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MARGARET THATCHER

Una política genuina

Esto no es una crítica de cine. Intento una meditación política a partir de la película de Phyllida Loyd sobre la política británica Margaret Thatcher.

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Hallo en esta cinta un pensamiento claro y contundente sobre el oficio del político. Detrás de esta general consideración hay una moraleja importante: es necesario devolver a la profesión de político su dignidad. El orgullo de ser político es uno de los meollos centrales de esta película. Quizá algún ministro español, cuando vea La Dama de Hierro, dejará de cacarear: "He abandonado mi profesión por la política". No sentirá vergüenza de dedicarse a la política. La película de Loyd limpia y da brillo al noble significado de la profesión de político.

Esta película, un holgado retrato pictórico de la persona y el personaje de Margaret Thatcher, se sostiene sobre algo casi inasible, impalpable y sin apenas presencia para el gran público: el dibujo exacto del político, del gran político, de todos los tiempos. Alguien que sacrifica toda su vida al servicio público. Alguien a quien no se puede a juzgar como al resto de los mortales. Alguien dispuesto a afrontar que la fatalidad es real. Los ciudadanos de nuestro tiempo, de una época tan necesitada de buenos políticos profesionales como la nuestra, nunca le agradecerán lo suficiente a la directora de la película sobre Margaret Thatcher el dibujo exacto de un gran líder político. Las líneas de ese dibujo, a veces, cuesta verlas, porque han sido cubiertas con nobles pinturas, colores y texturas, palabras y música y una interpretación extraordinaria de la primera actriz; pero, al fin, ese dibujo casi ausente, en el límite del no ser, es lo que hace presente, auténtico, el resto la historia y de la biografía de una mujer extraordinaria por su normalidad política.

Ese dibujo contiene las claves exactas para defender con distancia y cierto desencantamiento la democracia a través del liderazgo carismático. He aquí una película de vanguardia para seguir defendiendo que sin buenos políticos la democracia actual es pura filfa. Un engaño de falsas carreras políticas. He aquí una película de una directora insólitamente sensata que pone su trabajo al servicio de un bien público: la búsqueda de buenos políticos. Gentes que crean en su profesión. He aquí una obra de arte sobre el buen político, a veces casi cesarista y napoleónico, que se debe sólo a una idea política que está, generalmente, por encima de la camarilla de su partido y de las luchas entre los diferentes lobbies de los parlamentos y, a veces, se sitúa más allá del propio Gabinete de Gobierno que le pudiera tocar presidir, como es el caso de la señora Thatcher.

El concepto al que se debe todo gran político está perfectamente dibujado en esta película. De esa idea, a veces dura de comprender para quien desconoce el sufrimiento de la humanidad, pende la entera trama de la película, de una historia política real de la democracia occidental. Si algo queda claro, desde el principio hasta el final, es su ajustada crítica al sentimentalismo político, al populismo rastrero, que vende la palabra, el discurso y las acciones políticas, la racionalidad, en fin, de un liderazgo, por unos cuantos votos o por unas demandas llenas de intereses bastardos. Esta película canta las virtudes de una política, de una persona, que, lejos de caer en la hiperactividad y la palabrería populista, tiene una idea, un concepto, de política para una nación. El carácter es destino, como diría Goethe, y el nuestro sigue siendo la política: "Los pensamientos", dice la protagonista, "se convierten en palabras, las palabras en acciones, las acciones en hábitos, los hábitos en el carácter. Y el carácter en el destino".

El político claro que siente, cómo no iba a sentir, pero sobre todo tiene una idea: "No me pregunte lo que siento", insiste la Thatcher a un médico, "pregúnteme lo que pienso."

Los conservadores británicos no la verán con buenos ojos, porque no salen bien parados profesionalmente, y criticarán la cinta porque se detiene demasiado en el período más débil y humano, demasiado humano, de la vida de Margaret Thatcher, la vejez y su demencia senil; pero, en el fondo y en la forma, los conservadores no soportan que sea una mujer quien les haya enseñado qué es un líder político para nuestra tambaleante democracia. Les cuesta reconocer que una mujer vuelva al camino del arte de la política de todos los tiempos, siempre marcado por la seña indeleble de la antigüedad grecolatina, que el gran Maquiavelo rescató para nosotros, a saber, quien quiera ejercer la política como profesión tendrá que ser consciente de las diferencias entre la ética y la política, sin fortaleza mental para soportar las paradojas éticas de las que el propio político es responsable uno no puede dedicarse la política.

Nadie busque la salvación de su alma a través de la política, porque ésta tiene unos afanes diferentes que sólo se pueden llevar a cabo, como dice Weber, a través del poder, especialmente de su medio más específico, la violencia legítima. Esta película relata con morosidad y, a veces, con delectación la verdad de la señora Thatcher, que ya expresara Maquiavelo con nitidez en su Istorie Fiorentine: por encima de la salvación individual de las almas está la defensa de la grandeza de la ciudad-patria. No es suficiente administrar bien y con transparencia las cosas, sino que se necesitará un proyecto político, un gobierno de personas, que haga posible lo imposible. Ése fue siempre el primer y quizá único objetivo de todo político sensato. Nunca se consigue lo posible sin intentar una y otra vez lo imposible. La Historia con mayúscula así lo prueba. Desde Platón hasta Weber y Ortega, pasando por San Agustín y Maquiavelo, pocos pensadores de la política, independientemente de su mayor o menor realismo, han dudado de esa prueba de la historia: no hay política si el político no intenta hacer posible lo imposible. Margaret Thatcher da pruebas inequívocas de que tienen razón esos filósofos de la política y de los políticos.

