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CRÓNICAS COSMOPOLITAS

Cosas que ocurrían en Barcelona (1)

Estoy cenando solo en el Flash-Flash (o "La Tortillería"), un sábado por la noche, y en una mesa vecina dos chicas me miran intensamente. No recuerdo las fechas exactas, después de tantos años, pero era un periodo en el que iba mucho a Barcelona, para ocuparme de la colección Acracia (Tusquets) y fundar y luego intentar afianzar la revista Nada.

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Me había olvidado de que los fines de semana mucha gente se va de Barcelona, sobre todo con buen tiempo, como hacía, se van al Ampurdán, a Cadaqués, a Calafell, al quinto coño se van, y debido a ese olvido, a esa distracción mía, estoy cenando solo en el Flash-Flash, y desde una mesa vecina dos chicas me miran intensamente.
 
Había llegado esa misma tarde de París, y me alojaba en casa de los Muñoz Suay, calle Muntaner, como tantas veces, pero tampoco estaban, estarían en el chalé que alquilaban en Calafell, al lado, me dijo una vez Ricardo, del que alquilaba Miguel Maura, mientras escribía Así cayó Alfonso XIII.
 
En el piso de los Muñoz Suay, desde cuya terraza se divisa todo Barcelona, hasta el puerto, intenté concertar cita para cenar, con un par de amigos, pero no estaban. Entonces, a eso de las once, y como no había probado bocado en todo el día, después de beberme un par de whiskies me fui paseando al Flash-Flash, porque lo conocía, no estaba lejos, y sabía que estaba abierto los sábados. Me instalo, solo, y desde una mesa vecina dos chicas me miran intensamente. Como en la letra de la zarzuela, "una morena y una rubia", y es la morena quien se levanta y, resuelta, viene hacia mí: "Disculpe –me dice–, no vaya a creerse... Pero resulta que mi amiga, que no se ha atrevido... Bueno, en una palabra: ¿tiene usted algo que ver con los Maura?".
– ¿Con los Maura? Claro que sí, me llamo Carlos Semprún Maura.
– ¡Ahí va, claro! Es que mi amiga, que no se ha atrevido... Resulta que estaba casada con un Maura, el pobre se mató en un accidente de coche, hace un año, y usted, pues usted se le parece muchísimo, es igual, idéntico, es increíble. Verá, tiene una foto...
Mientras me está hablando, de soslayo hace señas a su amiga, la viuda de un Maura, que no se había atrevido, señas para que se acerque y me enseñe la foto. Y su amiga, la viuda de un Maura, se acerca, se sienta y me enseña la foto. Es espeluznante. No sólo se me parece, sino que ese Maura, muerto en un accidente de coche, soy yo, y tal vez un poquitín más yo que yo. Con 15 ó 20 años menos...
 
Eso ocurrió, pues, un sábado, en Barcelona, por los años en los que yo iba a menudo, allá, a finales de los setenta o principios de los ochenta. Y el miércoles siguiente la CNT organizaba un debate entre Diego Camacho (Abel Paz) y yo, sobre el futuro de la CNT y el destino del sindicalismo revolucionario, en una gran sala de la Vía Layetana. Me asombró la cantidad de gente que había, tratándose de un debate casi confidencial. Yo a Diego le conocía de París, y éramos amigos, y por ello nos citamos en un café, antes del mitin, para hablar del debate, sin ocultar, evidentemente, nuestras divergencias, pero sí para definir qué temas eran más interesante discutir en público.
 
Todo saltó hecho añicos. Si mal no recuerdo, yo expuse lo que entonces pensaba y había escrito en Ni Dios, ni amo ni CNT. O sea, que consideraba que la CNT había muerto, y que tenía fecha de defunción: mayo de 1937, en ese misma Barcelona, cuando la coalición comunista-catalanista se dedicó a masacrar a los militantes de la CNT y del POUM, a detener y asesinar a Andrés Nin y a otros dirigentes poumistas y anarquistas, mientras que en Valencia los ministros anarquistas, y los más faístas, como García Oliver y la Montseny, hacían llamamientos de alto el fuego y concordia universal.
 
Es sólo un dato, hay otros: por los años 20 y 30, la CNT era una organización de masas, muy variopinta, puesto que su ala derecha, o sea la FAI, tenía sus grupos de acción, que hoy calificaríamos de terroristas, desarrollaba una acción sindical, a veces violenta, pero también tenía, si nos movemos hacia la izquierda, ateneos libertarios, consultorios médicos, cursos de alfabetización, comités de ayuda a familias de presos o parados, bibliotecas, editoriales, etc. Era evidente que muchas cosas habían cambiado, todo lo que, para resumir, definiré como Seguridad Social y enseñanza estaba en manos de nuestro enemigo común, el Estado, incluyendo los subsidios de paro. La CNT no era, pues, ni revolucionaria ni reformista, sólo una asociación de ex combatientes.
 
Claro, Diego defendió un punto de vista diferente, la CNT podía renovarse, adaptarse a los tiempos modernos, y ser más útil y revolucionaria que nunca. Pero lo que me asombró fue la cantidad de tipos que desde la sala, o saltando a la tribuna para apoderarse del micrófono, me insultaron a mí, personalmente: me acusaban de ser un traidor, un burgués, un monárquico (¡!), digno descendiente del monstruoso Antonio Maura, etc. y más etc., en ese diluvio de críticas e insultos. Recuerdo la intervención de un veterano de la CNT, recién llegado de un largo exilio en México, que me encantó: "¿Por qué se dice que todo ha cambiado? ¿No sigue el capital, no sigue el trabajo? Nada ha cambiado".
 
Después de intentar responder a mis críticos sobre los temas del futuro de la CNT sentí un arrebato de furia y declaré: "En cuanto a los insultos personales, os espero en la calle". Aullidos en la sala. Yo me levanto, abandono la tribuna y voy efectivamente a la calle, cuando los apaches de Luis Andrés Edo me detienen: "No, no, Carlos, no te vayas. Si te vas se van a creer que han ganado. Tienes que quedarte". Me quedo, sin entender muy bien las luchas internas en la CNT. Y el coñazo prosigue.
 
Debo reconocer "ante la Historia" que muchos de los oradores que hablaron después de mi espantada, si declararon sus divergencias conmigo, expresaron su indignación por la violencia inaudita de los insultos, que no tenían cabida en una organización democrática como la CNT. Por fin, el coñazo se termina y me encuentro doblemente escoltado hacia la salida, de una parte los apaches, con Pep Castells (¿qué es de tu vida?) y sus amigos, y de otra mis amigos de la gauche divine, Beatriz de Moura, Toni López Lamadrid, Alicia Roig, no recuerdo si alguno de los hermanos Herralde, tal vez Ignacio Vidal, etc. El caso es que no hubo la menor agresión, ni insultos ni abucheo, en la calle.
 
De pronto veo, cerca pero a distancia, digamos, prudente, la viuda de un Maura, que me sonríe, saluda y suelta una sola palabra, tan enigmática como soberbia: "¡Familia!". Y yo, encogiéndome de hombros, sonriendo y también saludando, contesto algo así como: "¿Y qué remedio?". Pero mis amigos de la gauche divine tienen hambre, y me arrastran hacia sus coches para ir a cenar; ¿dónde? Pues a La Tortillería, no faltaba más.
 
(La historia no ha terminado, seguirá la próxima semana).
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