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ADELANTO DEL NUEVO LIBRO DE PÍO MOA LOS NACIONALISMOS...

El 98: Una crisis moral y psicológica

En el clima de derrota y decepción posbélico, la masiva propaganda nacionalista ganaba influencia con rapidez, como constató el poeta nicaragüense Rubén Darío al llegar a Barcelona el 1de enero de 1899. El poeta traía consigo la simpatía que la guerra había despertado en Hispanoamérica hacia España, “el país maternal que el alma americana –americanoespañola– ha de saludar siempre con respeto (…). Porque si ya no es la antigua poderosa, la dominadora imperial, amarla el doble; y si está herida, tender a ella mucho más”.

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En Barcelona, en cambio, encontró el ambiente nacionalista preconizado por La Veu. “España –le dice alguien– es la gran familia compuesta de muchos miembros; éstos consumen, éstos son bocas que comen y estómagos que digieren. Y esta gran familia está sostenida por dos hermanos que trabajan. Estos dos hermanos son el catalán y el vasco. Por eso es que protestamos solamente nosotros; porque estamos cansados de ser los mantenedores de la vasta familia”. Entre las clases medias abundaban “los autonomistas, los francesistas y los separatistas”, pues no faltaban quienes especulaban con una unión a Francia, pese a su centralismo mucho más drástico y uniformizante que el de Madrid.
 
Como dirá también Cambó, “Diversos hechos ayudaron a la rápida difusión del catalanismo y a la aún más rápida ascensión de sus dirigentes. La pérdida de las colonias, después de una sucesión de desastres, provocó un inmenso desprestigio del Estado, de sus órganos representativos y de los partidos que gobernaban España. El rápido enriquecimiento de Cataluña, fomentado por el gran número de capitales que se repatriaban de las perdidas colonias, dio a los catalanes el orgullo de las riquezas improvisadas, cosa que les hizo propicios a la acción de nuestras propagandas dirigidas a deprimir el Estado español y a exaltar las virtudes y merecimientos de la Cataluña pasada, presente y futura (…) Como en todos los grandes movimientos colectivos, el rápido progreso del catalanismo fue debido a una propaganda a base de algunas exageraciones y de algunas injusticias: esto ha pasado siempre y siempre pasará, porque los cambios en los sentimientos colectivos no se producen nunca a base de juicios serenos y palabras justas y mesuradas”.
 
De todas formas, advertía La veu, no todo estaba hecho, ni mucho menos, pues la nueva mentalidad podía ser un movimiento superficial. Notaba en la gente una gran dosis de liviandad: “La dominación castellana nos ha acostumbrado a la ligereza. Nos ha vuelto ligeros de lengua, de conducta (…) Con tal espíritu, ¿cómo queremos que la gente se fije en las cosas serias, que las reflexione y saque consecuencias que trasciendan a la conducta?”. Por desgracia “el castellanismo, o sea el españolismo castellano, es más dueño de nuestro pueblo de lo que muchos creen”.
Pero el terreno ganado era considerable, y además ocurría también en Vizcaya, donde Sabino Arana lograba en septiembre su primera victoria electoral, de la cual se congratulaba La veu: “Ha demostrado la importancia que ya tiene el nacionalismo vizcaíno, nos ha causado gran satisfacción, por ver que no sólo en Cataluña (…) se trabaja por la reconquista de las libertades arrebatadas por el predominio castellano”.
 
