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CORRECCIÓN POLÍTICA

Ponga un neoliberal en su vida

A quien haya seguido durante estos meses las noticias sobre la crisis financiera y económica que padecemos no le habrá pasado inadvertido que los términos mercado y neoliberal se han usado con frecuencia, y no pocas veces con desdén.

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Desde que en el VI Congreso del Komintern Stalin estableció que fascismo y socialdemocracia eran lo mismo, "fascista" se convirtió en el peor insulto para la izquierda. Su uso frecuente le hizo perder fuerza, y el necesario recambio llegó en la década de los 90. "Neoliberal".

Neoliberalismo es un concepto confuso que se usa según las circunstancias. Sirve tanto para un roto como para un descosido. Se puede aplicar a políticas públicas en las que efectivamente se reduce el papel del Estado en la economía y la sociedad. También se emplea para aludir a una simple privatización de la gestión de ciertos servicios públicos, aunque éstos sigan ligados al Estado a través de permisos y licencias. Así, para algunos la política latinoamericana de la década de los 90 fue básicamente neoliberal.

Sorprendentemente, es un concepto tan amplio que se relaciona hasta con medidas intervencionistas, que pueden ir acompañadas de un gran gasto público, ligado, por lo general, a acontecimientos singulares y extraordinarios como las guerras. Por eso a George W. Bush muchos lo han calificado de neoliberal, aunque con más frecuencia se le ha descrito como neocon; y es que, en el imaginario izquierdista, estos términos pueden ser intercambiables.

Neoliberal es, por tanto, una categoría en la que caben múltiples acciones y actores, lo cual favorece su manejo. Según Enrique Ghersi, es "una figura retórica por la cual se busca pervertir el sentido original del concepto [liberal] y asimilar nuestras ideas a otras ajenas con el propósito de desacreditarlas en el mercado político".

Durante las últimas semanas, en España andamos a vueltas con una reforma de la Constitución a la que nos obliga, según las malas lenguas, Bruselas o, según las peores, Berlín. A dicha reforma, el sociólogo José Luis de Zárraga le ha colgado el sambenito de "neoliberal". Curiosamente, las muchas cláusulas intervencionistas que contiene nuestra Carta Magna no le llevan a referirse a ella como Constitución socialista o al menos intervencionista.

La izquierda más radical, que parece haberse aglutinado en torno al movimiento 15-M, empieza a organizarse. Así, a las manifestaciones que convocaron los indignados el fin de semana del 28 de agosto se han unido las movilizaciones de los sindicatos UGT y CCOO en contra de la referida reforma, a la que tachan de neoliberal y conservadora –también este par es intercambiable–, mientras que IU ve en todo esto una suerte de golpe de estado antisocial perpetrado por los mercados y la banca.

Como por arte de magia, los mercados, que no deberían ser nada más que intercambios voluntarios entre agentes, cobran vida, se antropomorfizan (discúlpeseme el palabro), toman conciencia de sí mismos, obtienen un poder casi omnímodo de no se sabe dónde y sojuzgan a toda la humanidad al pedir que las deudas que los Estados han contraído sean pagadas en el plazo convenido o refinanciadas según el riesgo de impago que consideren las partes. Ése es el totalitarismo del mercado, que se cumplan los acuerdos y los contratos.

Como si de una religión habláramos, los ultraintervencionistas, además de temer a los demonios, adoran a sus ángeles. El Estado de Bienestar debe ser mantenido pese a quien pese, a costa de quien sea. Cuando el crédito se hinchaba e hinchaba, la falsa sensación de riqueza se unió al populismo político y muchos pensaron que cualquier cosa era posible, que cualquier necesidad podía ser satisfecha por una administración enorme y corrupta. Las necesidades desaparecieron y fueron sustituidas por los derechos positivos, que se multiplicaron. La responsabilidad sobre nuestras propias vidas, sobre nuestras acciones y sus consecuencias ha pasado al Estado, del que dependemos cada vez más.

Los de justicia social y sociedad justa, entendiendo por tal una que iguale a todos en los resultados, son conceptos igualmente idealizados por los ultraintervencionistas, que a su amparo no dudan en promover leyes que vayan limando las aristas humanas que más les incomodan para dar forma a su modelo de hombre nuevo.

En definitiva, ponga un neoliberal en su vida para poder echarle la culpa cuando las cosas vayan mal; demonice a los mercados, al capital, a los banqueros y a los empresarios que, con sus ansias de dinero y riquezas, impiden la llegada de la utopía; defienda el Estado de Bienestar, la igualdad de resultados, la justicia social; llore por todos los males que aquejan a España y al mundo, preocúpese por las víctimas de esta hecatombe; señale acusadoramente con el dedo a los culpables y estará usted en el camino de lo políticamente correcto.

 

© Instituto Juan de Mariana

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