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SEMBLANZA DE LUIS CERNUDA

Lo vidrioso y lo cristalino

Una vez que hablaba de Cernuda con José Antonio Muñoz Rojas, dije entre otras cosas que era un poeta cristalino, y él dijo: "Ojo, cristalino no; vidrioso". Ya se sabe que, si no lo vidrioso, fue lo vítreo lo que molestó a Cernuda con Salinas y motivó su injusta diatriba de los vientres sentados. Que Cernuda fue difícil como persona es cosa que sabían muy bien quienes lo trataron. De su paso por Inglaterra no dejó buenos recuerdos y cuando yo llegué a Méjico por primera vez, me dio Max Aub la noticia de su muerte con estas palabras: "gran poeta y hombre antipático".

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Puede que en esa antipatía irremediable estuviera la independencia que mantuvo toda su vida y que a la parte más antipática de su obra se le pusiera por ella la etiqueta de "poesía moral". Cernuda en efecto era de la estirpe de su paisano Fernández de Andrada y para él fue la poesía una larga, honda y melancólica meditación.
 
Así era en efecto como él quería que se le viera, y aún recuerdo la carta que le puso a Valente, a quien no conocía de nada, cuando éste destacó en aquel número monográfico de La caña gris esta dimensión, vamos a llamarla "metafísica", de su poesía en la que hasta entonces nadie había parado mientes. En esa línea estuvo Cernuda muchas veces a la altura de sus antepasados sevillanos, pero también fue en ella en la que tuvo sus momentos más bajos, esos que todo poeta debiera dejar pasar sin ponerlos por escrito. Y es que en esos casos se dice sin querer lo que no nos gustaría que nadie supiera; por ejemplo, cuando decía "soy español sin ganas" lo que quería decir era "soy hombre sin ganas" y es esa desgana de ser hombre y de ser español la que nos lo enajenaría como poeta, si en otros momentos no la desmintiera con la máxima elocuencia.  Así en sus Variaciones sobre tema mexicano,  donde dice cosas que hay que ser muy español y muy bien nacido para poderlas decir.
 
En el triduo que se le consagró en el Alcázar sevillano, a mí se me ocurrió hablar de dos facetas en él poco conocidas, que eran la de narrador y la de comediógrafo, y a ello me movió una entrevista con su amigo el escenógrafo Vitín Cortezo en la que esos dos géneros salían a relucir. El asunto que Cernuda había querido tratar como relato era un episodio de la guerra civil que a mí me llegó como ocurrido en Santander y que yo metí en una novela sin precisiones de lugar ni de tiempo. El teatro que quería hacer en cambio estaba en una línea muy grata para mí, que era el del Teatro de Clara Gazul de Mérimée. Sobre estos asuntos versó la ponencia que redacté con prisas y con ayudas de mi amigo Manuel Díez Crespo, y cuál no sería mi sorpresa cuando Octavio Paz habló de lo mismo y además compareció con una comedia escrita y repudiada por  Cernuda, que la madre de Paz conservaba. Cualquiera que lea la comedia entiende que la repudiara su autor, aunque sólo sea porque el telón no cae sobre un desenlace, sino sobre un nudo que no augura nada bueno. Se trata, pues, de media comedia, cuyo previsible desenlace el autor no tuvo el valor de afrontar. En cuanto al relato, con el tiempo lo pude ver en Hora de España, sino que lo que yo entendía que pasó en el Santander rojo, él –coyunturas de la propaganda– lo situaba en un puerto de la zona nacional. 
 
Cualquiera que se haya tomado en serio el oficio de poeta en nuestra lengua y en nuestro tiempo le debe mucho a Cernuda. Lo que pasa es que de los grandes poetas que admiramos, cada uno toma lo que está a su alcance y valora lo que cree estar en condiciones de emular. De ahí que en la imitación de Cernuda abunde más lo vidrioso que lo cristalino.
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