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LAS GUERRAS DE TODA LA VIDA

Primos: el de Rajoy y el de Gore Vidal

Hasta ahora no he conseguido entender por qué el catedrático de Física Teórica de la Universidad de Sevilla, doctor José Javier Brey Abalo, tiene menos documentos para opinar sobre el cambio climático que el graduado en Ciencias Gubernamentales de Harvard llamado Al Gore, clasificado en la Wikipedia como "político y ecologista", que no es lo mismo que "ecólogo".

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A Al Gore, la política le vino dada. Tenía que hacer eso, tuviese o no el talento necesario. Una larga tradición de jueces y senadores le precedían y lo emparentaban con los Kennedy. Su padre era senador. Su primo es un talentosísimo narrador, Gore Vidal, autor de varios clásicos de la novela histórica, que vive la mitad del año en Italia y no se trata demasiado con la familia. Ninguno de esos datos proporcionan al ex vicepresidente aval científico. Los noruegos decidieron darle un Nobel de la Paz, relanzándolo para la carrera presidencial, tal vez porque los suecos no se vieron con entrañas para reconocerle algo en el campo de las ciencias.
 
Como se sabe, un juez británico ha prohibido la exhibición del documental de Gore en las escuelas de su país; porque cree, según El Mundo,
que hay afirmaciones "alarmistas y exageradas", que la "visión apocalíptica" del filme es políticamente partidista, que no es un análisis imparcial de la ciencia del cambio climático, y que contiene nueve errores importantes. Por todo ello el magistrado se pregunta si el documental realmente debería mostrarse a los escolares.
 
En concreto, el juez dice que la afirmación realizada en el documental de que el nivel de los mares podría aumentar seis metros "en el próximo futuro" es "claramente alarmista" y contraria al "consenso científico". La misma acusación se hace con respecto a la afirmación de que la Corriente del Golfo podría desaparecer, pues el Grupo Internacional sobre el Cambio Climático (IPCC) ya la calificó de poco probable. El juez cree que tampoco sería correcto afirmar como cierto que la desecación del lago Chad, la fundición de las nieves del Kilimanjaro o el huracán Katrina sean causados por el calentamiento del planeta. Y, según este veredicto, tampoco habría pruebas de que los osos polares estén ahogándose al fundirse los hielos que forman su habitat.
 
El juez se interroga sobre el valor pedagógico del documental. Afirma que "es de todos sabido que no es simplemente una película científica, aunque está claro que se basa en investigaciones y opiniones de científicos, sino política".
En Gran Bretaña están al cabo de la calle en materia climática, por razones que ha explicado sobradamente Ana Nuño en Letras Libres, en su artículo "El calentamiento global, al desnudo", donde dice:
Pobre Al Gore, Jr. No sólo es el eterno ex futuro presidente de EEUU, sino que ni siquiera ha logrado que su cinta Una verdad incómoda, que le ha valido un Oscar, sea la auténtica protagonista de la actual polémica entre defensores y detractores de la teoría del origen antropogénico del calentamiento global del planeta. Otro junior, un mañoso texano, ya le arrebató en 2000 con malas artes, dicen, los decisivos votos del estado de Florida; ahora, cuando Gore estaba seguro de convertirse en el imbatible predicador estelar del Apocalipsis climático, un tal Martin Durkin produce un documental para BBC-Channel Four y se lleva este otro gato al agua. Al ex vicepresidente de Clinton le ha ganado esta carrera nada menos que un ex libertario inglés que flirteó en su día con un minúsculo Partido Comunista Revolucionario, y que ya en 1997 había fustigado, en una serie documental también realizada para la BBC (Against Nature), el oportunismo político y los jugosos beneficios económicos de los movimientos ecologistas. The Great Global Warming Swindle ("La gran estafa del calentamiento global"), el reciente documental producido por Durkin y Wagtv, fue emitido por Channel 4 el pasado 8 de marzo. Fue el programa más visto en la televisión inglesa no sólo ese día, sino en la semana en que se emitió, y esta cadena recibió el mayor número de llamadas de su historia, en su mayoría de felicitación.
 
Un aspecto interesante del impacto de este documental es que demuestra la creciente influencia de internet. Millones de personas en todo el mundo han visto The Great Global Warming Swindle a través de la red, y en ella principalmente se han ventilado las agrias polémicas desatadas por su repaso crítico a los supuestos básicos de la tesis antropogénica. Tras consultar una cantidad no desdeñable de artículos, entrevistas y comentarios en blogs, saco la conclusión de que el documental de Durkin incurre en algunas simplificaciones (sobre todo respecto de la compleja a la par que fascinante teoría de la influencia de la actividad solar en las variaciones climáticas), lo que no es de extrañar en una presentación de carácter divulgativo, y en un error grave, al sacar fuera de contexto y distorsionar las intervenciones de Carl Wunsch, uno de los mayores expertos mundiales en oceanografía, quien ha amenazado con emprender acciones legales contra los productores del film.
 
