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CURIOSIDADES DE LA CIENCIA

Por qué tenemos pesadillas

Las pesadillas son con diferencia la experiencia onírica más traumática e inquietante, hasta el extremo de que hay personas a las que les aterra cerrar los ojos ante la angustia de sumirse en un sueño aterrador. La ciencia intenta explicar por qué nuestro cerebro nos juega esta mala pasada mientras dormimos.

Enrique M. Coperías
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Hasta tiempos recientes la comprensión de las pesadillas recurrentes y de las imágenes surrealistas construidas por la mente del soñador eran competencia de místicos, esotéricos, chamanes, brujas y literatos visionarios. Hubo que esperar hasta Sigmund Freud para que el misterio de los sueños fuera abordado desde planteamientos científicos. Para el padre del psicoanálisis, el mundo onírico constituye el camino real hacia el inconsciente, una parcela de nuestra psique poblada por símbolos fálicos, fantasías, distorsiones, inversiones y asociaciones de pensamientos extraños que son reprimidas o bloqueadas por el pensamiento consciente.
 
Así, cuando el cerebro racional duerme, los deseos encarcelados en el subconsciente se sirven de los sueños para acceder al preconsciente y desde ahí abordar al consciente. Freud sostenía que entre la mente consciente e inconsciente se alzaba un muro virtual que filtra, tamiza y codifica los contenidos oníricos. De ahí que su interpretación constituyese para los primeros freudianos un instrumento para desvelar los dominios ocultos de la psique y resolver problemas emocionales y psíquicos.
 
Tanto Freud como su rival, Carl Jung, reconocieron que en los sueños concurrían alucinaciones, ilusiones, anormalidades cognitivas y emociones sobredimensionadas que también podían encontrarse en las psicosis que acompañan a numerosos trastornos mentales, como la esquizofrenia y los desórdenes afectivos. Los primeros psicoanalistas, dejando de lado los progresos de la neurología, intentaron explicar desde un planteamiento meramente psicodinámico la conexión entre los sueños y la psicosis, sin tener en cuenta el papel que podía jugar el cerebro.
 
Las cosas han cambiado. Armados con electroencefalógrafos, polisonógrafos –aparatos similares a los detectores de mentiras que monitorizan automáticamente la actividad de determinadas señales fisiológicas– y modernos equipos de exploración cerebral, los neurólogos se han zambullido en nuestro cerebro dormido, para conocer qué ocurre mientras soñamos. El primer paso en esta dirección lo dio en 1929 Johannes Berger, al demostrar que la actividad eléctrica de los cerebros despiertos y dormidos no es la misma. Ocho años después, Alfred Loomis estableció que el sueño no es un estado de letargo neuronal, sino un proceso activo que a lo largo de la noche pasa por fases diferenciables entre sí marcadas por cambios en la actividad cerebral. Los electroencefalogramas (EEGs) empezaba a dar una nueva y revolucionaria visión de las ensoñaciones. En 1953, la fisióloga Nathaniel Kleitman y su becaria Eugene Aserinsky realizaron un descubrimiento trascendental: mientras dormimos, ocurren periodos que cursan con sacudidas y movimientos rápidos de los ojos.
 
Denominaron a esta fase de agitación ocular fase REM (Rapid Eye Movements) del sueño. Y otro discípulo de Kleitman, William Dement, consiguió descifrar unos años más tarde los vínculos entre los sueños y las distintas fases oníricas, que dividió en REM y no REM (NREM). La primera constituye uno de los grandes misterios de la neurología moderna, pues su razón de ser aún no está muy clara. Hipótesis no faltan: entre otras, recuperación fisiológica de las funciones mentales, consolidación de la memoria, gestión de los datos, termorregulación, detoxificación cerebral y reparación del tejido neuronal dañado. Lo que si tienen claro los neurólogos es que podemos estar más tiempo sin comer que sin soñar.
 
La privación del sueño tiene terribles consecuencias, desde alteraciones en las funciones cognitivas hasta perturbaciones en el sistema inmunológico, hormonal y nervioso. La vigilia forzosa puede desencadenar alucinaciones –o sea, que el sujeto sueñe despierto– y aumenta la presión de sueño REM, lo que hace que el insomne empiece a vivir experiencias oníricas justo después de cerrar los ojos.
 
