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¿HAY ESPERANZA?

Navarra y el drama de la derecha

Cómo pasa el tiempo. Hace dos años, cabalgando a lomos del grupo Prisa, la "Cultura contra la Guerra" y los brujos visitadores de La Moncloa, Rodríguez Zapatero estaba negociando con ETA cómo anexionar el Viejo Reyno al proyecto nacionalista vasco de "Euskal Herria" sin que se notase demasiado. El objetivo era acabar con el Gobierno de UPN y sustituirlo por uno nacional-socialista, eufemísticamente denominado "Gobierno de Progreso".

Óscar Elía Mañú
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Eran los tiempos del "ansia infinita de paz". El PSN y Nafarroa Bai pactaban cómo repartirse el poder tras las elecciones de primavera de 2007, ante el aplauso unánime de la izquierda española, que veía en Patxi Zabaleta –héroe batasuno en los años de plomo etarra– un ejemplo de demócrata. La derecha navarra tardó en reaccionar, pero como era tan descarado el golpe de mano, al final lo hizo. A la llamada de Sanz acudieron decenas de miles de navarros y españoles: marcharon juntos por las calles de Pamplona y pararon en seco los planes de socialistas y nacionalistas. Fue un triunfo de la Navarra foral y constitucional.
 
Pero no fue sentido como tal, lo cual debió servir de aviso de lo que vendría después: acomplejados y temerosos, los dirigentes de UPN se asustaron tanto con la respuesta de los españoles en Pamplona que se avergonzaron de las enseñas rojigualdas, escondieron a los dirigentes del PP y se ahorraron el himno nacional, que debió sonar junto al de las Cortes de Navarra. Entonces no había pactos, ni presupuestos, ni los oscuros apaños políticos entre Sanz y Blanco. Lo que había era un pavoroso miedo, la miserable cobardía de la clase dirigente navarra, que no se atrevía a retratarse junto a la enseña nacional y tantos compatriotas. Complejos, complejos y más complejos, que, ¡sorpresa!, vemos también en los dirigentes del PP, igualmente patéticos. Lo de la derecha navarra es peor, porque se está suicidando.
 
La bazofia intelectual nacionalista acerca del euskera, los vascones, el eusko kirolak o el Olentzero corría ya en 2007 por las venas regionalistas, de igual manera que la relacionada con el aborto y la eutanasia corre imparable por las del PP. En qué momento se convencieron en UPN de que su lengua era el euskera, su raza la vasca, su deporte el de los aizcolaris, es algo ahora irrelevante, como lo es saber cuándo se rindió el PP a los dogmas izquierdistas. Lo relevante es que lo creen, o no consideran posible plantar cara, que viene a ser lo mismo. Lo que espanta es constatar que a UPN le tiemblan las piernas cuando se las tiene que ver con el nacionalismo vasco, y la flojera se le extiende a todo el cuerpo cuando se trata de enfrentarse a quienes se les enfrentan. En consecuencia, llevan años cebando al becerro del batua con dinero público, subvencionando herejías históricas o culturales. Las han interiorizado y, lejos de combatirlas, tratan de soportarlas, con lo que no hacen sino hacerlas ganar tamaño cada día que pasa. Hoy les quedan las instituciones, donde esperan atrincherarse hasta que no puedan aguantar más.
 
Pamplona: Monumento a los fueros.La rendición cultural e ideológica es previa a la rendición política de agosto de 2007 y a la traición de octubre de 2008. UPN ha tomado la decisión de romper definitivamente con el PP para tratar de calmar el ansia destructiva de un PSN-PSOE que no cree ni en la Constitución Española ni en el Amejoramiento del Fuero. Durante años, el PSOE negoció cómo convertir Navarra en el granero de Euskadi, y el PSN asistió complacido al repugnante trato. En consecuencia, los brillantes cerebros regionalistas decidieron que lo mejor era… echarse en brazos de quienes a su vez se habían echado en brazos de los anexionistas y de los matarifes etarras.
 
No nos extrañemos. El esquizofrénico y violento comportamiento de Sanz y los suyos es la consecuencia de treinta años de retirada cultural e ideológica ante el nacionalismo: éste ya domina la política cultural de los socialistas, y ha parasitado el cerebro de buena parte de la derecha navarra, paralizándola y haciéndola incapaz de defender una agenda política alternativa y aun simétrica a la nacionalista, de la misma forma que el PP ha aceptado la progresista como única agenda posible.
 