Tampoco creo que a los laboristas les guste demasiado esta película, entre otros motivos, porque queda meridianamente claro que fueron vencidos por esta mujer en todos los terrenos. Aunque no quiero entrar a evaluar las políticas concretas de la señora Thatcher, porque jamás es asunto que le interese a la directora y menos a la guionista, es menester reconocer que los laboristas no sólo fueron incapaces de echarla del poder, sino que cuando llegaron siguieron casi al pie de la letra su política económica y exterior, pero sobre todo le regaló al partido laborista algo inédito en Gran Bretaña desde la Segunda Guerra Mundial, a saber, la capacidad de ilusionar a la nación. Hacer política a lo grande, en efecto, es la enseñanza de la Thatcher para todos los partidos políticos que los laboristas británicos no querrán reconocer a esta mujer, a pesar de que les devolvió el orgullo de ser políticos ingleses. ¿O qué otra cosa fue la Tercera Vía de Blair y Gidens?

"Hacer política a lo grande" es mucho más que llevar a cabo una acción aislada, pongamos por ejemplos: dar alegría a todo un pueblo a través de una acción bélica contra una dictadura, o enfrentarse con sobradas razones a un Estado social agonizante con una dura política monetarista; "hacer política a lo grande" es persistir en una idea hasta el punto de convertirla en una máxima nacional. Sí, esta mujer, al margen de que estemos de acuerdo o en desacuerdo con sus concretas políticas, ha dejado a la democracia británica una gran herencia: su perseverancia en el trabajo político. Jamás se arrugó Margaret Thatcher. "The lady is not for turning", es una expresión que ella hizo celebérrima. La traducción es sencilla: "Esta mujer no se asusta". Ni se amilana ni se achanta ante nadie. Esta política tiene carisma.

Eso es exactamente lo que había perdido la democracia británica, quizá toda la política europea desde el final de la Segunda Gran Guerra, sinceridad y frescura basada en el carisma del político. La señora Thatcher le devuelve a la política su dignidad. La maquinaria política no ha terminado con el político, o sea, con el coraje y la responsabilidad necesarias para sentirnos libres. La Dama de Hierro, la dama de la película de Phyllida Loiyd, muestra con poesía esta gran verdad: "The lady is not for turning". Estamos ante una gran política. Una cualidad que les costará ver en toda su profundidad a los amanerados críticos del cine contemporáneo. Y es que los críticos de cine, casi todos ellos amaestrados con los cánones de lo políticamente correcto, balbucearán mil excusas para no ver lo decisivo de esta cinta: el estrecho vínculo de esta película, al fin, de una obra de arte, con la sociedad actual; la mayoría de ellos son obtusos para reconocer que es una película políticamente incorrecta, porque obliga, casi seduce, al espectador a pensar no sólo sobre la fragilidad y vulnerabilidad del ser humano, sino sobre todo sobre la importancia de la política, o mejor, del hombre político para que una sociedad no se deje enajenar su más preciado bien: ser ciudadano de una nación. Quien no paga algo, aunque sea muy poco, a la nación, difícilmente se sentirá orgulloso, y menos aún defenderá, a esa comunidad que le permite ser, nada más y nada menos, que ciudadano.

Es difícil que alguien que vea esta película con mirada limpia, al margen de la ideología que profese, pueda sustraerse del sencillo comentario: "Esta mujer tuvo coraje e inteligencia". Es absurdo mantener que estamos ante una personalidad autoritaria. Por el contrario, es la viva imagen del político carismático que Weber demandaba para una democracia avanzada. No es energía, dotes de mando y capacidad de decisión, que los tiene a raudales, sino carisma, gracia, imprescindible para dedicarse a esta profesión. Sin carisma es imposible comprender los logros de una disciplinada hija de un tendero que superó la intrigas internas de su propio partido, tampoco el odio y el temor, la alegría y la ilusión que tuvieron por ella millones de ciudadanos, etcétera. El carisma democrático es algo que está en el límite de la política, pero quien lo confunde con la personalidad autoritaria nunca entenderá la grandeza de la política.

Pocos espectadores, en el silencio de la sala, dejarán de pensar lo obvio, lo evidente, lo que está en la pantalla en imágenes y palabras, en música y sonidos, desde las primeras hasta las últimas escenas, desde la feliz y genial interpretación de Meryl Streep hasta la amorosa dirección de Phyllida Lloyd: "Esta mujer tuvo coraje político". Fue un modelo político. Tuvo carisma. No entro ni me interesa evaluar cómo ese coraje político, esa idea de política para una nación, lo convierte la directora, gracias a la actriz Meryl Streep, en una capacidad individual, una potencia humana extraordinaria, de Margaret Thatcher para enfrentarse a una de las peores enfermedades de nuestra época, el alzhéimer, pero sería grosero no destacar que también este hallazgo de la película es políticamente incorrecto. Ver esa cualidad moral, ese ímpetu radicalmente humano, no está al alcance de cualquiera, sino que sólo parece apta para seres muy desarrollados desde el punto de vista moral y político. 

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