Por desgracia, no disponemos de textos como los anteriores procedentes del nacionalismo vasco, porque Arana dejó de publicar en agosto de 1897 su periódico Baserritarra, y no reanudó su actividad periodística hasta casi dos años después, en junio de 1899, con un nuevo diario, El correo vasco. Pero es indudable que se puso enseguida en contra de España en aquella guerra, por lo cual su casa fue apedreada en una manifestación patriótica, aunque sin mayores consecuencias. Por esas y otras cosas podía presentarse a sí mismo, poco después, como “Aquel que por la publicación del periódico Bizkaitarra fue llamado loco por tantos y que tantas veces fue procesado y luego recluido en la cárcel y antes y más tarde perseguido furiosamente a todas horas como un perro hidrófobo” (1671). La tendencia a la exageración es manifiesta, una vez más: el 28 de julio del año anterior, todavía en plena guerra con Usa y con la costa española amenazada, había recibido la buena noticia del sobreseimiento de una causa por conspiración a la rebelión.
Su tono no varió después, siempre lleno de lamentaciones y denuestos por la “invasión maketa”, de improperios contra los vascos maketófilos y de exhortaciones como “Agrupémonos todos bajo la misma bandera, fundemos sociedades puramente vascongadas, escribamos periódicos vascongados, creemos teatros vascongados y escuelas vascongadas, y hasta instituciones benéficas vascongadas. Que todo cuanto vean nuestros ojos, oigan nuestros oídos, hable nuestra boca, escriban nuestras manos, piensen nuestras inteligencias y sientan nuestros corazones, sea vascongado”.
 
Hay pocas huellas del “Desastre” en esos artículos. Ocasionales loas a Usa, por su “corazón de don Quijote y cabeza de Sancho Panza”, al revés que los españoles, con cabeza de Quijote y corazón de Sancho; o cogitaciones como ésta: “No sabemos qué tienen en la sangre ciertas razas que todo cuanto está en contacto con ellas degenera y se prostituye. Ejemplo de ello nos lo da en abundancia la historia del pueblo romano y la historia de las naciones que llevan en su sangre la sangre latina. Mientras en Estados Unidos de América alcanzan las ciencias un grado tal de adelanto que causa asombro, la América Latina cierra las puertas al progreso y las abre de par en par a todos los vicios” (1)*.
 
El PNV también avanzó notablemente tras la derrota española. El 11 de septiembre era elegido Arana, como hemos dicho, diputado provincial por Vizcaya, por lo cual se definió a sí mismo como “el que ahora representa tan dignamente la voluntad de los bizkaínos”, proponiendo a sus lectores este encadenamiento de rara lógica: él había sido elegido por patriota, “luego, ¿candidato nacionalista no es lo mismo que candidato patriota? Luego, ¿dónde hay nacionalistas hay patriotas? Luego, ¿sólo en los candidatos nacionalistas puede confiar el pueblo? Meditémoslo, que bien se merece”.
 
Lo más significativo fue que a su elección, primer éxito real del nacionalismo, había contribuido de modo fundamental Ramón de la Sota, uno de aquellos euskalerríacos que cinco años antes habían ido a escucharle en el chacolí de Larrazábal y le habían tomado por un perturbado. Sota, muy imitador de las modas y estilo ingleses, era un poderoso naviero, uno de los hombres más ricos de España, y su evolución en apoyo de la causa nacionalista a raíz de la guerra colonial no podía ser más indicativa del desprestigio del estado, y de las nuevas corrientes. Por otra parte aportaba al nacionalismo vastos recursos y una cierta influencia social. A cambio, como se vería, iba a influir en un suavizamiento de las posiciones independentistas del sabinismo.
 
Desde ese momento los éxitos se sucedieron. En abril del 89 nacía el Centro Vasco en Bilbao, donde confluían los peneuvistas y los euskalerríacos de De la Sota, y, en las elecciones municipales del 14 de mayo, los nacionalistas lograban cinco concejales, de un total de 35. Éxito modesto, pero muy alentador. El nacionalismo ya no era sólo asunto de unas tertulias de amigos. Además organizaba altercados menores, y su intensa propaganda influía en el ambiente social, más allá de su apoyo efectivo. Y en junio aparecía el nuevo órgano nacionalista, El correo vasco.
 
Estos avances, aunque débiles, bastaron para alarmar al gobierno, en plena resaca por los sucesos de ultramar, y fueron suspendidas las garantías constitucionales en Vizcaya, y cerrado el periódico y el Centro Vasco. Sin embargo el impulso estaba dado, y el nacionalismo seguiría creciendo en los años siguientes. Ello no impedía a Arana mostrar un permanente disgusto: “Muchos son los que se dicen amantes de Euskeria; y pocos, sin embargo, los que obran en consecuencia con esas afirmaciones”.
 
