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EL ESTADO ES NUESTRO AMO

¿Son los americanos partidarios de la esclavitud?

Hagamos un experimento mental y preguntémonos si los americanos están a favor o en contra de la esclavitud. Quizá algún lector sienta la tentación de espetarme: "¿De qué estás hablando, Williams? ¡Libramos una guerra que se cobró más de 600.000 vidas para poner fin a la esclavitud!". A ese lector le pediría por favor que me prestase un poco de atención y siguiera leyendo, pues la cosa tiene su miga.

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Para empezar, podríamos buscar una descripción de la esclavitud que capte la esencia de tal institución. Se me ocurre, por ejemplo, ésta: se trata de un cúmulo de circunstancias que impiden a la gente disfrutar del fruto de su trabajo y la fuerzan a servir a los propósitos de un tercero.
 
Durante cuatro meses de cada año, el americano medio trabaja para cumplir con el fisco. Una mínima porción del fruto que su trabajo ha rendido durante ese tiempo se emplea para financiar las funciones que la Constitución asigna al Estado; pero la parte del león, unos dos tercios, acaba en manos de otros americanos, gracias a programas como Medicare y Medicaid y a subvenciones de todo tipo. Así que los americanos, como los esclavos, son forzados a servir a un tercero.
 
Llegados a este punto, puede que alguien me diga: "Hey, Williams, ¿no estás yendo demasiado lejos? ¿Acaso olvidas que los esclavos tenían dueño?". No, no lo he olvidado. Pero es que resulta que la cuestión de si una persona tiene o no dueño es menos importante que saber si alguien tiene o no derecho a servirse de ella. A un terrateniente le daría igual poder disponer de esclavos o poseerlos; de hecho, incluso podría salirle más a cuenta lo primero que lo segundo, pues no tendría que preocuparse por el estado físico de los mismos ni vería reducida su riqueza cuando murieran.
 
Los nazis no eran dueños de los judíos, pero tenían la facultad de obligarles a trabajar para ellos. Y como no eran sus amos, matarlos les salía muy barato. En América los esclavos sí tenían dueño, gente que pagaba por ellos entre 800 y 1.300 dólares y que tenía un interés económico en mantenerlos vivos y en buenas condiciones.
 
Cabe argumentar que mi analogía es irrelevante porque nosotros, a diferencia de los esclavos del Sur y de las víctimas de la Alemania nazi, podemos ir libremente de acá para allá, vivir donde queramos y gastarnos en lo que nos pete el dinero que nos queda después de cada exacción estatal. Bien, veamos si la diferencia es tan grande.
 
Cuando aún estaba en vigor la esclavitud en el Sur, numerosos viajeros observaron que en aquellas tierras había "muchos negros [viviendo] a su aire". En ciudades como Savannah, Mobile y Charleston había funcionarios que se quejaban de la existencia de "esclavos nominales", "negros prácticamente libres" que ignoraban por completo las leyes. Nos ha llegado este testimonio de Frederick Douglass, un esclavo que trabajaba como calafateador de barcos en Baltimore: "Yo era dueño de mi tiempo. Podía cerrar acuerdos laborales, fijar mis tarifas, etcétera; a cambio de esta libertad, tenía que pagarle [a su amo] tres dólares al final de cada semana, pagarme la ropa y el alojamiento y comprar mis propias herramientas de trabajo".
 
Lo mismo hay alguien que sigue pensando que estoy llevando demasiado lejos la comparación y haciendo un uso ilegítimo del término esclavitud. Bien, ¿sería ese alguien tan amable de decirme cuándo piensa que podremos considerarnos sólo parcialmente libres? ¿Habrá que esperar a que el Estado se quede con el 90% de nuestras ganancias, o bastará con que llegue sólo al 70?
 
 
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