A lo largo de la noche, nuestro cerebro pasa de un estado NREM a REM de forma cíclica. El primero en manifestarse es el NREM, que viene acompañado de un sueño profundo y plácido. Entre 60 y 90 minutos después, los ojos empiezan su particular danza. Es la fase REM o sueño paradójico. En este momento, la actividad cerebral se torna frenética, casi comparable a la del estado de vigilia. Además del movimiento ocular, ocurre un aumento del ritmo cardíaco, de la presión arterial y del ritmo respiratorio. Los penes entran en erección y los clítoris se engrosan, debido a un aumento de la irrigación sanguínea, mientras que la musculatura se queda literalmente paralizada, para así no reproducir los movimientos que realizamos en los sueños. Hasta hace poco, se pensaba que sólo soñábamos en esta fase de alboroto fisiológico, pero recientes estudios apuntan que muchos sueños son reportados por gente al despabilarse en una o otra fase onírica. ¿entonces, cómo puede emerger la actividad onírica de dos estados mentales tan dispares?
 
Se trata de todo un misterio que tal vez algún día pueda  ser resuelto con la asistencia de las nuevas técnicas de imágenes médicas y los últimos avances en neurobiología celular y molecular, que permiten estudiar la actividad del cerebro despierto, dormido y soñador. Durante la vigilia, la conciencia está dominada por las percepciones que registramos del exterior y los pensamientos, mientras que las "imágenes" generadas en nuestro interior se antojan raras. En la fase REM del sueño, sucede lo contrario, esto es, la conciencia está dominada por las imágenes creadas internamente y los pensamientos escasean. Algo similar sucede en los estados psicóticos, según los neurólogos. Éstos suponen que uno de los desencadenantes de las alucinaciones que vivimos en los sueños es la activación cerebral generalizada que acontece durante la fase REM y que viene acompañada de un bloqueo de los estímulos sensoriales externos y de los motrices. Durante la REM, ciertas regiones de la corteza cerebral se activan y coordinan para reconstruir las imágenes que fluyen en nuestros sueños. También ocurre una activación selectiva de la amígdala y otras partes del sistema límbico, nuestro cerebro primitivo y salvaje. Del tamaño de una almendra, la amígdala controla emociones como la agresión, el miedo y la rabia que, dicho sea de paso, son elementos explotados en el guión de los sueños. Esta hiperactivación emocional también se observa en las enfermedades mentales, donde contribuyen a desvirtuar la racionalidad.
 
Con la ayuda de la tomografía de emisión de positrones (PET), que permite observar qué zonas del cerebro se accionan cuando se realiza una determinada actividad mental, los neurólogos han podido comprobar que en la fase REM del sueño acontece una desactivación en la parte dorsolateral de corteza prefontal. Esta área del casquete pensante juega un papel esencial en la memoria, atención y voluntad. Las personas sometidas a este tipo de estudios confiesan que durante esta fase onírica son incapaces de poner a trabajar su memoria eficazmente, de mantener la atención y de controlar los acontecimientos que se suceden en la ensoñación. Curiosamente, los científicos han descubierto la corteza prefrontal de los esquizofrénicos sufre un apagón que explicaría por qué estos pacientes tienen problemas para organizar sus pensamientos, integrar adecuadamente sus emociones y convertir éstas en acciones "racionales".
 
Por otro lado, la REM también opera cambios importantes en los neurotransmisores cerebrales, que se encargan de llevar la información de una neurona a otra. En concreto, la actividad de la norepinetrina, la serotonina y la histamina cae en picado, mientras que la de la dopamina y la de los llamados neurotransmisores colinérgicos experimentan un auténtico subidón. De hecho, los niveles cerebrales de dopamina son casi parecidos durante el sueño y la vigilia. Una anormal sensibilidad a la dopamina también está presente en la psicosis. La bajada de norepinetrina, que es importante para la atención, y serotonina, que resulta crítica para la memoria y el aprendizaje, explicaría la limitación de pensamientos durante la actividad onírica.
 
Finalmente, los investigadores también se han interesado por otras dos alteraciones presentes en las ensoñaciones: la pérdida de orientación (tiempos, lugares y personas cambian sin aviso) y el aumento de la capacidad de confabulación (los sueños adquieren una coherencia que emocionalmente es notable y a la vez ilógica). Estas dos alteraciones cognitivas, unidas a las lagunas memorísticas durante el sueño, alientan la aparición de las alucinaciones visuales, lo que hace que algunos expertos consideren las ensoñaciones como un delirio funcional. La intensidad de este delirio puede llevar a la pesadilla, sobre todo en estados emocionales débiles y de ansiedad, inseguridad y nerviosismo.
 
Incluso el recuerdo, consciente o inconsciente, de un acontecimiento traumático puede disparar la máquina de los sueños aterradores. No hay que olvidar que las pesadillas son un tipo de sueño ansiógeno, según los psiquiatras. Perturban la actividad onírica normal en un intento de solucionar un problema, una experiencia insoportable o un recuerdo enmascarado que causa ansiedad en el soñador. Sólo un 25 por 100 de los españoles confiesa que no sufre pesadillas nunca, según una encuesta realizada por la revista Muy Interesante en noviembre de 2003. Suerte que tienen. Quizás.
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