El PNV procuró también crearse una personalidad internacional enviando telegramas de felicitación a autoridades británicas o useñas, o un mensaje de bienvenida a una fragata argentina llegada a Bilbao. El paralelo en Cataluña fue la recepción, en julio del 89, a la escuadra francesa. Grupos nacionalistas aprovecharon para provocar tumultos y gritar “¡Cataluña libre!”, e incluso “¡Cataluña francesa!”, que revelaba más bien deseo de desmarcarse del triste destino español que sincero aprecio del vecino país, cuyo centralismo era, como nadie ignoraba, mucho más estricto que el de Madrid.
No sólo a los nacionalistas aprovechaba la situación. La derrota había dado alas también a las propagandas socialistas –opuestas desde el principio a la guerra– y anarquistas, mientras que los republicanos creían llegada su gran oportunidad: ¿cómo iba a mantenerse el régimen de la Restauración después de semejante golpe? Esperaban una reacción popular del estilo de la que había dado lugar a la Comuna de París tras el desastre francés ante Prusia, sólo 28 años antes.
 
Y el propio régimen crujía. Muchos militares se sentían chivos expiatorios de los manejos políticos, de las imprevisiones y falta de presupuestos para modernizar el ejército. Algunos sospechaban incluso connivencias masónicas internacionales en el modo como había terminado todo. Otros políticos insistían en la incompetencia de los militares, fomentando un clima popular de desdén hacia éstos. Asimismo los intelectuales empezaron a exhibir un alejamiento del sistema liberal, y a destacar sus aspectos más negativos, con hipercrítica furiosa o despectiva.
 
Todo el mundo percibió “el 98” como una fecha que marcaba un antes y un después en la historia de España. La Veu diagnosticaba el 4 de noviembre del 98: “Algo ha muerto en España. De un extremo a otro se siente un vaho de muerte”. Por su parte, Arana concluía, ya en julio del año siguiente: “¿Qué va a ser de España? Sólo un milagro puede salvarla”. Y para él el milagro no era de esperar, y menos de desear. La propaganda nacionalista trataba de convencer a los vascos y catalanes de que debían desvincularse psicológica y políticamente de la humillante derrota y de un cuerpo nacional inerte. Cataluña y Euzkadi estaban vivas, el resto muerto. Esta consigna tuvo, de manera consciente o inconsciente, amplia influencia.
 
Las consignas nacionalistas no deben considerarse algo aislado, pues incidían en un ambiente muy extendido dentro y fuera del país. El primer ministro inglés Salisbury hablaría, en relación con esta guerra, de “naciones vivas y naciones moribundas”, en transparente alusión a España, nación agonizante, destinada a servir de presa a las potencias vivas y llenas de empuje, de las que Usa podría ser el mejor ejemplo. Los nacionalistas catalanes mostraron un entusiasta acuerdo con el diagnóstico, que se revelaría algo prematuro o voluntarista.
 
En Madrid, el tono de hondo pesimismo lo daba el famoso artículo “Sin pulso”, del líder conservador Francisco Silvela, publicado el 16 de agosto, y que alcanzó una enorme repercusión. A su entender, en el país “dondequiera que se ponga el tacto, no se encuentra el pulso”, y la situación le parecía “próxima a la descomposición y a la muerte”. El intelectual Ricardo Macías Picavea, un vasco degenerado en el criterio de Arana (su padre era leonés y su madre guipuzcoana) escribió por esos meses El problema nacional, con frases parecidas: “¿No estamos en frente de la muerte que amenaza? ¿No se trata de salvar al enfermo moribundo?”. Al acabar el año el periodista y político liberal Julio Burell creía constatar en El heraldo de Madrid la “Extinción de toda energía y de todo aliento”: “Lo peor de este balance es (…) la fe destruida; el espíritu nacional sin bríos para recobrarse (…) Los particularismos, los egoísmos, los escepticismos de toda especie desperezándose al sol”. También había anunciado Silvela: “El riesgo es el total quebranto de los vínculos nacionales y la condenación, por nosotros mismos, de nuestro destino como pueblo europeo”.
 