En UPN se ha juzgado –a regañadientes, sí, pero a efectos prácticos tanto da–  inevitable la extensión cultural e ideológica del anexionismo y se han sumado a éste; no querrían, para ellos es una pesadilla, pero se han sumado. Los regionalistas están perdiendo la batalla cultural, se han rendido, lo saben y buscan conjurar los miedos mediante trampas aritméticas, coaliciones, porcentajes y cálculos que esconden una ausencia de principios y objetivos: como si la pesadilla vasquista fuese a desaparecer con la ruptura del pacto con el PP.
 
¿Hay alternativa a la rendición? En primer lugar, la derecha debiera acabar de una vez por todas con esa mutación llamada normalización lingüística, que significa la aceptación, en Navarra, Galicia o Baleares, del dogma nacionalista "Un pueblo, una lengua". El batua, idioma concebido por y para el nacionalismo vasco, acabó con los dialectos del vascuence navarro, y hoy es el principal instrumento de aculturación política en la Comunidad Foral. Un instrumento que miman UPN y CDN (con éstos, ETA quiere llegar algún día a algún tipo de trato). Mientras se acepte que el batua es la lengua normal de los navarros, los navarros, con independencia de que estén gobernados por UPN o por el PP, seguirán siendo rehenes.
 
Por otro lado, la derecha post Sanz debería revisar de inmediato los conciertos, subvenciones y ayudas a aquellas organizaciones supuestamente culturales que no son sino el lobo nacionalista con piel de cordero. Son muchísimas. En cambio, el constitucionalismo ha sido incapaz de crear un tejido socio-cultural foral y constitucional efectivo. No sólo eso: se ha dedicado a alimentar a quienes en su momento les morderán la mano sin pensárselo dos veces; y con la ayuda socialista, además. En estas circunstancias, si la derecha navarra es incapaz de crear una sociedad civil constitucional y foral, es que es indigna de ocupar cualquier institución.
 
Xabier Arzalluz.En tercer lugar, la derecha debería exigir que el Gobierno vasco cumpla la Constitución y el Amejoramiento. El régimen nacionalista de Vitoria invierte ingentes recursos materiales y humanos en la aniquilación de Navarra como ente diferenciado. Hace treinta años, Arzallus afirmó que había que declarar la guerra política a Navarra. Desde entonces, el nacionalismo viene librando una batalla formidable en el frente institucional, ante las mismas narices de UPN. Pues bien: es hora de que el constitucionalismo foral declare la guerra a quienes le han declarado la guerra, y responda a esa ofensiva de la que ETB y Euskaltzaindia –Academia de la Lengua Vasca– son la vanguardia más colorista y respetable.
 
¿Propondrá UPN algo así? Imagino que la sola pregunta debe causarles hilaridad, estimados lectores. ¿Lo hará el PP? No se reirán ustedes menos con ésta.
 
El drama de la derecha española se muestra en Navarra con toda su brutalidad. En cuanto derecha rendida, asume como suyos los mitos progresistas. El Gobierno de UPN es uno de los más entusiastas ejecutores de "Educación para la Ciudadanía". UPN habla de moderación y de integración con la misma seriedad hueca que se estila en la calle Génova para aplacar las iras de El País y Gabilondo. UPN extiende –a regañadientes, sí, pero lo hace– la cultura vasca por la Comunidad Foral, sin caer en la cuenta de que cuanto más complace a los nacionalistas, más le exigen éstos, en algaradas callejeras o en encorbatadas intervenciones semirrevolucionarias en el Parlamento.
 
Navarra va camino del precipicio institucional, porque se está quedando vacía de contenido cultural e ideológico. Huir del problema principal –estrategia seguida por el PP en España y por UPN en Navarra–, que es ganar la cultura para ganar la política, no sólo no soluciona el problema, sino que lo agrava. Las bufonadas institucionales de Miguel Sanz y UPN para huir de su responsabilidad muestran hasta qué punto el drama de la derecha española y navarra es profundo.
 
¿Existe alguna esperanza? En Navarra, ninguna que no pase por la elección de Yolanda Barcina como presidenta de UPN y candidata a la Presidencia, quizá con la posibilidad de una futura reunificación de la derecha navarra frente a sus tres grandes enemigos: Rodríguez Zapatero, el PSN y el anexionismo vasco. Pero aun si se solucionara este problema inmediato, quedará por resolver el gran drama de la derecha navarra y española: librar y ganar la batalla cultural. Y esto aún está por verse, en Navarra y en el resto de España.
 
 
Lea aquí el artículo "NAVARRA, DESNORTADA", que ÓSCAR ELÍA MAÑÚ publicó en este mismo suplemento el pasado 14 de octubre.
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