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LAS GUERRAS DE TODA LA VIDA

La voluntad

Los totalitarismos del siglo XX desprestigiaron algunas palabras hasta el punto de borrarlas de los diccionarios de uso de las personas de bien: nadie puede emplear sin un punto de resquemor el término raza después de Auschwitz, de modo que la corrección política ha determinado su sustitución por etnia, de idéntico significado pero con menor carga de pasado: suena más científico pero es un puro alarde de hipocresía.

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Lo grave es que no siempre se trata de palabras sustituibles, como la que acabo de mencionar. Y que son imprescindibles. No hay un buen sinónimo del término voluntad, y resulta que la voluntad hace falta y hasta hay que reclamarla, pero está mal vista. Es llamativo, por poner sólo un ejemplo, el crecido número de libros y de métodos para dejar de fumar aparecidos en esta época puritana, en los cuales la voluntad es eludida o elidida, cuando no decidida y explícitamente rechazada: deje usted de fumar sin que en ello participe la voluntad. O adelgace sin dietas difíciles. O aprenda idiomas mientras duerme. O domine el inglés con sólo cien palabras. O, como quiere la Logse, aprenda usted a aprender, que el contenido le será dado por la vida.
 
Quienes abogamos por la recuperación de la noción de mérito en la enseñanza, olvidamos en ocasiones hasta qué punto está ligado el mérito a la voluntad.
 
Y quienes nos proponemos lograr cambios políticos y sociales nos hemos prohibido misteriosamente la idea misma de voluntad política. Las derechas se avergüenzan o temen que alguien asocie la idea al discurso mussoliniano o hitleriano. Las izquierdas llevan sobre sus espaldas la carga de la crítica al voluntarismo como defecto de la acción, teóricamente espontánea (y teóricamente real), de las masas que "hacen la historia": en esa concepción, la voluntad es una fantasía de tontos empeñados en reconocer el papel de las vanguardias y de los individuos en el devenir de la humanidad.
 
Churchill.Sin embargo, conocemos perfectamente, y tenemos pruebas suficientes a diario, el valor de la acción y de la voluntad política individuales. Por si nos quedaran dudas, ahí está el cuerpo inerte de Ariel Sharon: su ausencia ha marcado el destino de unos quince millones de judíos (todos los que en el mundo son), de mil doscientos millones de árabes y del resto de nosotros, lo sepamos o no: todo lo que vino después de él es tentativo, diríase que hasta menor.
 
Los interesados en la historia sabemos que era perfectamente probable que todos habláramos en estos momentos alemán o ruso sin la presencia de Winston Churchill en la escena de la Segunda Guerra Mundial. Churchill, como Sharon, fue una encarnación de la voluntad. Y, ciertamente, lo fueron también Hitler, Mussolini y Stalin. Lo curioso es que la voluntad sólo se asocie con estos últimos, como si no hubiese más voluntad que la de dominio, la de poder, como si la libertad no fuese hija de la decisión (y de la necesidad) de los hombres de cada época.
 
Nadie parece dispuesto a reconocer en su propia libertad el componente de voluntad ajena que, no obstante, la compone. Las feministas radicales suelen ignorar el decisivo papel que en su historia tuvo John Stuart Mill, el primero en reclamar el voto de la mujer en el Parlamento británico: al fin y al cabo, era un varón; y es muy difícil aceptar desde el historicismo mecanicista que sólo le moviera un interés profundo y personal por la libertad de los seres humanos. Y, en última instancia, lo que el feminismo radical reclama no es la libertad, sino la igualdad. O, lo que es realmente grave, el derecho a la diferencia.
 
La verdad, y esto habría que tenerlo siempre muy presente, es que nada ha salido jamás en la historia de los movimientos colectivos. Lo colectivo, lo que Engels, como brillante positivista que era, llama la resultante del polígono de las fuerzas sociales, se resume en lo cultural y es objeto de la antropología, no de la historia propiamente dicha. Colectivo es el progreso sin autor reconocido: la evolución del arado o de la rueda o del aprovechamiento de los alimentos. Lo específicamente histórico, las relaciones entre seres humanos o entre naciones, las guerras y las paces, surgen irremediablemente de la acción de individuos o, a lo sumo, de grupos muy reducidos, y de su voluntad; favorecida, eso sí, en ocasiones, por el azar concurrente: es el caso de la revolución soviética, en la cual la voluntad política de Lenin y los bolcheviques se vio favorecida por la necesidad de Alemania de firmar la paz con Rusia para librarse de la sangría del frente oriental.
 
Me parece imprescindible recuperar el término voluntad, afirmándolo desde su papel histórico y entendiéndolo como empleo racional de la libertad. Libertad que no puede ser el simple ejercicio del deseo, de la codicia, de la gula o de la ambición, sino la materialización del deseo educado para el bien. Desde la psicología, personajes tan dispares ideológicamente como Fraçoise Dolto o Roger Vittoz han coincidido en la idea de que la voluntad es la educación del deseo, el resultado de esa educación.
 
 
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