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ECONOMÍA

Tres mitos que caen con la crisis

Nadie negará que los efectos más visibles de la crisis son realmente dramáticos, en especial para aquellos que la sufren con más intensidad. Sin embargo, desde el punto de vista académico tiene la ventaja de que separa el grano de la paja e ilustra sobre qué teorías funcionan y cuáles no. Luego, por supuesto, cada economista tendrá la honradez –o no– de aceptar los hechos y ver la manera de encajarlos –si es que puede– en sus teorías.

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Sea como fuere, lo cierto es que la crisis ha servido para derribar tres importantes mitos.

1. Las quiebras bancarias son imposibles cuando no hay patrón oro

Una de las razones más importantes por las que se abandonó el patrón oro clásico era que éste ataba las manos a los banqueros centrales y les impedía evitar quiebras generalizadas como la que tuvo lugar durante la Gran Depresión. Se pensaba que, con el dinero fiduciario, los bancos centrales siempre podrían demorar las quiebras mediante expansiones del crédito que, por su magnitud, eran inviables con el patrón oro.

Pues bien, pese a las supuestas propiedades salvíficas de las expansiones monetarias antiquiebra, lo cierto es que el sistema bancario mundial ha entrado en bancarrota. Si no hemos asistido a un concurso de acreedores a gran escala ha sido porque los Estados han recapitalizado los bancos (algo que, dicho sea de paso, también pueden hacer en un sistema de patrón oro).

Quienes pensaban que un sistema bancario insolvente puede mantenerse a flote con la actuación coordinada de los bancos centrales confundían los procesos de quiebra con los de suspensión de pagos. Cuando el valor del activo cae por debajo del del pasivo, poco importa que éste tenga líneas de crédito abundantes, como las que proporciona un banco central: la entidad en cuestión está muerta.

Habrá que buscar una excusa mejor contra el oro.

2. La crisis es fruto de la desregulación

Hoy –y en 1929– se piensa que las burbujas que han terminado estallando son consecuencia directa o indirecta de la falta de regulación del sistema financiero. Hoy –y en 1929– se propone como solución la regulación masiva.

La idea es simple: si se deja a los individuos actuar libremente, asumirán riesgos extraordinarios que terminaremos pagando todos; por consiguiente, echémonos en los brazos de la regulación y establezcamos una supervisión que impida la adopción extraordinaria de riesgos.

Problema: si la crisis del 29 dio pie a la regulación, ¿qué sentido tiene aducir que esta nueva crisis se debe a la desregulación? Básicamente, los encargados de supervisar el sistema financiero –por ejemplo, el actual secretario del Tesoro de EEUU– quieren quitarse de encima cualquier responsabilidad por negligencia, y por eso dicen que la crisis se ha gestado en ciertas áreas de la economía que escaparon a la regulación post Gran Depresión. Por tanto, basta con extender la regulación a las nuevas realidades y problema resuelto.

Problema (bis): en España hemos tenido una burbuja inmobiliaria (alimentada por el crédito bancario) mayor que la de Estados Unidos, y sin embargo nuestro sistema bancario sí está regulado y supervisado casi como se sostiene que debe estarlo el internacional. Así que no, la desregulación sólo es un problema en la medida en que permite explotar con impunidad las estrategias financieras que han dado lugar a la crisis; claro que esas estrategias seguirían siendo explotables con la montaña de regulaciones que ahora se está proponiendo.

3. Todo está justificado para luchar contra la deflación

Casi todos los jerarcas consideran que el gran problema al que se enfrenta Occidente es la deflación, esto es, una fuerte contracción del crédito y de la mayoría de los precios (especialmente, de los de los activos). Por este motivo sostienen que debe hacerse cualquier cosa para evitarla, incluso utilizar herramientas que en tiempos normales resultarían del todo aberrantes.

El carácter grotesco de esta idea puede ilustrarse, por ejemplo, en la propuesta de Milton Friedman de que la Reserva Federal le diera a la máquina de imprimir billetes para arrojarlos desde helicópteros y lograr así que los precios dejaran de caer…

La experiencia islandesa y de las economías de Europa del Este nos demuestra que la deflación sólo es el mayor problema mientras no peligre el crédito del Estado. En estos países, la quiebra de facto del Estado ha hundido el valor de la divisa local (en algunos casos hasta un 40%) hasta tal punto que algunos de ellos han dejado de importar bienes. Obviamente, su problema dejó de ser la deflación y pasó a serlo una hiperinflación incipiente, como refleja la evolución de los precios en Islandia. Que ése no sea también el caso de Estados Unidos o Europa sólo se debe a que los políticos americanos y europeos no han sido aún lo suficientemente ambiciosos (léase suicidas). Pero déles tiempo...

En definitiva, ciertos economistas siguen sin entender que el origen de la crisis se encuentra en una estrategia financiera inestable (endeudarse a corto para invertir a largo) que ha sido alentada por los bancos centrales y los privilegios concursales que el Estado ha concedido a los bancos. No es, pues, culpa del patrón oro, ni de la desregulación, ni de la pasividad de los Gobiernos ante la deflación.

La solución a las crisis debe pasar no por incurrir en barbaridades ya cometidas en tiempos pasados, sino por poner fin a los privilegios del sistema bancario y por rebajar enérgicamente el peso del Estado. Pero, claro, a muchos les sale más a cuenta construir mitos interesados que renunciar a sus rentas.
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