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LA TRAGEDIA DE LOS COMUNES, DE NUEVO

Los sistemas públicos de pensiones no pueden funcionar

La Comisión Europea ha encendido una luz amarilla. Con alarma ha advertido de que su sistema previsional público va camino a la ruina.

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Otto von Bismark (1815-1898), canciller de Alemania y figura muy influyente durante la segunda mitad del siglo XIX, fue el arquitecto de ese sistema, que luego se extendió por el mundo. Se le denomina "de reparto", porque su característica es que los trabajadores del momento financian las pensiones de los jubilados del momento.

Según las autoridades comunitarias, la causa del colapso que irremediablemente sobrevendrá si no se reforma el régimen vigente es el aumento de la esperanza de vida. Si la gente vive ahora más pero no trabaja durante más años, dicen, los gobiernos se expondrán a un alza insostenible del coste de las pensiones.

A juzgar por pronunciamientos de ese tipo, da la impresión de que algo bueno como es el hecho de que, gracias a los avances científicos, la gente, hoy, vive más y mejor, tiene consecuencias económicas negativas.

¿Cómo se explica esa aparente paradoja?

La situación planteada, en Europa en particular y en todos los lugares con sistemas de pensiones públicos en general, es una prueba palpable de la importancia de la propiedad privada. Si a uno le obligan a aportar al Estado sumas sustanciales de sus ingresos con miras a asegurarse una vejez tranquila, tiene perfecto derecho a preguntarse a dónde va a parar todo ese dinero.

Si la gente tiene el dinero depositado en una cuenta bancaria a su nombre, o invertido del modo que considera más adecuado, entonces es la propia gente la responsable de su destino. En cambio, del modo en que están estructurados los planes de jubilaciones públicos, son los políticos los que deciden qué hacer con la plata de todos. Y lo que ellos más desean es perpetuarse en el poder. Para ello, nada mejor que comprar votos o voluntades con dinero ajeno. Para las burocracias también es un magnífico negocio, ya que sus ingresos provienen igualmente del trabajo ajeno.

El llamado "Estado benefactor" es un paradigma de lo que en economía se denomina "la tragedia de los comunes". Esa parábola fue desarrollada por William Foster Lloyd (1794-1852) y popularizada por el biólogo Garrett Hardin en un artículo al que dio el mismo título. Foster describió con certera puntería lo que acontece cuando los recursos son públicos:

Un grupo de pastores utilizaba una misma zona de pastoreo. Uno de ellos pensó que podía meter una oveja más en los predios, pues el impacto de un solo animal afectaría muy poco la capacidad de recuperación del suelo. Los demás pastores, cada uno por su lado, tuvieron la misma idea y actuaron en consecuencia. La suma del deterioro causado por cada animal, que individualmente era imperceptible, liquidó el alimento disponible y la capacidad de recuperación del suelo. El desenlace fue que tanto los animales como los pastores murieron de hambre.

La causa real del descalabro de los sistemas de pensiones públicos es que los ahorros previsionales no son de propiedad privada. Siempre que los políticos se encargan de administrar los dineros comunes, la cosa acaba en tragedia.

 

© Diario de América

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