fuerte sería quien se impusiera; en cambio, en una sociedad liberal el principio de la igualdad ante la ley garantiza la igualdad de derechos entre los individuos que la componen. La sociedad liberal somete con la fuerza de la ley ejecutada por el Estado a quien pretenda despojar a otros de su libertad innata. El "más fuerte" se ve así restringido cuando intenta ir más allá de los límites fijados a su propia libertad.

En el sistema liberal, el monopolio de la fuerza en manos del Estado garantiza que los individuos sean iguales ante la ley. Garantiza la libertad de los individuos ante quien amenace despojarles de ella. En la concepción liberal, el Estado es también limitado, a diferencia de lo que caracteriza los órdenes políticos totalitarios. Aquí resulta crucial la existencia de una Constitución que de alguna manera reconozca los derechos primarios innatos de las personas; esto es, su libertad, ante el poder del Estado. Es necesario que el Estado tenga un lugar propio limitado por el principio de legalidad, de manera que se proteja a las personas de los abusos que el propio Estado pueda cometer contra ellas.

Entre las instituciones básicas del liberalismo clásico que se han ido desarrollando a través del tiempo para limitar el poder del Estado se encuentran no sólo las propias del orden político, tales como la división de poderes, los frenos y contrapesos entre los distintos poderes públicos, los parlamentos, también –y crucialmente– el derecho a la propiedad que poseen las personas. Como dice Hayek,
la ley, la libertad y la propiedad son una trinidad inseparable. No puede haber ley, en el sentido de reglas universales de conducta, que no determine límites a los dominios de la libertad al fijar reglas que permitan a cada cual estar seguro de dónde es libre de actuar (F. A. Hayek, Law, Legislation and Liberty, vol. 1: Rules and order, The University of Chicago Press, Chicago, 1973, p. 107).
De aquí se deriva aquella idea fundamental del liberalismo de que los individuos son libres de actuar en todo aquello que la ley no prohíba, en tanto que el Estado sólo puede actuar en aquellos campos en los cuales la ley se lo permita.

En la anarquía –ausencia de Estado– rige la ley del más fuerte, en el sentido de que no hay ley que limite tal posibilidad (ahora bien, algunos teóricos señalan que, por medio de la costumbre, la ley surgiría espontáneamente, y limitaría el accionar de los individuos). No voy a referirme al tema de las utopías, ni al hecho de que es imposible, en un orden como el liberal, que cambia permanentemente, definir para siempre los derechos de propiedad. Por eso es necesaria la existencia de un Estado que evite conflictos sobre derechos de propiedad. Me parece, sí, que éste es un papel que el Estado debe desempeñar en un orden político liberal.

El orden liberal no descansa, por tanto, en la llamada "ley de la selva". Lo que hace es limitar el papel del Estado a un mínimo necesario para garantizar la libertad de los individuos. En cuanto al interés individual, se ve limitado por el mismo derecho que, por ley, poseen todos los miembros de la sociedad en cuestión.

Una consideración final acerca de la idea de que el liberalismo fomenta el egoísmo y se fundamenta en la avaricia y el consumo sin freno. Es un error atribuir al liberalismo la exclusividad en cuanto a defectos humanos, pues éstos están ahí, en cualquier orden político. Llegados a este punto, me parece muy afortunada la siguiente advertencia de Pedro Schwartz:
Todos esos vicios connaturales a los seres humanos [la avaricia, el egoísmo, la prepotencia consumista] aparecen en la sociedad libre más a las claras que en las pacatas sociedades cerradas de la Edad de Oro "dichosa", como decía Don Quijote, "porque entonces los que en ella vivían ignoraban las palabras tuyo y mío" (P. Schwartz, Nuevos ensayos liberales, Espasa, Madrid, 1999, p. 223).
Si bien el orden liberal es más abierto, porque permite reflejar las debilidades individuales, eso no significa que tales debilidades estén ausentes en otros órdenes políticos, los cuales las ocultan, precisamente, por ser menos abiertos. En todo caso, el error radica en confundir el término egoísmo con lo que podría denominarse amor propio: éste, cuando se degenera, se convierte en aquél; esto es lo que parece subyacer en el este pasaje de la Teoría de los sentimientos morales de Adam Smith:
En mucha ocasiones, interesarse en nuestra propia felicidad e interés parece ser un principio de acción muy plausible. Los hábitos de la economía, la industria, la discreción, la atención y la aplicación del pensamiento se supone que generalmente son cultivados en función del interés propio, y al mismo tiempo son entendidos como calidades muy valiosas que merecen la estima y la aprobación de todos (Adam Smith, The Theory of Moral Sentiments, Liberty Classics, Indianapolis, 1969, p. 481).
La libertad –la ausencia de coerción que está en la base del orden liberal– para perseguir los propios intereses es tan importante para el individuo egoísta como para el mayor de los altruistas. Lo normal es que la gente, a la hora de tomar decisiones, tenga en cuenta sus propios intereses, así como los de sus familiares, amigos, vecinos y asociados. Hayek escribió que uno de los derechos y deberes fundamentales del hombre libre es "decidir qué necesidades y qué necesitados se les antojan más importantes"; y añadía: "Parte esencial de la libertad y de las concepciones morales de una sociedad libre es la elección de nuestros asociados y, generalmente, de aquellos cuyas necesidades hacemos nuestras" (F. A. Hayek, Los fundamentos de la libertad, Unión Editorial, Madrid, 1975, p. 94).

Lejos de estar regido por la "ley de la selva", el orden liberal clásico más bien se caracteriza por la conducta pacífica de los individuos que lo integran, que se encuentran sujetos a la ley común, que exige respeto a la libertad de todos las personas; en él, además, el Estado, que podría convertirse en el mayor conculcador de esas libertades individuales, más bien se halla limitado en su ámbito por la garantía constitucional de la defensa de las libertades personales.


© El Cato

CARLOS FEDERICO SMITH, colaborador de la Asociación Nacional de Fomento Económico (Costa Rica).
0
comentarios