Hechas estas salvedades, la denuncia del "timo" del calentamiento global en el documental de Durkin ofrece un sano paliativo a las verdades a medias, vaguedades seudocientíficas y lamentable narcisismo autocomplaciente que hacen de An Inconvenient Truth, de Gore, un penoso espectáculo. Por no decir nada de los encuentros planetarios organizados por Naciones Unidas a través del Intergovernmental Panel on Climate Change (IPCC, creado en 1988 por la Organización Meteorológica Mundial y el Programa para Medio Ambiente de Naciones Unidas), ni de los jolgorios lúdico-alternativos que salpican las carteleras globales de sedicentes acontecimientos culturales, desde el Fórum de las Culturas de Barcelona hasta los conciertos Live Aid y Live 8, cada vez más elefantiásicos. El último de estos saraos, anunciado a los cuatro vientos por (guess who?) Al Gore, tendrá lugar el próximo 7 de julio, es decir el séptimo día del séptimo mes del año, y consistirá en una serie de conciertos celebrados en (guess what?) siete ciudades: Londres, Washington, Berlín, Shangai, Río de Janeiro, Ciudad del Cabo y Kyoto. Una modesta porción de los presupuestos engullidos por esta maquinaria político-mediático-cultural disfrazada de filantropía globalizada bastaría para facilitarle el acceso a agua potable a africanos, asiáticos y latinoamericanos pobres.
En España no todos somos rematadamente tontos. Y uno de los que no lo son es, precisamente, el catedrático Brey, quien, en una entrevista reciente en el diario El País, afirmaba:
Se invoca a la ciencia para decir que Dios existe, que Dios no existe, para el cambio climático, para los submarinos atómicos de la base de Rota. Traes a los cien mejores científicos del mundo y no te pueden decir al 100% de probabilidades si pasado mañana va a llover en Sevilla. Y hay seudocientíficos que saben lo que va a ocurrir dentro de 300 años con el cambio climático.
Pero tan pronto como fue citado por su primo Mariano (con quien no debe de compartir posiciones) se desdijo, asegurando que sus palabras habían sido descontextualizadas. Lamentable: un científico dice algo pero, al ver que lo que ha dicho lo asume un político con un pensamiento distinto del suyo, da marcha atrás. El verdadero error de Rajoy no consiste en citar a su primo, sino en citar a ese primo, incapaz de apoyarlo: es a los más proximos a quienes menos conocemos.
 
Mariano Rajoy.Y el verdadero problema de Rajoy consiste en desdecirse a su vez y dirigirse a su electorado para dar fe de que él es también un defensor de la doctrina del cambio climático, que vaya usted a saber cuántos complejos enunciados contiene. Doble problema el de Don Mariano: no conoce más científicos que su primo (habiendo tantos como hay en el PP) y no tiene más política de gobierno que la que le imponen esos improbables votantes de su partido preocupados por el documental de Gore.
 
El PP necesita desesperadamente una política para la ciencia, para el ecologismo y los ecologistas (a sabiendas de que Joan Herrera jamás le dará su apoyo para unos presupuestos desesperados), para las oenegés y para los Estados Unidos, que tienen un presidente que, da la casualidad, no es Al Gore. No hace falta, hombre, que se reclame usted ecologista, que nadie se lo está pidiendo. Y si se lo pidieran y usted pensara otra cosa, sería su obligación contribuir al debate, aunque estemos a lo que estamos de las elecciones.
 
Nadie puede afirmar seriamente que exista un proceso de calentamiento global del planeta. Tampoco es absolutamente demostrable que ocurra lo contrario y estemos yendo hacia una nueva glaciación de las características de la que sobrevino entre los siglos XVI y XVIII, sobre cuya génesis continúa la discusión, aunque pocos nieguen el papel de las manchas solares en el proceso. La ciencia no ha ido aún tan lejos como se supone, y siguen siendo más sus preguntas que sus respuestas.
 
En Libertad Digital se ha hablado últimamente de dos libros fundamentales sobre el tema: la Guía políticamente incorrecta del calentamiento global, de Christopher Horner, en edición española de Gabriel Calzada (Ciudadela), y Las mentiras del cambio climático, de Jorge Alcalde, publicado por Libros Libres. Si nos hacen caso, nuestros lectores sabrán ya de qué modo el totalitarismo progre está utilizando el clima para hacernos la vida mental un poco más difícil.
 
Las preocupaciones ecológicas han dejado de ser ajenas a los Gobiernos desde, al menos, la Revolución Francesa. Dice Peter McPhee en, precisamente, La Revolución Francesa que, "mucho antes de 1789, la administración y conservación de los bosques fue objeto de fuertes tensiones debido a la creciente presión por el crecimiento de la población y de los precios de la madera, así como por la actitudes comerciales de los propietarios de los recursos forestales".
 
El campesinado se irritaba contra las forjas contaminantes y deforestadoras, y reclamaba, como consta en un cahier parroquial de la zona de Amont, en el este de Francia, que "todas las forjas, fundiciones y hornos establecidos en la provincia del Franco Condado [fueran] destruidas, así como las más antiguas cuyos propietarios no [posean] un bosque suficientemente grande como para mantenerlas en funcionamiento durante seis meses al año". También suscitaban descontento las aguas de las minas, cuyos pozos negros y sumideros "desaguan en los ríos que riegan los campos o en los que bebe el ganado", según podía leerse en el citado documento. Ya finales del siglo XVIII, en un sitio tan remoto como el virreinato del Río de la Plata, el Cabildo de Buenos Aires se opuso a la instalación, ordenada por el rey de España a los hermanos Luis y Santiago de Liniers, de una fábrica de "pastillas de carne", precursoras de los actuales extractos y caldos concentrados, por su carácter contaminante.
 
Pero esas preocupaciones ecológicas eran preocupaciones políticas. El ecologismo bucólico no prosperó hasta los discursos protonazis de la Alemania de finales del XIX y principios del XX, y fue una de las banderas del nazismo propiamente dicho, aunque la cuestión de la salubridad en el trabajo no haya sido relevante en los campos: mientras los crematorios contribuían al efecto invernadero, los jóvenes hitlerianos hacían excursiones a los bosques.
 
Si uno no es excesivamente cobarde, puede decir, dentro o fuera de contexto, que los que dicen que saben qué pasará con el clima dentro de 300 años son seudocientíficos. Y lo puede hacer sin echar a perder una carrera política.
 
 
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