De modo extraño, tras unos conatos de revuelta en Madrid, prevaleció en el pueblo un clima pasivo de decepción y abatimiento, incluso de aparente indiferencia, muchas veces descrito. Silvela observaba: “Todos esperaban o temían algún estremecimiento de la conciencia popular; sólo se advierte una nube general de silenciosa tristeza”; “No se oye nada: no se percibe agitación en los espíritus ni movimiento en las gentes”. La veu se sorprendía el 4 de noviembre de que la noticia del desastre “se ha extendido a toda España sin producir ninguna explosión de sentimiento ni señal de la más pequeña conmoción (…) La gente ve la noticia de la consumación (…) del aniquilamiento de España, y no siente nada, no se mueve nada”. Algunos historiadores, como José María Jover Zamora o Melchor Fernández Almagro, han visto la expresión de ese desánimo en la popularidad alcanzada por el poema Cansera, de Vicente Medina, escrito en lenguaje coloquial murciano, y que termina así:
 
Por esa sendica se marchó aquel hijo
Que murió en la guerra…
Por esa sendica se fue la alegría…
¡Por esa sendica vinieron las penas!
No te canses, que no me remuevo,
Anda tú, si quieres y éjame que duerma
¡A ver si es pa siempre! ¡Si no me espertara…!
¡Tengo una cansera!
 
Un hecho simbólico podía verse en la muerte de Ángel Ganivet, que en noviembre se suicidaba en Riga, con sólo 32 años. Se le ha considerado precursor de la “generación del 98”, grupo de escritores e intelectuales bastante dispares, como Unamuno, Valle-Inclán, Baroja, Azorín y otros, que por entonces se daban a conocer.
 
Ganivet, andaluz de lejano origen catalán, hipersensible, de elevadas aspiraciones espirituales y reformadoras, políglota, viajero de amplia formación, se sentía muy a disgusto con las corrientes sociales y culturales del momento, fueran socialistas, democráticas, liberales, feministas (2)*, etc. Aspiraba a un renacimiento español basado en su propia tradición cultural y religiosa –algo no muy lejano de los “renacimientos” regionales pretendidos en Cataluña, Galicia o Vasconia–, aunque su pensamiento, poco sistemático, no llegó a darle forma viable, ni siquiera clara. La causa de su suicidio fueron desengaños amorosos y problemas familiares, pero, angustiado por el destino de España, el “Desastre” debió de deprimirle y contribuir a su fatal determinación.
 
Con estas cosas, la sociedad española podía dar, en efecto, impresión estar al borde del abismo. En especial la reacción popular, externamente apática, ha provocado el asombro de muchos observadores. Pero quizá sea bastante explicable. Antes y durante la guerra los clamores de lucha eran casi generalizados. Apenas se oía a quienes estaban en contra, los cuales, por lo demás, tampoco ofrecían alternativas, y eso restaba crédito a los muchos que, a deshora, gritaban “¡Ya lo decía yo!”. Además, no existían fuerzas políticas capaces de empujar y canalizar una rebeldía masiva. Los republicanos estaban desacreditados tras la demencial experiencia de la I República, los socialistas, anarquistas o nacionalistas tampoco habían echado raíces firmes. Eran todos, al igual que los nacionalistas, grupos débiles, mal organizados y poco influyentes. De haber llegado al 98 ya como partidos sólidos, la derrota habría podido tener efectos revolucionarios imprevisibles. No los tuvo inmediatos, pero sería precisamente a partir del 98 cuando aquellas corrientes políticas empezaran a convertirse en fuerzas auténticas, cuya presencia determinaría la historia española del siglo XX.


(1)* Esto recuerda aquella frase de Bolívar en carta a su compañero Santander: “Amigo, no es sangre lo que corre por nuestras venas, sino vicio mezclado con miedo y horror”. Aunque al mismo tiempo Bolívar, por su apellido vasco y por haber luchado contra España, es en otros momentos loado por Arana.
(2)* En Cartas finlandesas comenta “No encuentro atractiva a la mujer finlandesa, porque es poco femenina (…) La obra de Ibsen Et Dukkehjem (Casa de muñecas) ha popularizado el tipo de mujer sin carácter, que decide emanciparse abandonando a su hijo a fin de tener más tiempo para divertirse”
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